Old graffiti parpadea en el haz de una lámpara de casco: nombres, fechas, un corazón tosco arañado sobre el óxido. Hace unas décadas, este pozo resonaba con gritos, vagonetas de carbón, el chirriar del acero. Hoy, zumba con un sonido distinto: el zumbido grave y constante de bombas, sensores y cables más gruesos que una muñeca.
Abajo, el aire es fresco, casi limpio. Donde antes el polvo negro lo cubría todo, ahora brillan tuberías que recorren las paredes, pintadas con colores de seguridad. Ingenieros con chalecos de alta visibilidad se colocan donde antes los mineros fumaban y se contaban chistes, mirando pantallas que siguen los niveles de agua y los flujos de electricidad. Este lugar no se ha quedado en silencio. Ha cambiado de trabajo.
Lo que fue una cicatriz está convirtiéndose poco a poco en una batería.
De agujeros negros en el suelo a gigantescas baterías subterráneas
Desde la superficie, la antigua boca de mina parece una reliquia que alguien se olvidó de derribar. Metal doblado, una verja que chirría, un aparcamiento con más malas hierbas que coches. Luego te fijas mejor y te das cuenta: las luces están encendidas. Hay un cartel nuevo. Las ventanas están limpias. Dentro, una sala de control brilla como una nave espacial, atendida por gente que no ha blandido un pico en su vida, pero que vive con el mismo paisaje y el mismo tiempo que los mineros de antes.
Esa es la sensación surrealista que rodea ahora a muchas minas en desuso en Europa, Estados Unidos y China. Lugares que vivieron y murieron con el carbón están siendo invitados de nuevo a la historia de la energía, pero con un giro. No como fuentes de carbono, sino como bóvedas subterráneas donde podemos guardar energía limpia hasta que la necesitemos. Los huecos que antes se tragaban la luz del día se están convirtiendo en otra cosa: almacenamiento.
En la región de Limburgo, en los Países Bajos, por ejemplo, un laberinto de minas de carbón abandonadas forma parte hoy de un sistema piloto que almacena energía usando agua. En días soleados o ventosos, el excedente de electricidad de la red alimenta bombas que mueven agua hacia embalses subterráneos más altos, excavados en antiguas labores mineras. Cuando la demanda se dispara -tardes frías, partidos de fútbol, coches eléctricos cargando a la vez-, la gravedad hace lo que siempre hace. El agua vuelve a bajar a través de turbinas, enviando energía a hogares que aún recuerdan el último turno de un minero.
En Escocia, ingenieros están probando un “bombeo hidroeléctrico subterráneo” similar en minas antiguas que un día alimentaron la industria de Glasgow. En Pensilvania, start-ups están cartografiando túneles olvidados y dibujándolos como futuros activos de la red. Las cifras pueden ser asombrosas. Algunos de estos sistemas prometen cientos de megavatios de potencia flexible, en pozos y galerías que llevaban medio siglo ahí, inundados y olvidados.
La física que hay detrás es casi agradablemente simple. Agua elevada equivale a energía almacenada. Se utiliza electricidad barata y abundante -de parques eólicos por la noche o solar al mediodía- para empujar agua hacia niveles más altos de la red de la mina. Eso consume energía. Más tarde, se deja caer de nuevo a través de turbinas, lo que convierte la energía potencial en electricidad cuando los precios y la demanda son altos. Hay pérdidas, por supuesto, pero la eficiencia del ciclo completo puede rivalizar con la del bombeo hidroeléctrico clásico en embalses de montaña. La mina, antes un agujero del que salía energía, pasa a ser el recipiente en vez del combustible.
