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6 hábitos tradicionales que las personas de 60 y 70 años se niegan a dejar y que les hacen más felices que a los jóvenes obsesionados con la tecnología.

Pareja madura sonriendo mientras conversa en una cocina acogedora. Sobre la mesa hay cuadernos y una olla humeante.

No hay funda, no hay notificaciones, no hay apps. Dobla el periódico, subraya una frase con un bolígrafo de verdad y luego levanta la vista y se queda, de verdad, mirando a la gente pasar. A dos mesas de distancia, una adolescente hace scroll en TikTok con una intensidad cableada, medio escuchando a su amiga, medio contestando rachas de Snapchat.

El mismo capuchino, la misma luz de la mañana. Dos formas totalmente distintas de estar vivo.

Nos gusta bromear con «los boomers y sus manías», pero hay un grupo obstinado de personas de sesenta y setenta años que se niega en silencio a vivir en modo avance rápido. Siguen enviando tarjetas escritas a mano, cocinando de memoria, caminando sin auriculares. Y a menudo parecen… más tranquilos. Menos perseguidos por las pequeñas luces azules.

¿Y si algunos de esos rituales de la vieja escuela fueran el verdadero lujo que la generación tech ya no puede permitirse?

1. Conversaciones lentas, cara a cara, que no zumban cada 30 segundos

Mira a un grupo de personas de sesenta y tantos en una comida de cumpleaños. Los móviles se quedan en los bolsos. Se inclinan hacia delante, se interrumpen, discuten sobre quién recuerda bien la historia. Alguien se ríe tanto que se seca las lágrimas. El tiempo se estira. Nadie está a medias allí y a medias en un chat de grupo.

Rara vez ves a una persona mayor intentando grabarlo todo «para luego». Normalmente está dentro del momento. Ese hábito -mirar a alguien a los ojos y quedarse ahí- puede sonar aburrido para una generación acostumbrada a la doble pantalla. Pero es una de esas conductas pequeñas y tozudas que, en silencio, van moldeando un día más feliz.

En un pueblecito de Yorkshire, una enfermera jubilada llamada Margaret sigue organizando una merienda semanal con sus vecinos. Sin tema, sin agenda. La gente simplemente aparece, se sienta alrededor de una mesa coja y habla. Una vez, su nieto intentó grabarlo «para Reels». La sala cambió al instante. La risa se volvió performativa. Aparecieron las poses.

Dejó de grabar. En cuestión de minutos, las voces volvieron a su ritmo sin filtro.

Los estudios respaldan lo que se siente en ese salón. Las conversaciones largas y sin interrupciones reducen las hormonas del estrés y aumentan la sensación de pertenencia, algo que los chats de grupo solo imitan. Cuando te sientas con alguien sin mirar el móvil cada pocos segundos, tu sistema nervioso recibe un mensaje claro: estás lo bastante a salvo como para quedarte.

Hay una razón por la que las personas mayores se aferran a esto. Crecieron cuando «estar» significaba estar físicamente en algún sitio, no solo tocar un icono de corazón. Han vivido ambos mundos -el analógico y la tormenta de notificaciones- y muchos eligen en silencio el primero siempre que pueden.

Para ellos, la conversación no es contenido. Es oxígeno.

2. Caminar sin auriculares, sin listas de reproducción y sin objetivos de pasos

Pregúntale a alguien de 70 años por su paseo diario y rara vez oirás hablar de «cerrar anillos». Te hablará del recorrido. Del roble viejo. De las rosas del vecino. Del perro que ladra a todo el mundo menos a él. No lo llama mindfulness. Lo llama salir a tomar el aire.

Moverse despacio, por las mismas calles, a más o menos la misma hora, puede sonar dolorosamente anticuado en un mundo de entrenamientos HIIT llamativos y relojes inteligentes. Sin embargo, mucha gente de sesenta y setenta se aferra a este ritual sencillo y con poca pantalla como a una forma discreta de terapia.

En un barrio a las afueras de Madrid, José, 72 años, recorre el mismo circuito cada mañana. Sin auriculares, sin pódcasts. «Si escucho algo», se encoge de hombros, «me pierdo los pájaros». Sabe qué tienda abre primero, qué balcón tiene los mejores geranios, qué gato ha decidido que la acera es su trono.

