Bajo el cristal, la Pascalina reposa como un pequeño naufragio de bronce: deslustrada, delicada, casi tímida. Un conservador se inclina y susurra: «Esto lo cambió todo», como si temiera que la máquina aún pudiera oírle. Al fondo de la sala de subastas, brillan las pantallas de los móviles, los equipos de televisión murmuran, y un puñado de científicos contempla incrédulo cómo la estimación sube en la gran pantalla.
Uno de ellos, un historiador de las matemáticas de barba canosa, niega con la cabeza. «No debería estar aquí», masculla. «Esto pertenece a todo el mundo». Un pujador levanta su paleta. Otro alza la suya, divertido. La cifra vuelve a saltar, como en un juego. Afuera, en la llovizna de un invierno normando, los estudiantes hacen cola para el autobús, deslizando el dedo por sus feeds sin saber que una pieza de su pasado digital está a punto de desaparecer en una cámara acorazada privada.
El martillo aún no ha caído. Pero la indignación ya ha empezado.
La diminuta máquina normanda que desató una tormenta
La Pascalina nunca estuvo destinada a ser la estrella de subastas especulativas. En la década de 1640, en Ruan, el joven Blaise Pascal la construyó para ayudar a su padre, recaudador de impuestos, a sobrevivir a cálculos interminables, no para alimentar guerras de pujas del siglo XXI. El dispositivo en sí es pequeño, casi modesto: una caja de latón y madera, con delicados diales que suman y restan como un susurro mecánico.
Quienes la ven en persona suelen sorprenderse por su tamaño. No es un gran motor humeante. Se parece más a un joyero para números, nacido en Normandía mucho antes de que nadie soñara con portátiles o smartphones. Y precisamente por eso los científicos están furiosos hoy. Ven un comienzo frágil, no un objeto de lujo.
El mes pasado, cuando una Pascalina rara apareció en una casa de subastas de élite, el catálogo la describía como una «obra maestra del ingenio mecánico temprano» y sugería una «oportunidad única en una generación» para coleccionistas. El precio de salida ya mareaba. Para el primer día de previsualización, la noticia se había extendido por universidades y laboratorios. Capturas del catálogo circularon por listas de correo académicas y Twitter. El tono no era festivo. Era de ansiedad.
Un correo de una sociedad matemática francesa sonaba casi como una alarma: «Corremos el riesgo de perder una pieza crucial del patrimonio científico en favor de una colección privada». En Normandía, historiadores locales temían que la historia de la calculadora más famosa de la región se contara desde el sistema de seguridad de la caja fuerte de algún multimillonario, y no desde la sala de un museo donde los escolares pudieran contemplar esas ruedas de latón e imaginar mundos nuevos.
La ira no tiene que ver solo con el dinero. Tiene que ver con el acceso. Cuando objetos como la Pascalina desaparecen en manos privadas, la investigación suele detenerse. Se acabó el examen físico de los mecanismos, se acabó la posibilidad de probar cómo responden los diales al tacto, se acabaron las comparaciones directas con réplicas supervivientes. Toda una línea de indagación se congela. Para científicos que dedican su vida a recomponer los humildes orígenes de la computación, la venta se parece menos a una celebración y más a un robo silencioso del registro público.
Por qué esta venta duele tanto
De pie junto a la vitrina de la Pascalina el día de la previsualización, se podía sentir la tensión. A un lado, coleccionistas con trajes impecables, fascinados por la trayectoria del precio. Al otro, investigadores con bolsos gastados, aferrados a cuadernos, usando palabras como «desastre» y «amputación». Dos mundos en la misma sala, mirando el mismo objeto, deseando futuros totalmente distintos para él.
Una historiadora de la computación de Caen me contó que había tomado el primer tren solo para ver «la máquina de Ruan», como la llama. «Crecí a unos pocos kilómetros de donde Pascal trabajó en esto», dijo. «Para nosotros, esto no es solo un artilugio. Es el momento en que los números se convirtieron en algo que podías tocar». Cuando el especialista de la casa de subastas elogió su «excepcional potencial de inversión», ella hizo una mueca, como si alguien hubiera insultado a un familiar.
