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Científicos descubren un visitante interestelar que viaja por el espacio y el mundo no se pone de acuerdo sobre qué es realmente.

Persona observando datos astronómicos en un portátil frente a un observatorio al anochecer.

Ces derniers días, ese «algo» es una misteriosa visitante interestelar que atraviesa el espacio a una velocidad alucinante. Los astrónomos la rastrean, los escépticos fruncen el ceño, los teóricos se encienden. Algunos ven una simple roca cósmica; otros hablan de una nave extraterrestre con una seriedad desconcertante. Entre imágenes granuladas de telescopios, gráficos incomprensibles y hilos furiosos en X, una pregunta flota por encima de todo lo demás: ¿qué es lo que de verdad está cruzando nuestro sistema solar? ¿Y por qué, esta vez, nadie parece ponerse de acuerdo sobre lo que estamos mirando?

Es tarde, de ese tarde en el que el café ya se ha enfriado y el resto de la oficina se ha rendido a la noche. En la sala de control, solo las pantallas están completamente despiertas. Se deslizan líneas de código, un telescopio barre el cielo y, en medio de todo ese silencio, aparece un punto donde ningún punto debería existir. Una joven astrónoma amplía la imagen, frunce el ceño, vuelve a ampliar. El objeto es tenue, rápido y sigue una trayectoria que no tiene absolutamente ningún sentido.

Los teléfonos empiezan a vibrar sobre mesas metálicas. Un canal de Slack se enciende en tres husos horarios a la vez. Alguien apaga las luces del techo para reducir los reflejos; el aire pasa de la rutina a lo eléctrico en un solo suspiro. Vuelven los cálculos de trayectoria y la gráfica parece errónea, como un dibujo hecho con prisas a modo de broma. La visitante no orbita el Sol como todo lo demás. Está atravesando el vecindario. Una línea recta por nuestro sistema solar y, después, desaparece.

¿Qué es exactamente lo que está corriendo por nuestro patio trasero cósmico?

El objeto tiene un nombre, por supuesto -al final siempre acaban poniéndoles uno-, pero lo que engancha a la gente no es la etiqueta, sino la historia que arrastra. Los astrónomos describen un cuerpo de varios cientos de metros de longitud, quizá más, oscuro como el carbón y moviéndose tan rápido que apenas tuvo tiempo de saludar al Sol. Su órbita es hiperbólica, que en jerga significa: esto no está ligado a nuestra estrella. Vino de algún lugar de más allá y no va a volver.

En los gráficos, la trayectoria de la visitante parece un tajo sobre un vinilo giratorio. Mientras los planetas dibujan elipses cuidadosas, casi educadas, esto se limita a cortar en ángulo, como si la Vía Láctea fuera decorado de fondo. Observatorios desde Hawái hasta Chile se apresuraron para captar un vistazo antes de que se atenuara. Cada nueva medición afinaba la misma idea inquietante: estábamos presenciando una invitada rara de otro sistema estelar, de paso por nuestro jardín delantero a decenas de kilómetros por segundo.

En octubre de 2017, una versión real de esta historia se desplegó con el descubrimiento de ‘Oumuamua, el primer objeto interestelar confirmado detectado al atravesar nuestro sistema solar. La nueva visitante que los científicos diseccionan hoy se comporta de forma muy parecida a aquel enigma anterior. El mismo tipo de trayectoria extraña. La misma ventana desesperadamente pequeña para observarlo. El mismo comportamiento raro, ligeramente fuera de tono, que se niega a encajar limpiamente en las categorías habituales. Los telescopios detectaron cambios sutiles en su velocidad y brillo, como si el objeto estuviera rotando de forma errática o desprendiendo algo invisible. No lo suficiente como para hacer una película, pero sí lo bastante como para dudar.

Estadísticamente, los astrónomos siempre habían supuesto que debían existir mensajeros interestelares. Las estrellas se forman en guarderías caóticas, los planetas colisionan, los escombros salen despedidos al vacío. La lógica dice que parte de esos restos acabará derivando a través de nuestro sistema. Sin embargo, hasta hace poco eso seguía siendo teoría, escondida en libros de texto que casi nadie lee. Ahora, de repente, estamos en una realidad en la que no una, sino varias visitantes interestelares han aparecido, poniendo a prueba tanto nuestros instrumentos como nuestros nervios. Cada nueva detección cambia las probabilidades: quizá nuestro rincón del espacio sea menos silencioso de lo que nos contábamos.

Las discusiones empiezan donde se acaban los datos. Un bando dice: es un objeto natural, fin de la historia. Tal vez una roca alargada, quizá un fragmento de un planeta, quizá un trozo de hielo exótico expulsando gas de formas que aún no entendemos del todo. Otro bando señala la aceleración peculiar, la forma extraña inferida a partir de su curva de luz, la ausencia de una cola de polvo visible, y dice: así no se supone que se comporte un cometa normalito. Y luego llega la teoría que enciende titulares: ¿y si es una sonda? No un platillo brillante, sino algún tipo de artefacto extremadamente viejo, extremadamente muerto, quizá roto, flotando entre estrellas.

En ese punto, la discusión sale del terreno cómodo. ¿Estamos proyectando nuestras fantasías sobre un punto borroso? ¿O tenemos tanto miedo de parecer ridículos que descartamos demasiado rápido las hipótesis audaces? La verdad, como a menudo en la ciencia, es desordenada. La visitante no envía señales, no frena para echar un vistazo, no hace nada obviamente artificial. Y, aun así, se niega obstinadamente a ser aburrida. Es lo bastante extraña como para mantener la puerta entornada, y por esa rendija se cuelan de golpe la imaginación, el miedo y la curiosidad.

Cómo intentan los científicos acotar el misterio

El método, sobre el papel, es brutalmente simple: medir todo lo que se pueda, tan rápido como se pueda, antes de que el objeto se esfume en la oscuridad. Los astrónomos empiezan por seguir su posición noche tras noche, introduciendo coordenadas en modelos orbitales que escupen su trayectoria pasada y futura. Después diseccionan la luz. Cada píxel capturado por un telescopio contiene un susurro de información sobre color, brillo, rotación, quizá incluso composición superficial. Con eso intentan reconstruir la forma, el giro, la textura: como adivinar la cara de una persona por su sombra en la pared.

A medida que el objeto se aleja, los telescopios gigantes pasan al modo «coge lo que puedas». Buscan cualquier señal de coma, ese halo difuso de gas y polvo típico de los cometas. ¿Se iluminó un poco tras pasar cerca del Sol, como si algo se hubiera calentado y escapado? ¿Cambió su velocidad de una manera que la gravedad por sí sola no explica? Equipos de distintos países comparten datos en bruto casi en tiempo real, comparan notas, discuten sobre la calibración, vuelven a ejecutar código pasada la medianoche. Seamos sinceros: nadie hace esto a diario por una piedra sin historia. La intensidad en sí misma es una pista: la comunidad huele algo inusual.

Aquí también es donde los errores adoran colarse. Un grupo puede sobrecorregir una imagen y ver patrones que no existen. Otro puede aferrarse un poco demasiado a su hipótesis favorita, retorciendo los números hasta que encajen. Está la tentación de subir una prepublicación deprisa para ser «el primero» con una afirmación contundente. Mientras tanto, el público observa el ping-pong en redes sociales: «Es un cometa». «No, es hielo de hidrógeno». «No, es una vela luminosa alienígena». Es fácil poner los ojos en blanco, pero detrás de cada titular hay un ser humano real, sentado ante un escritorio, mirando ruido e intentando no engañarse. El margen entre descubrimiento e ilusión es finísimo.

«El universo no tiene ninguna obligación de resultarnos comprensible», suele decir el astrofísico Neil deGrasse Tyson. La visitante interestelar se siente como una demostración en directo de esa frase.

