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Cada vez más mayores, llamados “cumulants”, eligen trabajar tras jubilarse para llegar a fin de mes.

Persona mayor revisando documentos financieros con calculadora y portátil en la mesa de su cocina luminosa.

Monday por la mañana, 8:10, tren de cercanías rumbo al centro. Los asientos están llenos de mochilas, vasos de café… y canas. Junto a un grupo de universitarios, un hombre de 68 años con americana azul marino desliza el dedo por su smartphone con la concentración cansada de quien lleva cuatro décadas haciendo este trayecto. Se ríe cuando le pregunto si todavía trabaja. «No», dice, «me jubilé el año pasado. Ahora estoy trabajando… para poder permitirme estar jubilado».
El tren da un bandazo. Aprieta con más fuerza la barra metálica.

A su alrededor se repite la misma historia discreta: acreditaciones colgadas al cuello, fiambreras, zapatos ortopédicos bajo pantalones de oficina. La generación que se suponía que estaría jugando al golf hace cola en la fotocopiadora.
Y no lo hacen por diversión.

Un nuevo tipo de jubilado: el «jubilado que compatibiliza» que no puede permitirse parar

Un cambio silencioso está ocurriendo en supermercados, centros de llamadas, bibliotecas e incluso servicios de reparto. Cada vez más personas mayores compatibilizan: cobran una pensión y un salario a la vez. No para “mantenerse ocupadas”. Para pagar el alquiler. Para comer decentemente. Para ayudar a hijos adultos que van justos.
Los detectas en cuanto empiezas a fijarte. El reponedor de 72 años que se mueve un poco más despacio pero nunca se queja. La profesora jubilada que ahora atiende a clientes en una ferretería de bricolaje. El antiguo directivo que responde llamadas de atención al cliente desde el salón de su casa.
Son la prueba viviente de que la palabra «jubilación» ha cambiado de significado.

Pensemos en Marie, 67 años, ex auxiliar administrativa. Se jubiló con una pensión que, sobre el papel, parecía decente. Luego subió el alquiler. Subió la compra. Subió la luz, el gas, el dentista… todo. «Empecé a tirar de ahorros solo para cubrir lo básico», cuenta. «A los seis meses, me entró el pánico».
Hoy trabaja 20 horas a la semana en una farmacia. El trabajo cansa, el sueldo es modesto. Aun así, esa nómina es lo que le permite conservar su pequeño estudio y comprar fruta fresca sin contar cada uva.
Su historia no es rara. Se está convirtiendo en el guion.

Detrás de estos “compatibilizadores” hay una aritmética simple que ningún discurso político puede ocultar. La gente vive más, pero las pensiones no han seguido el ritmo del coste real de la vida. Muchos llegan a los 60 o 65 con hipotecas en marcha, hijos no del todo independientes o deudas por periodos de desempleo.
La fantasía de paseos interminables junto al mar se estrella contra el precio de la calefacción. Los tipos de interés y la inflación van mordiendo, silenciosamente, lo que antes era una pensión confortable. Y el trabajo vuelve a colarse, no como opción, sino como salvavidas.
Todos hemos estado ahí: ese momento en que abres la app del banco y sientes que se te encoge el estómago.

Cómo las personas mayores están reinventando el trabajo tras la jubilación

Quienes eligen -o se ven obligados- a trabajar después de jubilarse rara vez regresan exactamente al mismo empleo. Recortan por los bordes. Menos horas. Menos presión. Tareas que aprovechen su experiencia sin consumirles toda la energía.
Muchos optan por contratos a tiempo parcial, trabajos de temporada o pequeños encargos como autónomos. Otros ofrecen servicios locales: cuidar niños, ayuda con los deberes, pasear perros, pequeñas reparaciones, transporte privado.
Los más estratégicos empiezan por poner en papel sus habilidades reales, no su antiguo cargo. «Organizar horarios». «Ayudar a gente ansiosa». «Arreglar cosas». Esa lista se convierte en su nueva brújula en la jungla laboral.

La principal trampa es lanzarse al primer trabajo que aparece, por miedo. Una ex enfermera puede aceptar turnos de noche como cuidadora y acabar agotada, cuando podría impartir cursos de primeros auxilios a empresas como autónoma. Un contable jubilado puede ponerse de cajero, cuando emprendedores locales necesitan desesperadamente a alguien que les eche una mano con las facturas unas horas a la semana.
También está la culpa. «Ya estoy jubilado, no debería quejarme», dicen muchos. O la vergüenza de volver a trabajar cuando sus amigos lo dejaron del todo.
Seamos sinceros: nadie se lee cada día toda la letra pequeña sobre derechos de pensión o normas para compatibilizar trabajo y jubilación. Y así es como se toman malas decisiones.

En algún momento, muchos encuentran un equilibrio frágil pero real. Aceptan que sí, sobre el papel están jubilados, y sí, han vuelto a trabajar. Las dos cosas pueden ser ciertas.