Las cifras hablan por sí solas. Una Pascalina se vendió en 2013 por más de 850.000 euros. Esta vez, los expertos susurran que podría superar el millón, montada en la ola de fiebre por coleccionables tecnológicos que ha convertido los primeros ordenadores Apple y las calculadoras vintage en símbolos de estatus. Fundaciones privadas y emprendedores tecnológicos ultrarricos ven en la Pascalina una especie de trofeo: el ancestro de todo aquello sobre lo que construyeron sus fortunas.
Las instituciones públicas no juegan en esa liga. Un museo regional en Normandía puede recaudar fondos durante años para comprar un cuadro modesto; una máquina de un millón de euros está fuera de su alcance. Los museos nacionales se enfrentan a topes presupuestarios, escrutinio político y largas cadenas de aprobación. Mientras negocian, fondos de cobertura y family offices transfieren dinero en minutos. Para cuando se discuten las subvenciones, el martillo ha caído, el objeto se ha movido y la puerta se cierra discretamente.
También hay aquí una herida simbólica. La Pascalina no es solo «una calculadora temprana». Es uno de los primeros intentos deliberados de aliviar a los humanos del cálculo mental, incrustando la lógica en el hardware. En una época en la que los algoritmos deciden en silencio aprobaciones de préstamos, prioridades médicas e incluso qué noticias ves, ese relato de origen tiene filo. Los científicos sostienen que guardar la máquina como un juguete coleccionable para ricos transmite un mensaje confuso, en el peor momento posible. Externalizamos cada vez más pensamiento a las máquinas, mientras perdemos de vista cómo empezó esa externalización.
Mantener a los pioneros en el espacio público
Si de la ira de los científicos está surgiendo un método, es este: adelantarse a la próxima venta. Grupos patrimoniales y laboratorios de investigación están empezando a construir sistemas informales de alerta. Cuando un instrumento científico raro aparece en el mercado privado, quieren una red de respuesta rápida lista para encender teléfonos desde Ruan hasta Londres y Boston en cuestión de horas.
La idea es sencilla: en lugar de reaccionar con desesperación cuando el catálogo se publica, intentan detectar posibles subastas meses antes. Llamadas discretas a conservadores, conversaciones confidenciales con donantes, un fondo de emergencia preaprobado. Casi como un cuerpo de bomberos, pero para máquinas antiguas. Puede sonar dramático, pero una vez que una Pascalina sale de Europa hacia una colección offshore, la posibilidad de recuperarla cae prácticamente a cero.
Este enfoque trae sus propias frustraciones. Las campañas de recaudación públicas son lentas, emocionales y frágiles. No basta con pulsar un botón y conjurar un millón de euros. Y seamos sinceros: nadie se levanta cada mañana con ganas de donar a una calculadora del siglo XVII. La gente piensa en el alquiler, la comida, los zapatos de los niños. La historia de la ciencia entra en escena cuando esos incendios están apagados.
Por eso algunos investigadores hablan ahora de nuevas alianzas. Empresas tecnológicas a las que les encanta poner a salas de conferencias nombres como «Pascal» o «Turing» podrían asumir compromisos más concretos. No como salvadores que irrumpen en el último minuto, sino como socios estables que reinvierten una fracción diminuta de sus beneficios en la historia física de la computación.
Un historiador lo resumió así:
«Construimos una civilización digital sobre los hombros de pequeños objetos toscos como la Pascalina. Si dejamos que desaparezcan en cámaras acorazadas, estamos amputando nuestra propia memoria».
Para pasar de la indignación a la acción, los científicos están esbozando algunas herramientas pragmáticas:
- Crear registros compartidos de artefactos científicos vulnerables, para que nadie se vea sorprendido cuando aparezca uno.
- Presionar a los gobiernos para que clasifiquen máquinas clave como tesoros nacionales, limitando la exportación y obligando a ofrecer primero la venta pública.
- Animar a los coleccionistas multimillonarios a prestar, no acaparar, vinculando ventajas fiscales a la exhibición pública a largo plazo.
Nada de eso es glamuroso. Es papeleo, incidencia, borradores nocturnos de propuestas de política. Sin embargo, si aunque sea una futura Pascalina se queda en Normandía, al alcance de visitas escolares y estudios de laboratorio, esos pasos tediosos se sentirán extrañamente heroicos.