Cuando su hija lo visita, intenta acompañarle con los AirPods puestos. Él le da un golpecito suave en la oreja y niega con la cabeza. Al cabo de unos días, ella se los quita. Su monitor de sueño luego muestra mejor descanso los días que caminó «como Papá», sin audio persiguiéndole los pensamientos.

Los científicos lo llamarían movimiento de baja intensidad más conciencia sensorial. Los abuelos lo llaman «dar un paseo». El efecto es el mismo: baja la frecuencia cardiaca, sube el ánimo, la mente se enreda menos. Sin algoritmos, sin paneles, solo un cuerpo y una calle.

Hemos convertido el movimiento en una actuación que se registra, se comparte y se compara. Las generaciones mayores a menudo rechazan ese trueque. Su paseo les pertenece a ellos, no a una app. Ese pequeño acto de propiedad es una forma silenciosa de alegría.

Y, en el fondo, seguramente notas la diferencia entre caminar para llegar a 10.000 pasos y caminar porque el cielo está bonito.

3. Cocinar comidas de verdad de memoria, no con un vídeo de 30 segundos

En muchas cocinas de personas de más de 65 años hay un recetario escrito a mano, con manchas y líneas torcidas. O no hay ningún cuaderno: solo memoria muscular. Un pellizco de esto, «lo suficiente» de aquello. Lo contrario del clip vertical, perfectamente iluminado, que te dice exactamente cuándo «dejar de hacer scroll» y «probar esto esta noche».

Para mucha gente mayor, cocinar no es contenido. Es un ancla diaria. Algo previsible. Algo que huele a casa antes incluso de abrir la puerta. Da estructura a días que, tras la jubilación, pueden difuminarse con facilidad.

Piensa en Elena, 68 años, en Bolonia. Sigue haciendo ragú como lo hacía su madre: empieza pronto y lo deja a fuego lento durante horas. Su nieta una vez grabó todo el proceso para TikTok. El vídeo alcanzó 1,2 millones de visualizaciones. Extraños elogiaron lo «estético».

Elena sonrió con educación y volvió a su ritmo. Le importa menos hacerse viral y más quién está sentado de verdad a la mesa. Cuando llegan los platos, no hay «esperad, foto primero». La gente come mientras está caliente. Hablan con la boca llena. La habitación suena viva.

Los psicólogos suelen mencionar el efecto de «hacer con las manos». Picar, remover, amasar: estas acciones literalmente sacan tu atención de la cabeza y la llevan al cuerpo. El estrés no desaparece, pero se ablanda. El tiempo se vuelve más físico y menos abstracto.

Los cocineros mayores no necesitan una app que se lo explique. Lo sienten en los huesos. Años repitiendo las mismas recetas han convertido la cocina en una especie de sala de terapia silenciosa, con harina en el aire. Cuando estás concentrado en no quemar el ajo, tu cerebro descansa del doomscrolling.

La ironía es que el consuelo que tanta gente joven busca en el «contenido de cocina reconfortante» ya existe ahí mismo, en la versión desordenada y offline que casi no ven.

4. Papel, bolígrafos y libros de verdad: la alegría de las cosas que no hacen ping

Hay un sonido concreto en el salón de una persona mayor cuando lee: el pasar de páginas, quizá un reloj marcando el tiempo, quizá nada más. En la mesa de centro puede haber un crucigrama a medio hacer, una carta pendiente de respuesta, una novela de bolsillo con el lomo doblado.

Esos objetos no exigen atención. Esperan en silencio. Precisamente por eso muchas personas de sesenta y setenta se niegan a soltarlos.

Un ingeniero jubilado llamado Trevor, 74 años, lleva una libreta pequeña en el bolsillo de la camisa. No es un diario de productividad. Solo un sitio donde garabatea cosas que quiere recordar: un chiste que oyó, el título de un libro, una dirección. Ha intentado usar el móvil para apuntes. «Me arrastra a otro sitio», dice. «La libreta no discute».

Lo mismo con leer en papel. Cuando abre un libro físico, no hay pop-ups, no hay avisos de «mientras no estabas». Solo frases, una tras otra, en el orden que pretendía el autor. Es aburrido en el mejor sentido posible.

Fatiga ocular, concentración, sueño: la investigación sigue apuntando en la misma dirección. Las pantallas por la noche dificultan el descanso. Las notificaciones constantes fragmentan la atención. El contenido breve entrena al cerebro para esperar una recompensa cada pocos segundos, lo que hace que la lectura profunda se sienta como esfuerzo.