«Trabajar después de jubilarme salvó mis finanzas», explica Alain, 70 años, que reparte paquetes tres mañanas por semana. «Pero más que eso, salvó mi vida social. Veo gente, me muevo, no me siento arrinconado. Solo desearía no haber tenido que hacerlo para pagar las facturas».

Para proteger ese equilibrio, ayudan unos cuantos anclajes sencillos:

  • Limitar el número de días de trabajo para mantener al menos dos días reales de descanso seguidos.
  • Negociar tareas que respeten los límites físicos, aunque eso implique una nómina algo menor.
  • Llevar un cuaderno pequeño (o una nota en el móvil) con ingresos y gastos para no volver a caer en el estrés financiero silencioso.
  • Decírselo claro a la familia: «He vuelto a trabajar, pero no soy vuestro banco de emergencia».
  • Reservar al menos un momento fijo a la semana para algo alegre que no tenga nada que ver con el trabajo.

Lo que esto dice de nosotros… y lo que podría venir después

El auge de estos jubilados que trabajan obliga a una pregunta incómoda: ¿qué les debemos a quienes ya han entregado 40 años de su vida a la economía? Para algunos, la respuesta es clara: una pensión que les permita dejar de trabajar sin miedo. Para otros, la idea de una jubilación flexible y fragmentada suena casi natural, como un aterrizaje largo en lugar de un salto único.
Algunos que compatibilizan confiesan, medio sonriendo, que se sentirían inútiles sin su pequeño empleo. Otros dicen lo contrario: se sienten atrapados, demasiado cansados para seguir trabajando y, sin embargo, demasiado ansiosos para parar.
En algún punto entre esos dos extremos, un nuevo contrato social intenta escribirse en tiempo real.

Lo llamativo es cuántas de estas personas mayores están inventando, en silencio, un ritmo de vida distinto. Tres mañanas en el supermercado, dos tardes con los nietos. Un día de clases particulares, un día en el huerto comunitario. Un mosaico en lugar de una línea recta.
Este estilo de vida a retales trae fragilidades, claro. Una salud que puede cambiar en una semana. Empleadores que aún infravaloran a los trabajadores mayores. Herramientas digitales que suenan a lengua extranjera.
Y, aun así, también trae algo que no aparece en las estadísticas: una dignidad obstinada. La negativa a desaparecer, incluso cuando los números del extracto de la pensión dicen que deberían.

Si te fijas, esta tendencia dice tanto de las generaciones jóvenes como de las mayores. Los padres que trabajan más años suelen ser quienes ayudan a hijos adultos que no pueden permitirse una vivienda, o quienes cuidan a los nietos para que sus hijos puedan hacer turnos. La línea entre edades está menos clara que antes.
Puede que la verdadera pregunta no sea «¿Por qué siguen trabajando?», sino «¿Por qué no podemos dejarles parar?».
La próxima vez que veas a una persona mayor con uniforme, detrás de un mostrador o subiendo paquetes por tus escaleras, hay toda una historia en silencio detrás de esa acreditación con un nombre. Y parte de esa historia, nos guste o no, nos pertenece a todos.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Mapear habilidades antes de volver a trabajar Enumerar capacidades concretas en lugar de antiguos cargos Ayuda a encontrar trabajos más ligeros e inteligentes tras la jubilación
Poner límites claros Elegir por adelantado horarios, tareas y días de descanso Protege la salud y evita el desgaste silencioso a partir de los 65
Hablar abiertamente del dinero Registrar ingresos/gastos y acordar límites de apoyo con la familia Reduce la culpa, previene deudas y la sobrecarga emocional

FAQ:

  • ¿Puedo trabajar y cobrar mi pensión al mismo tiempo? En muchos países, sí, pero con condiciones sobre topes de ingresos, tipos de contrato y desde cuándo empezaste a cobrar la pensión. Consulta siempre la normativa oficial, porque puede cambiar rápido.
  • ¿Qué tipos de trabajos son más comunes para quienes compatibilizan? Comercio a tiempo parcial, apoyo administrativo, clases particulares, cuidados, reparto, turismo estacional y pequeños servicios como autónomo (por ejemplo, contabilidad o clases de idiomas) son opciones frecuentes.
  • ¿Trabajar tras la jubilación es malo para mi salud? Depende del trabajo. Los empleos físicamente duros y estresantes pueden ser arriesgados, mientras que un trabajo ligero, social y flexible puede apoyar la salud mental y física al mantenerte activo y conectado.
  • ¿Cómo puedo evitar que me exploten como trabajador mayor? Conoce tus derechos, rechaza “extras” no pagados, pide contratos por escrito y habla con sindicatos o asociaciones de mayores si algo no te cuadra. Tu edad no anula tus derechos laborales.
  • ¿Y si no quiero trabajar tras jubilarme pero el dinero no llega? Antes de aceptar un empleo, puede ayudar revisar todas las ayudas posibles: apoyo a la vivienda, ajustes fiscales, reestructuración de deudas, vivienda compartida o alquilar una habitación a tiempo parcial. Un trabajador social o un asesor financiero puede abrirte opciones que quizá no veas por tu cuenta.

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