Lo que la pelea por la Pascalina dice de nosotros
Hay una extraña intimidad en ver a la gente discutir por una caja de 400 años con ruedas. En la superficie, es una disputa de nicho sobre un objeto concreto, hecho en Normandía por un genio adolescente preocupado por los libros de impuestos de su padre. Míralo un poco más y la pelea revela algo más crudo: quién tiene derecho a poseer las herramientas que cambiaron la forma en que pensamos.
Vivimos en un mundo donde los cálculos ocurren de manera invisible, billones de veces por segundo, en teléfonos, coches, relojes e incluso neveras. La Pascalina vuelve visible ese mundo invisible. Puedes ver los dientes de los engranajes, sentir la resistencia del metal. Nos recuerda que todo algoritmo, por abstracto que sea, empezó como un intento muy humano de dar sentido a números desordenados y a una realidad obstinada.
En una calle lluviosa de Ruan, aún puedes caminar sobre las mismas piedras resbaladizas que cruzó Blaise Pascal cuando cargaba los primeros prototipos de su máquina. Aún puedes oír campanas de iglesia que quizá él oyó. Esa continuidad es frágil. Cuando la Pascalina del lote de subasta desaparece tras una puerta de seguridad privada, se rompe casi en silencio un hilo fino entre pasado y presente. Muchos lectores no lo sentirán de inmediato. Pero los científicos que protestan fuera perciben la fractura en los huesos.
Todos hemos tenido ese momento en el que un objeto humilde de nuestro pasado -una cinta de casete, una consola antigua, un cuaderno de matemáticas amarillento- de repente se siente como un portal. Ahora imagina que te arrebatan ese portal y lo convierten en un activo especulativo. Algo cambia en la habitación. La pregunta no es solo «¿Quién será el dueño de esto?», sino «¿Qué tipo de relación queremos tener con las máquinas que ahora moldean nuestras vidas?». La historia de la venta de la Pascalina no resolverá eso. Pero quizá empuje a más de uno a levantar la vista de la pantalla y preguntarse quién puede escribir -y poseer- los primeros capítulos de nuestra memoria digital.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| La Pascalina como símbolo patrimonial | Primera máquina de cálculo práctica, diseñada en Normandía en la década de 1640 por Blaise Pascal. | Ayuda a conectar la vida digital actual con un relato de origen tangible y a escala humana. |
| Propiedad pública vs. privada | Las casas de subastas empujan los precios más allá de los presupuestos de los museos, llevando máquinas a colecciones privadas. | Pone de relieve por qué los lectores rara vez ven estos objetos y por qué el acceso a la historia científica se está reduciendo. |
| Respuestas emergentes | Los científicos promueven redes de alerta, herramientas legales y alianzas con empresas tecnológicas. | Muestra formas concretas en que la sociedad podría mantener visibles, estudiables y compartidos artefactos clave. |
Preguntas frecuentes
- ¿Por qué están tan enfadados los científicos por la venta de la Pascalina? La ven como una piedra angular de la historia de la computación y temen que, si entra en una colección privada, el acceso para la investigación, la docencia y la exhibición pública se reduzca drásticamente.
- ¿Qué es exactamente la Pascalina? Es una calculadora mecánica del siglo XVII inventada por Blaise Pascal en Normandía, diseñada para realizar sumas y restas mediante un sistema de diales giratorios y engranajes.
- ¿Cómo de raras son las Pascalinas originales? Solo sobreviven en el mundo un puñado de Pascalinas auténticas, la mayoría en museos; cada una que aparece en el mercado es un gran acontecimiento para historiadores y coleccionistas.
- ¿Pueden los museos competir de forma realista con compradores privados? A veces sí, con planificación previa, campañas públicas y apoyo de donantes o del Estado, pero la escalada de precios lo hace cada vez más difícil.
- ¿Qué pueden hacer los lectores corrientes si les importa esto? Puedes apoyar a los museos locales, compartir historias sobre patrimonio científico, respaldar campañas de adquisición pública cuando aparezcan, y presionar con suavidad a empresas tecnológicas e instituciones públicas para que inviertan en mantener estos artefactos visibles para todos.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario