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Aunque ya tiene una presa capaz de frenar la rotación de la Tierra, China ha iniciado un proyecto aún más impresionante.

Ingeniero con casco revisa planos frente a una presa hidroeléctrica en funcionamiento bajo un cielo despejado.

En algún momento, todos hemos vivido esa sensación: una noticia parece tan gigantesca que roza la ciencia ficción. Eso es lo que está pasando con China ahora mismo. Un país que ya tiene una presa tan descomunal que puede, sobre el papel, ralentizar muy ligeramente la rotación de la Tierra… y que, aun así, decide subir un peldaño más.

Ya no es solo un debate de ingenieros o geólogos. Es una historia de poder, de prestigio y de riesgos compartidos por toda la humanidad.

Acaba de arrancar una obra aún más ambiciosa que la de las Tres Gargantas. Más discreta, también.

Y empieza a asomar la pregunta incómoda: ¿hasta dónde se puede remodelar un planeta sin perder el control?

China ya tiene una presa que «empuja» el planeta. Ahora quiere más.

Vista desde la cubierta de un barco turístico, la presa de las Tres Gargantas parece casi banal. Solo un muro largo y gris que se pierde en la niebla, con autobuses de visitantes haciéndose fotos como si fuera una parada más en un crucero fluvial. Sin embargo, detrás de esa losa de hormigón hay algo asombroso: un embalse tan enorme que científicos de la NASA calcularon en su día que su llenado ralentizó ligeramente la rotación de la Tierra y desplazó su eje unos pocos centímetros.

De esa escala estamos hablando. No un puente, no un estadio, sino infraestructura que literalmente altera, aunque sea por un pelo, el equilibrio del planeta.

Y aun así, para Pekín, eso es solo el capítulo uno.

A finales de 2024, los medios estatales chinos empezaron a dejar caer un proyecto todavía más audaz: un megacomplejo hidroeléctrico y de bombeo (pumped-storage) enterrado en lo más profundo de las montañas del suroeste, diseñado no solo para generar energía, sino para comportarse como una gigantesca batería «planetaria». Oficialmente, se trata de energía limpia y estabilidad de red. Extraoficialmente, todo el mundo oye otra cosa: escalada.

Los responsables locales hablan de una «fortaleza energética» capaz de mantener provincias enteras funcionando durante días si la red falla. Los ingenieros susurran sobre túneles tan largos como líneas de metro y cavernas subterráneas tan altas como catedrales.

Las cifras se filtran a retazos: decenas de miles de millones de dólares, gigavatios de capacidad, millones de metros cúbicos de agua bombeados arriba y abajo cada día. Cada número suena más a desafío que a estadística.

Sobre el papel, la física es sencilla. Si mueves suficiente masa por la superficie de una esfera en rotación, alteras su giro, como una patinadora que recoge los brazos. El embalse de las Tres Gargantas ya lo ilustró en la realidad: un alargamiento casi imperceptible del día, medido en microsegundos, y un desplazamiento del eje terrestre de aproximadamente dos centímetros. Sin apocalipsis. Sin caos de mareas. Solo la prueba de que las obras humanas ya se registran en instrumentos de escala planetaria.

El nuevo proyecto juega en la misma liga de masa y movimiento. Es poco probable que, por sí solo, produzca cambios dramáticos en la rotación, pero añade otra capa a un patrón creciente: la humanidad apilando pesos enormes y permanentes en rincones muy concretos del globo.

Tomados uno a uno, estos proyectos parecen proezas de ingeniería. Tomados en conjunto, empiezan a parecerse a reorganizar los muebles de un mundo que gira sin haberse leído del todo el manual.

Dentro del nuevo megaproyecto: una batería planetaria con voltaje político

La idea central es engañosamente simple: usar electricidad barata y excedentaria para bombear agua cuesta arriba, y luego liberarla cuando la demanda se dispara. Se llama almacenamiento hidroeléctrico por bombeo, y funciona como una gran cascada reversible. El nuevo proyecto insignia de China es ese concepto llevado al extremo. Un embalse de alta montaña arriba, una cuenca inferior colosal en el valle y todo un laberinto de pozos y turbinas conectando ambos.