Cómo convertir una mina muerta en un centro energético vivo
La “receta” básica para una central subterránea empieza con un mapa y un recuerdo. Los ingenieros necesitan saber dónde están realmente los túneles, qué anchura tienen, a qué profundidad, con qué estabilidad. A menudo, esos planos siguen en archivos polvorientos o en la cabeza de mineros jubilados que pueden dibujar las galerías a mano. El primer paso es volver a conectar ese conocimiento: dibujos antiguos, nuevos escaneos, levantamientos con láser, drones que nadan bajo el agua en oscuridad total como peces mecánicos.
Luego llega la fontanería. Se instalan bombas para mover agua entre zonas bajas y altas. Se montan turbinas y generadores donde la gravedad puede hacer su mejor trabajo. Los cables serpentean hasta la superficie, uniendo la maquinaria oculta con la red eléctrica. En algunos proyectos, se añaden intercambiadores de calor, convirtiendo el agua templada de mina en calefacción geotérmica para hogares y escuelas cercanas. Un pozo puede convertirse en almacén de energía, fuente de calor y laboratorio lleno de sensores para estudiar el clima subterráneo.
Sobre el papel, parece perfectamente ordenado. Sobre el terreno, rara vez lo es. Las minas antiguas son lugares caóticos. Muchas están inundadas, son inestables o están mal documentadas. Derrumbes, filtraciones, bolsas de gas… todo forma parte del relato. Por eso gran parte del trabajo inicial avanza despacio y en silencio. Los equipos se pasan meses midiendo la calidad del agua, los niveles de oxígeno, la estabilidad de las paredes. No es glamuroso. No queda bien en Instagram. Pero es lo que convierte un laberinto arriesgado en una máquina controlada.
El mayor error en este campo es pensar en las minas como cajas vacías, esperando simplemente hardware nuevo. Se parecen más a edificios viejos con historia en las paredes: no puedes abrir huecos donde te apetezca. Las comunidades de alrededor también cargan con esa memoria. Para muchas familias, estos pozos son literalmente donde la gente murió, o donde generaciones se dejaron los pulmones. Cuando alguien llega diciendo: “Buenas noticias, vamos a reabrir la mina”, la reacción rara vez es entusiasmo puro.
Ahí es donde empieza el trabajo humano. Reuniones largas en fríos salones municipales. Visitas guiadas para que los vecinos vean los sistemas de seguridad. Conversaciones honestas sobre riesgos, ruido, impacto visual, empleo. A nivel personal, también está ese miedo silencioso: ¿es esto otro boom energético que vendrá y se irá, dejándonos vacíos otra vez? Seamos sinceros: nadie quiere que le engañen dos veces con la misma promesa.
Por eso, los proyectos más cuidadosos avanzan despacio con la gente tanto como con las rocas. Ofrecen formación para que exmineros trabajen como mantenedores e inspectores. Involucran a las escuelas, convirtiendo antiguas explotaciones en aulas vivas sobre clima e ingeniería. Hablan abiertamente de escenarios de fallo en lugar de esconderlos tras folletos relucientes. La confianza es tan infraestructura como la turbina más grande.
“Solíamos decir que la mina era nuestro pan y nuestra tumba”, me dijo un minero jubilado del norte de España. “Si mi nieto puede trabajar aquí y volver a casa limpio, con el mismo orgullo y menos funerales, entonces quizá la historia no fue solo dolor al final.”
Los proyectos que logran ese tipo de cambio suelen compartir algunos hábitos:
- Empiezan con pequeños sistemas piloto y luego escalan cuando la gente ve que funciona.
- Publican datos claros, en lenguaje llano, sobre seguridad, emisiones y rendimiento.
- Mantienen un vínculo visible con la historia del lugar: memoriales, espacios museísticos o visitas.
- Diseñan para múltiples usos: almacenamiento de energía, calefacción, investigación e incluso turismo.
- Hablan tanto del mantenimiento y la propiedad a largo plazo como del día de la inauguración.