Los lectores mayores, criados entre bibliotecas y periódicos, notan ese cambio de forma visceral. Cuando cambian un e-reader por un libro de bolsillo, muchos describen una especie de exhalación mental. El mundo se estrecha. En esa estrechez encuentran calma.

No son anti-tecnología. Simplemente conocen la diferencia entre una herramienta y una trampa.

Y elegir una novela manoseada en lugar de otra hora de scroll es una forma pequeña y radical de votar por su propia tranquilidad.

5. Rutinas previsibles que evitan que el día se disuelva

Pregúntale a alguien de finales de los sesenta qué ha hecho esta mañana y quizá te dé una lista que suena casi sosa. Se levantó. Hizo la cama. Abrió las cortinas. Tomó café en la misma mesa, quizá con la misma taza. Leyó un poco. Regó las plantas.

Desde fuera, esa repetición puede parecer rígida. Para muchas personas mayores, se siente como una red de seguridad. Cuando el cuerpo cambia, el trabajo desaparece y los hijos se van, los hábitos son los huesos que sostienen el día.

Hay una viuda en Lyon, 71 años, que ha mantenido un ritual de su vida en pareja: desayuno a las 8:15, en la ventana de la cocina. Corta fruta, hace café, pone un poco de mermelada en una tostada, siempre en el mismo plato. El móvil se queda en la otra habitación.

Los días en que el duelo aprieta más o le duele la artritis, ese desayuno sigue ocurriendo. Es innegociable. Su hija le sugirió una vez una app de meditación «para ayudar». La probó y luego la dejó con educación. «Yo ya tengo mi meditación», sonrió, señalando la taza.

La rutina tiene mala fama en una época obsesionada con la espontaneidad y la novedad. En cualquier red social ves mil maneras distintas de pasar la mañana, cada una más «optimizadora» que la anterior. Es fácil sentir que estás fracasando si tu amanecer no parece un anuncio.

Seamos honestos: nadie hace eso de verdad todos los días.

Lo que muchas personas de sesenta y setenta entienden es que el valor de una rutina no es su potencial para Instagram. Es su fiabilidad. Cuando la vida se siente caótica, lo predecible calma el sistema nervioso. No tienes que decidirlo todo desde cero. Algunas decisiones se tomaron hace mucho y siguen sirviéndote.

«Cuando suena mi alarma», dice Ruth, 69 años, de Manchester, «ya sé mis tres primeros movimientos. No tengo que pensar. Pensar viene después. Primero hago mi pequeño baile del día».

Su «baile» es simple: hacer la cama, abrir la ventana, poner el agua a hervir. Eso es todo. Y, sin embargo, esos tres movimientos cambian el sabor de las siguientes 12 horas.

  • La rutina no es una prisión; es un andamiaje para tu energía.
  • Empieza con un hábito pequeño y repetible, no con un horario ideal completo.
  • Deja que tu rutina sea fea y privada, no lista para ser contenido.
  • Espera recaídas. La vida pasa. Tienes permiso para recomenzar.
  • Róbale un ritual a una persona mayor a la que quieras y hazlo tuyo.

6. Decir no a la disponibilidad constante (y no pedir perdón por ello)

Si alguna vez has intentado localizar a un abuelo y te has topado con el muro frío de un fijo sonando en el vacío, ya has probado este último hábito. Las personas de sesenta y setenta suelen sentirse mucho más cómodas siendo inalcanzables que la gente joven.

El móvil en otra habitación. El tono apagado durante la siesta. Cero presión por contestar en cinco minutos. Cero pánico si se pierde una llamada. Recuerdan la vida antes de «visto a las 22:43» y no tienen ganas de regalar esa libertad.

En una playa de Portugal, Ana, 67 años, lee bajo un sombrero de paja. Su smartphone está en el bolso, envuelto en una toalla. Su hijo adulto no para de sacar el móvil cada pocos minutos, mirando Slack «por si acaso».

En un momento dado, le pregunta medio en broma: «¿No te preocupa que alguien te necesite?».

Ella levanta la vista del libro. «Si me necesitan», dice, «también pueden necesitarme dentro de dos horas». Luego cierra los ojos y sigue escuchando las olas. La mano de él se queda un poco más suspendida sobre la pantalla antes de, por fin, dejar el teléfono boca abajo.