Durante la noche o en días ventosos, el agua sube. Durante las tardes calurosas, cuando rugen los aires acondicionados, el agua cae y devuelve la vida a la red.

Lo que hace distinto a este proyecto no es el principio. Es la intensidad: una máquina diseñada para engullir y liberar energía a una escala capaz de estabilizar un país enorme, frágil y electrificado.

Para imaginar el impacto, piensa en una región golpeada por una ola de calor brutal. Fábricas zumbando, centros de datos digiriendo el tráfico del mundo, millones de pisos convirtiéndose en hornos. En otros países, la red titubea y aparecen los apagones. En el relato chino, este megaproyecto entra como un guardián silencioso. Se abren compuertas, el agua cae por las turbinas y gigavatios instantáneos irrumpen en la red.

En imágenes de satélite, solo verías un mosaico de azules y grises en un pliegue montañoso. A ras de suelo, los habitantes ven otra cosa: carreteras ensanchadas para camiones pesados, colinas familiares abiertas en canal, tumbas ancestrales trasladadas, trabajos ofrecidos… y luego perdidos cuando termina la fase principal de construcción.

Las estadísticas hablan de capacidad de almacenamiento y potencia punta. Las historias hablan de familias obligadas a dejar su aldea sabiendo que pronto quedará bajo un lago artificial.

Detrás de las hojas de cálculo, hay una lógica fría. El apetito energético de China se ha disparado, y el país quiere liderar no solo en carbón o solar, sino en el control de la propia red. Grandes presas y centrales de bombeo le dan a un gobierno algo extremadamente valioso: la capacidad de moldear el tiempo. De desplazar electricidad de una hora a otra, de una provincia a otra, de días tranquilos a días de crisis.

Geopolíticamente, se convierte en una señal. Mientras Europa sigue discutiendo sobre interconexiones y Estados Unidos tropieza con la oposición local, Pekín demuestra que puede movilizar suelo, personas y dinero en un solo empuje coordinado. El mensaje es claro: podemos remodelar ríos y montañas más rápido de lo que tú apruebas una votación en un comité.

Seamos honestos: nadie hace de verdad esto todos los días. Ese ritmo -planificar a escala continental, construir a velocidad casi militar- es parte de lo que fascina y asusta al resto del mundo.

Cómo leer estos megaproyectos sin perderse en el bombo

Hay un método personal sencillo para no quedarse deslumbrado por la palabra «mega» cada vez que un nuevo proyecto chino llega a los titulares. Empieza por hacerte tres preguntas básicas: qué masa se mueve, a qué distancia y durante cuánto tiempo. Sirve para embalses, para centrales de bombeo e incluso para desarrollos urbanos gigantescos.

Para el nuevo complejo, eso significa visualizar no solo gigavatios-hora, sino literalmente miles de millones de toneladas de agua subiendo y bajando cada semana. Imagínalo como un pulso, un latido regular en las montañas.

Cuando ves el pulso, puedes hacer la pregunta más difícil: ¿quién siente cada latido como un beneficio y quién lo siente como un golpe?

Otro reflejo útil: separar el relato climático del relato del poder. Sí, la hidráulica y el bombeo pueden ayudar a reducir emisiones de carbón. Sí, sostienen la solar y la eólica. Pero también centralizan el control sobre ríos, valles y comunidades.

Muchos lectores saltan directamente de «renovable» a «inofensivo». La realidad es más enrevesada. Los embalses inundan ecosistemas, cambian patrones meteorológicos locales y concentran el riesgo si algo falla. Los pueblos aguas abajo viven con una preocupación de fondo: ¿y si una compuerta se atasca durante una tormenta?, ¿y si un terremoto golpea el segmento equivocado de hormigón?

Una forma empática de mirarlo es esta: cada kilovatio-hora tiene un rostro humano en algún punto del recorrido, aunque nunca lo veas desde la ventana de tu piso o la pantalla de tu móvil.

Los expertos suelen recurrir a un lenguaje comedido, pero por debajo algunos hablan con bastante claridad:

«Hemos entrado en una era en la que los proyectos nacionales son lo bastante grandes como para registrarse a escala planetaria, pero nuestras herramientas políticas siguen atascadas en el nivel del Estado-nación», me dijo un geofísico europeo. «La física es global; las decisiones son locales».

