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Al almacenar residuos nucleares bajo tierra durante milenios, la humanidad deja advertencias para civilizaciones futuras que aún no existen.

Mujer joven mide una antigua losa grabada en un desierto, con tumbas y vegetación dispersa al fondo.

El aire cambia. Más cálido, más seco, con un leve olor a polvo de hormigón y a roca que no ha visto la luz del día en un millón de años. A tu alrededor, el túnel se estira como una cicatriz perforada en la tierra, iluminado por tiras de LED blancos y duros. Ingenieros con chalecos naranjas pasan junto a cajas y bidones de acero, hablando en voz baja, con ecos extraños.

En algún lugar tras estas paredes gruesas, diminutos gránulos de residuos nucleares descansarán más tiempo del que lleva en pie cualquier pirámide. Más tiempo del que sobrevivirán nuestras lenguas. Más tiempo del que nuestros mapas tendrán sentido.

En la superficie, los pinos se agitan con el viento y un lago centellea bajo un sol pálido. Aquí abajo, la gente intenta, en silencio, hablar con extraños que quizá no nazcan hasta dentro de 10.000 años. O que quizá ni siquiera sean humanos.

La pregunta es sencilla y aterradora.

¿Cómo adviertes a alguien que todavía no existe?

Imagina una señal que tenga que durar más que cualquier civilización que conozcamos. Más que internet, más que el alfabeto, quizá incluso más que las ciudades. Ese es el reto al que se enfrentan quienes trabajan en torno a repositorios de residuos nucleares como Onkalo, en Finlandia, o los emplazamientos previstos en Estados Unidos y Francia.

No solo están construyendo túneles y bóvedas de hormigón. Están construyendo mensajes. Mensajes que tienen que decir, con absoluta claridad: «No vengas aquí. No excaves. Lo que hay debajo puede matarte, despacio e invisiblemente». Y tienen que decírselo a seres que quizá no reconozcan nuestros símbolos, nuestras palabras, nuestro miedo a las calaveras y tibias cruzadas.

En un mal día, todo este proyecto parece el encargo creativo más extraño de la historia humana.

Hay un término para esto: semiótica nuclear. Suena académico, casi aséptico, pero en el fondo es un rompecabezas muy humano. ¿Cómo hablas a través de diez mil años? El gobierno de EE. UU. llegó a reunir paneles de lingüistas, arqueólogos, artistas y antropólogos para pensar en ello en relación con la planta WIPP (Waste Isolation Pilot Plant) en Nuevo México.

De ahí salieron ideas desbocadas. Un «paisaje de espinas», con pinchos de piedra negra emergiendo del desierto. Grandes movimientos de tierra en formas inquietantes que nadie confundiría con un monumento o un templo. Muros de advertencia grabados en múltiples idiomas, junto a pictogramas de figuras enfermas y moribundas. Incluso la idea de criar «gatos rayo»: animales modificados genéticamente para cambiar de color en presencia de radiación, e incrustar luego esa advertencia en el folclore.

Sobre el papel, casi parece ciencia ficción. Sobre el terreno, es creatividad desesperada.

Los residuos radiactivos no entienden de ciclos electorales, informes trimestrales ni capacidad de atención humana. Algunos de los elementos más peligrosos que enterramos hoy seguirán siendo peligrosos durante decenas de miles de años. La semivida del plutonio-239, por ejemplo, es de unos 24.000 años. Duplicas eso y aún no ha desaparecido. Cinco semividas después, solo se habrá desintegrado en su mayor parte.

Esa escala temporal es casi imposible de sostener en la mente humana. Nuestros textos más antiguos conservados tienen apenas unos miles de años. La distancia entre nosotros y quienes construyeron Stonehenge es menor que la vida útil de estos residuos. Por eso, ingenieros y comunicadores tienen que pensar como viajeros del tiempo. Tienen que imaginar sequías, guerras, fronteras olvidadas, lenguas perdidas, costas desplazadas.

Conocen una verdad dura: lo que dejemos en la superficie probablemente será malinterpretado por alguien, algún día.

El extraño arte de diseñar una advertencia para 10.000 años

Quienes trabajan en estos proyectos combinan ingeniería muy práctica con un pensamiento casi poético. El primer paso suena sencillo: mantener los residuos lejos del agua, de las personas y de los terremotos. Eso implica repositorios geológicos profundos, en roca estable, con múltiples barreras. Contenedores de acero, arcilla bentonítica, roca gruesa y un diseño que no dependa de mantenimiento futuro.