El futuro emocional y energético del subsuelo
De pie en el borde de un viejo pozo, ahora vallado y silencioso, puedes sentir dos tiempos superpuestos. Por un lado, la historia de la extracción, el humo, salarios negros gastados en bares de empresa. Por otro, un mundo de objetivos climáticos, coches eléctricos, tejados solares y contadores inteligentes. Convertir minas abandonadas en baterías subterráneas es una forma de hacer que esas líneas temporales se toquen. No borra el pasado. Lo recablea.
No todos vivimos cerca de antiguas cuencas carboníferas, pero el patrón de fondo resulta familiar. A menor escala, cada ciudad tiene sus propias “cicatrices”: fábricas vacías, centros comerciales muertos, infraestructuras olvidadas. A nivel personal, llevamos nuestra versión de eso: trabajos que desaparecieron, habilidades que antes importaban y ahora cogen polvo. Una mañana cualquiera, al deslizar el dedo por otra factura de energía o una alerta de ola de calor, casi puedes sentir esos huecos bajo los pies.
Lo que susurran estos proyectos mineros es que los espacios muertos no siempre están muertos. Un pozo inundado puede almacenar electricidad. Un castillete oxidado puede convertirse en símbolo de transición en lugar de pérdida. Un pueblo que una vez extrajo el combustible que calentó a naciones enteras puede cobrar, esta vez, por mantener la energía esperando en silencio hasta el momento en que la red más la necesite. Eso es otro tipo de orgullo. No el rugido de la producción constante, sino la confianza silenciosa de estar listo.
Los retos técnicos son grandes. Los modelos financieros son complejos. Algunos proyectos fracasarán o se quedarán atascados. Y, sin embargo, hay algo extrañamente esperanzador en ver cómo una jaula vuelve a descender a la oscuridad, no para sacar carbón, sino para bajar turbinas, cables de fibra y sensores. El mismo pozo, otra historia. Es una invitación a mirar de nuevo aquello que dimos por perdido hace tiempo y preguntarnos: ¿en qué más podrías convertirte?
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Minas antiguas como almacenamiento de energía | Uso de bombeo hidroeléctrico subterráneo en pozos y galerías en desuso | Muestra cómo emplazamientos industriales “muertos” pueden convertirse en activos climáticos estratégicos |
| Comunidades locales en el centro | Proyectos que implican a exmineros, escuelas y residentes generan confianza | Ofrece un modelo de transiciones energéticas más justas y humanas allí donde vives |
| Varios usos en un mismo lugar | Combinar almacenamiento eléctrico, calor geotérmico y espacios de investigación | Ayuda a imaginar futuros más ricos para espacios abandonados en tu propia región |
Preguntas frecuentes
- ¿Cómo funcionan exactamente las baterías subterráneas en minas? Suelen usar bombeo hidroeléctrico: la electricidad excedentaria alimenta bombas que elevan agua a embalses subterráneos más altos; cuando sube la demanda, el agua vuelve a bajar a través de turbinas, generando electricidad.
- ¿Son seguros estos sistemas para las comunidades cercanas? Los proyectos modernos pasan controles geotécnicos y ambientales estrictos, con monitorización continua de niveles de agua, estabilidad de la roca y gases; la gestión del riesgo es central, no un añadido.
- ¿Sustituyen a los empleos tradicionales de la minería del carbón? Crean menos puestos que la minería histórica, pero los trabajos son más limpios, de más largo recorrido y a menudo adecuados para reciclar a exmineros como técnicos, inspectores o guías.
- ¿Cómo se comparan las baterías de mina con las de ion-litio? Tienen menor densidad energética, pero pueden almacenar enormes cantidades de energía durante más tiempo, con menos materias primas y menor riesgo de incendio, lo que las hace idóneas para el almacenamiento a escala de red.
- ¿Se puede convertir cualquier mina abandonada en una central? No todas; los emplazamientos adecuados necesitan profundidad y disposición correctas, estabilidad de la roca, opciones de gestión del agua y conexión cercana a la red, por lo que cada proyecto empieza con una evaluación cuidadosa del lugar.
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