Esa tensión crea una mezcla extraña de asombro e inquietud.

  • Lo que sabemos: el efecto combinado de estas presas sobre la rotación de la Tierra sigue siendo diminuto e inocuo a la escala actual.
  • Lo que no sabemos: cómo interactuarán, durante décadas, innumerables proyectos masivos en todo el mundo con los cambios climáticos y las tensiones tectónicas.
  • Lo que sentimos: una intuición silenciosa de que estamos probando los límites del mapa, megaproyecto a megaproyecto.

Un planeta empujado suavemente y un futuro que nadie gobierna del todo

De pie en la plataforma mirador sobre la presa de las Tres Gargantas, con puestos de souvenirs vendiendo llaveros de plástico con turbinas y torres de hormigón, es fácil olvidar que estás mirando una estructura que cambió ligeramente la forma en que gira tu planeta. El futuro gigante de bombeo probablemente se verá igual de corriente de cerca: una carretera, una valla, una masa de agua, una línea de torres eléctricas.

Sin embargo, juntas, estas obras dibujan un cambio difícil de dejar de ver. Nuestra especie ha aprendido no solo a quemar la luz antigua almacenada como carbón y petróleo, sino a reorganizar ríos vivos y valles a escalas que hacen eco en los instrumentos de satélites en órbita.

Para China, este nuevo proyecto es una declaración de intenciones: no volver a quedar impotente, no volver a depender demasiado de otros para la savia del mundo moderno. Para los países vecinos que comparten ríos, plantea preguntas más silenciosas sobre cuánto control debería tener un Estado sobre un agua compartida y unos riesgos compartidos. Para los ciudadanos de a pie en todo el mundo, al leer sobre «la rotación de la Tierra» y «desplazamientos del eje», toca un nervio sensible sobre los límites del crecimiento.

La ironía es que el planeta no reaccionará con dramatismo. Los días no se alargarán de repente en minutos, las estaciones no se invertirán de la noche a la mañana. Los cambios probablemente seguirán siendo microscópicos, casi académicos. El impacto más fuerte resonará en la política, la confianza y la manera en que definimos qué es aceptable construir en nombre del progreso.

Algunos compartirán la historia con admiración. Otros, con temor. Probablemente, ambos impulsos tengan razón.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Escala de influencia Las presas chinas son lo bastante grandes como para afectar ligeramente la rotación y el eje de la Tierra Da una idea tangible de lo enormes que son realmente estas estructuras
Nuevo megaproyecto Complejo de bombeo en montaña que actúa como una batería energética colosal Ayuda a entender por qué no es «una presa más», sino una herramienta estratégica
Costes humanos Comunidades desplazadas, paisajes remodelados, riesgo concentrado Invita a mirar más allá de la hazaña técnica y pensar en vidas reales

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿El nuevo proyecto chino realmente ralentiza la rotación de la Tierra? Se espera que el efecto sobre la rotación sea extremadamente pequeño, similar en escala al de las Tres Gargantas: medible con instrumentos sensibles, pero totalmente imperceptible en la vida diaria.
  • ¿Este nuevo complejo es más grande que la presa de las Tres Gargantas? No en términos de altura de presa o volumen de embalse, pero en almacenamiento de energía e impacto en la red podría ser igual de significativo, o incluso más estratégico.
  • ¿Este proyecto es bueno o malo para el clima? Puede ayudar a reducir el uso de carbón al almacenar energía renovable, pero también inunda terrenos, altera ecosistemas y concentra riesgos ambientales en un solo lugar.
  • ¿Podrían estos megaproyectos provocar terremotos o desastres? Los grandes embalses pueden influir en la sismicidad local en algunas regiones; por eso los geólogos estudian fallas y efectos de presión del agua con mucha atención antes y después del llenado.
  • ¿Por qué China sigue construyendo proyectos de esta escala? Porque combinan seguridad energética, prestigio político e inercia económica; y porque el país aún puede movilizar suelo y mano de obra a una escala que la mayoría no puede igualar.

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