Pero cuando los bidones se sellan y los túneles se rellenan, empieza la verdadera narración. Los expertos diseñan «sistemas de marcadores» con mensajes por capas. Alguien que apenas entienda el lugar debería sentir inquietud. Un explorador curioso debería encontrar textos, diagramas y mapas. Una persona con formación científica debería poder descifrar niveles exactos de peligro. Como una muñeca rusa de advertencias: desde la emoción visceral hasta el dato detallado.

Cada capa tiene que decir, a su manera: este lugar no es un tesoro.

Una propuesta para el desierto estadounidense imaginaba enormes losas de granito, dispuestas en patrones que rompen el ritmo natural del paisaje. Sin ángulos rectos, sin entradas acogedoras, solo una sensación de alteración. En las piedras: frases en varios idiomas y símbolos simples. Una figura humana acercándose y luego enfermando. Una planta muriendo. Un niño llorando en brazos de su padre o su madre.

Suena directo, casi tosco. De eso se trata. La advertencia tiene que funcionar para alguien que no conozca nuestra historia, nuestra política ni siquiera nuestras religiones. No puede depender de mitos compartidos ni de cultura pop. Tiene que apoyarse en algo más profundo: la percepción física de amenaza.

Y aun así hay un giro incómodo. Los humanos somos curiosos. Señala un lugar como prohibido y, tarde o temprano, alguien intentará abrirlo.

Por eso, algunos expertos sostienen que deberíamos hacer menos. Enterrar los residuos en roca profunda y no dejar grandes marcadores. Dejar que la naturaleza lo cubra. Sin paisajes de pinchos, sin monumentos sombríos. Solo una ausencia de conocimiento, perdida en el vaivén del tiempo.

Otros se oponen. Eso suena a traición: confiar deliberadamente en el olvido. ¿Y si una pequeña comunidad dentro de 5.000 años perfora un pozo, da con un contenedor y no tiene ni idea de lo que ha encontrado? El debate arde en silencio en informes y comités, pero la incomodidad moral se siente a flor de piel.

Onkalo, el repositorio finlandés, se inclina por un enfoque mixto. Hay registros detallados, acuerdos para preservar el conocimiento en museos y archivos, y debates sobre cómo mantener la memoria entre generaciones. A la vez, planean sellar los túneles por completo. Sin acceso fácil. Sin sugerir que esto es una cámara acorazada de metales raros o un tesoro antiguo.

En algún punto entre gritar y callar, estamos intentando encontrar un lenguaje que el futuro pueda oír.

Lo que nuestras advertencias nucleares revelan sobre nosotros

Hay un método silencioso detrás de todo este extraño ejercicio, algo que cualquiera puede notar al caminar por esas pasarelas subterráneas. Puedes pensarlo como un gesto de tres pasos: contener, explicar, transmitir.

Contener es la ingeniería: contenedores gruesos, roca estable, casos de seguridad a largo plazo. Explicar es la parte humana: relatos claros, advertencias visuales, registros en tantos lugares como sea posible. Transmitir es el juego largo: enseñar a cada generación por qué esto importa, construir rituales, símbolos, incluso lecciones escolares que impidan que la memoria se apague.

Dentro de todo esto hay una verdad muy corriente. Estamos intentando limpiar lo que dejamos atrás sin fingir que somos perfectos. Esa honestidad quizá sea la señal más poderosa que enviemos.

Quienes trabajan en comunicación nuclear saben lo frágil que es la atención. Saben que nadie quiere pensar en lodos radiactivos en una tarde soleada. Seamos honestos: nadie hace eso de verdad todos los días. Por eso se centran en hábitos pequeños y duraderos, más que en grandes gestos. Archivar documentos en múltiples idiomas. Copiar datos clave en distintos países. Formar a nuevas generaciones de especialistas que, a su vez, formarán a otras.

A nivel social, son los mismos movimientos que usarías para mantener viva cualquier verdad incómoda. La nombras con claridad. La repites en lenguaje sencillo. Evitas convertirla en un secreto vergonzoso o en un mito sagrado. Los secretos se entierran. Los mitos se malinterpretan.

A un nivel más emocional, proyectos como Onkalo nos piden, en silencio, pensar el tiempo de otra manera. Imaginar nuestra responsabilidad no solo hacia nuestros hijos, sino hacia desconocidos cuyos rostros nunca veremos. Ese cambio -pequeño, casi invisible- quizá sea una de las cosas más radicales que está ocurriendo bajo ese tranquilo bosque finlandés.

«No solo estamos construyendo un repositorio», le dijo un ingeniero finlandés a un periodista de visita. «Estamos construyendo una promesa que sobrevive a nuestra lengua».

Sus palabras suenan pesadas, pero conviven con herramientas muy concretas.