Hay una habilidad emocional escondida en esa respuesta: tolerar la idea de que el mundo puede seguir sin tu reacción inmediata. Muchos adultos mayores aprendieron esto a la fuerza, escribiendo cartas que tardaban días, esperando noticias sin números de seguimiento, haciendo planes que no podían actualizarse sobre la marcha.

Sobrevivieron a la incertidumbre sin la ilusión tranquilizadora de control constante que dan las notificaciones.

Ahora, rodeados de dispositivos que podrían convertirlos en operadores siempre conectados, algunos se niegan en silencio. Pierden llamadas. Responden mensajes al día siguiente. Se acuestan sin «mirar una última vez». Esa distancia del enjambre digital tiene un coste -menos respuestas instantáneas, menos emojis volando- pero también trae algo raro: espacio mental.

No son vagos. Están trazando una línea que mucha gente joven olvidó incluso que existía.

Por qué estos hábitos «anticuados» se sienten secretamente lujosos

Cuando apilas estas conductas -conversación lenta, paseos silenciosos, notas a mano, comidas sencillas, mañanas previsibles, disponibilidad selectiva- empiezan a parecerse a otro sistema operativo. Menos eficiente, quizá. Menos optimizado. Y extrañamente envidiable.

Hay una corriente emocional común: negarse a que el mundo exterior dicte cada micromomento. Lo notas cuando estás con alguien mayor que está plenamente ahí, sin mirar de reojo la pantalla. Desarma. Calma. Y también confronta un poco, si estás acostumbrado a esconderte detrás del «estar ocupado» permanente.

En un tren abarrotado, puede verse en una persona de 73 años haciendo un crucigrama con calma mientras el resto hace scroll por malas noticias. En un supermercado, en una pareja mayor discutiendo alegremente sobre qué tomates «huelen bien», mientras un adolescente pide la compra en una app. En un banco del parque, en un hombre canoso simplemente… mirando los árboles.

En un nivel más profundo, estos hábitos van de confianza. Confianza en que el aburrimiento no te matará. En que tu valía no depende de lo rápido que respondas. En que repetir pequeños rituales no es falta de imaginación, sino una forma de cuidado. En un mal día, esa clase de confianza puede parecer fantasía.

En un buen día, puede sentirse como algo que podrías robar discretamente a la gente mayor que te rodea, sin anunciarlo, sin convertirlo en un «reto». Un paseo sin auriculares. Una cena sin el móvil en la mesa. Una carta en lugar de un DM.

Todos hemos vivido ese momento en que se cae el Wi‑Fi y, tras la primera oleada de irritación, se cuela una paz extraña. Quizá eso es lo que muchas personas de sesenta y setenta están eligiendo a propósito, un hábito analógico y obstinado cada vez.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Conversación lenta Menos interrupciones, más presencia real Sentirse escuchado, menos dispersión
Rutinas simples Pequeños gestos repetidos cada día Reducir la ansiedad, ganar estabilidad
Disponibilidad limitada Aceptar no responder al instante Proteger la energía mental, poner límites

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Las personas mayores son realmente más felices o simplemente están menos conectadas? La felicidad es difícil de medir, pero muchos estudios muestran una mayor satisfacción vital a partir de los 60, sobre todo cuando los vínculos sociales y las rutinas son fuertes, incluso sin un uso intensivo de la tecnología.
  • ¿Tengo que deshacerme del smartphone para notar los beneficios? No. La idea no es vivir como si estuviéramos en 1974. Es tomar prestados algunos hábitos analógicos y crear espacios de vida en los que tu móvil no sea el protagonista.
  • ¿Qué pequeño cambio puedo probar esta semana? Elige un hábito: un paseo diario de 10 minutos sin audio, o una comida al día con el móvil en otra habitación. Observa cómo se siente tu cuerpo, no solo tu mente.
  • ¿Cómo les explico a mis amigos que ya no voy a responder al instante? Dilo de forma sencilla: estás intentando pasar menos tiempo con el móvil y más tiempo presente. Puede que se rían un poco y luego, en secreto, te copien.
  • ¿No es más fácil vivir así si estás jubilado? Sí, tienen otras limitaciones. Aun así, incluso con una agenda llena, puedes proteger unos minutos «a la antigua» al día: un libro antes de dormir, una nota escrita a mano, un paseo sin notificaciones.

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