  • Archivos redundantes en museos y registros estatales, tanto en formato digital como físico.
  • Bases de datos internacionales que rastrean materiales nucleares, para que el conocimiento no quede encerrado en un solo país.
  • Estrategias de memoria cultural: películas, novelas, documentales que mantienen viva la historia.
  • Señalización simple y visual que pueda sobrevivir a una pérdida parcial del lenguaje.
  • Debates públicos regulares, para que el tema no se diluya en el silencio burocrático.

A un nivel más personal, este pensamiento a largo plazo se infiltra en otras partes de la vida. Una vez has estado frente a residuos que sobrevivirán a las ciudades, las bolsas de plástico y la moda rápida se ven de otra manera. Todos hemos vivido ese momento en que un objeto roto nos recuerda hasta qué punto todo es desechable. Aquí abajo, en la roca, rodeado de lo contrario a lo desechable, esa sensación se vuelve más aguda.

La larga sombra de un mensaje tallado en piedra

Cuando vuelves a subir desde un repositorio nuclear, la superficie se siente extrañamente ligera. Árboles, viento, pájaros, ruido de tráfico. La banda sonora cotidiana de una especie que vive con plazos cortos y decisiones rápidas. El mundo de los planes a diez años y las carreras a cinco, del tiempo de la semana que viene y las noticias de mañana.

Muy por debajo de tus pies, ya ha comenzado un experimento silencioso. Bidones sellados. Túneles rellenados. Los arqueólogos del futuro, si existen, leerán esas señales y nos juzgarán, o nos malinterpretarán, o las ignorarán por completo. No estaremos allí para explicarlo. Esa impotencia inquieta, y sin embargo también libera de un modo extraño.

Los marcadores que dejamos -paisajes de pinchos, piedras grabadas, archivos técnicos y secos- se parecen menos a mandamientos y más a conversaciones unilaterales. Dicen: sabíamos que esto era peligroso. Intentamos controlarlo. Intentamos advertirte. También dicen algo más difícil de admitir: elegimos este camino energético, y ahora asumimos la responsabilidad de su sombra.

En cierto modo, los residuos nucleares no son más que una versión extrema de una pregunta que atraviesa casi todo lo que construimos. ¿Qué huellas dejamos? ¿Cuánto durarán? ¿Nos parece bien que las encuentren extraños? La diferencia es que, con la radiación, no tenemos el lujo de fingir que se desvanecerá en uno o dos siglos.

Así que los túneles permanecen, y las señales permanecen, y las historias -si seguimos contándolas- quizá también permanezcan. No como relatos de terror, no como epopeyas heroicas, sino como una lección larga y lenta de humildad. La tierra recuerda lo que ponemos en ella mucho después de que desaparezcan nuestros titulares.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Escalas temporales más allá de la historia Los residuos nucleares siguen siendo peligrosos durante decenas de miles de años, mucho más que cualquier cultura o idioma actuales. Ayuda a situar los debates diarios sobre energía y medio ambiente en una perspectiva vertiginosa y de largo plazo.
Inventar un lenguaje de advertencia Proyectos como Onkalo prueban símbolos, monumentos y archivos diseñados para hablar a seres futuros y desconocidos. Muestra cómo chocan creatividad, ciencia y ética cuando intentamos comunicarnos a través de milenios.
Lo que esto dice de nosotros hoy Estos repositorios son tanto obras de ingeniería como declaraciones morales sobre responsabilidad y memoria. Invita al lector a cuestionar qué huellas dejarán su época -y sus propias decisiones-.

Preguntas frecuentes

  • ¿De verdad los residuos nucleares son peligrosos durante miles de años? Sí. Algunos isótopos se desintegran rápido, pero otros como el plutonio-239 y el tecnecio-99 siguen siendo peligrosos durante decenas o incluso cientos de miles de años.
  • ¿Por qué no lanzar los residuos nucleares al espacio? Los fallos de los cohetes hacen que el plan sea extremadamente arriesgado; un solo accidente podría dispersar material radiactivo por la atmósfera.
  • ¿Las advertencias futuras corren el riesgo de atraer a exploradores curiosos? Es posible. Por eso los expertos debaten cuán visibles deben ser los marcadores y prueban diseños pensados para repeler, no para intrigar, a visitantes futuros.
  • ¿De verdad nuestras lenguas desaparecerán en 10.000 años? La historia sugiere que la mayoría de las lenguas se transforman o desaparecen en plazos mucho más cortos, por eso los mensajes se apoyan mucho en lo visual y en la redundancia.
  • ¿Hay alternativas a enterrar los residuos nucleares? La investigación continúa en reciclaje y nuevos tipos de reactores, pero para los residuos existentes de vida larga, el almacenamiento geológico profundo sigue siendo la opción más realista.

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