El debate se ha asentado, por ahora, en un puñado de posibilidades principales, cada una con sus pros y sus contras:

  • Asteroide natural alargado
    Formación en una colisión violenta, explica la forma extraña; más difícil justificar el empuje no gravitatorio.
  • Cometa exótico o fragmento helado
    Una desgasificación invisible podría ajustar su velocidad, pero ¿dónde están el polvo y la cola esperables?
  • «Bola de pelusa» de polvo u objeto fractal débilmente ligado
    Explica su extraña respuesta a la radiación solar, pero estira la física conocida sobre cómo sobreviven estas cosas.
  • Vela luminosa artificial o fragmento de sonda
    Encaja con algunos aspectos de su aceleración, plantea preguntas enormes y, por ahora, cero pruebas sólidas.
  • Algo que aún no hemos modelizado
    La categoría más frustrante… y a menudo la más honesta.

Cada opción obliga a los científicos a dejar al descubierto sus supuestos. ¿Qué llamamos «plausible» cuando solo hemos visto uno o dos ejemplos en toda la historia? ¿Con qué rapidez actualizamos nuestra imaginación cuando los datos no colaboran?

Por qué esta visitante cósmica importa mucho más allá de la ciencia

En cierto modo, el objeto es un gigantesco test de Rorschach colgado en el cielo nocturno. Cuando la gente lo mira, no ve solo una roca o una sonda. Ve su propio umbral para el asombro. Algunos se aferran a la comodidad de «solo un cometa raro» porque un universo silencioso e indiferente, como una máquina, es más fácil de soportar. Otros casi esperan que sea un mensaje en una botella, la prueba de que no somos las únicas mentes enviando restos entre las estrellas. A la visitante le da igual. Simplemente sigue su camino. Pero las conversaciones que provoca dicen mucho sobre nosotros.

También hay un efecto colateral que humilla: la escala. El objeto probablemente no sea más grande que una manzana de edificios, quizá menos, y sin embargo su viaje abarca años luz. Imagina una astilla de algo, expulsada de un sistema lejano mucho antes de que existieran los humanos, derivando durante millones de años por la oscuridad interestelar… y, en el brevísimo instante en que resulta que existimos, resulta que construimos telescopios, resulta que miramos hacia arriba, atraviesa nuestro pequeño sistema y vuelve a escaparse. Las probabilidades parecen absurdas. Y, aun así, ahí está: un recordatorio de que nuestro sistema solar es más un cruce de caminos que una isla.

Para los científicos, un encuentro así es una prueba de esfuerzo de cómo gestionamos lo desconocido. ¿Nos escondemos detrás de la jerga o nos atrevemos a decir «no lo sabemos» en directo? ¿Dejamos que las ideas de los márgenes formen parte de la conversación sin convertirlo todo en un circo? Los investigadores más sensatos lo dicen sin rodeos: la hipótesis alienígena no es la más probable, pero descartarla por orgullo sería tan irracional como abrazarla a ciegas. Entre la credulidad y el cinismo existe un camino estrecho e incómodo llamado curiosidad honesta. Ahí es donde vive realmente esta historia.

Así que el objeto sigue corriendo, ya demasiado tenue para la mayoría de los telescopios, desvaneciéndose en el mismo océano oscuro del que vino. Nos quedamos con datos dispersos, artículos acalorados y la sensación persistente de que acabamos de perder una oportunidad única en una civilización de mirar más de cerca. Ya se dibujan futuras misiones en pizarras: naves ágiles en guardia permanente, listas para despegar e interceptar a la próxima visitante interestelar en cuanto aparezca. Quizá la siguiente sea más brillante. Más cercana. Más extraña. Quizá seamos más valientes.

Lo que permanece, mucho después de que se enfríen los titulares, es un cambio en cómo imaginamos nuestro lugar. Nuestro sistema solar no es una bola de nieve sellada. Es una parada en una vasta y lenta autopista de objetos errantes, naturales o no. Algunos solo pasarán. Algún día, quizá, algo se detenga, o gire, o emita una señal. Hasta entonces, esta visitante es un ensayo silencioso. Un ensayo general para el día en que los datos sean más nítidos, las preguntas más ruidosas y las respuestas más difíciles de esquivar.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Una visitante interestelar real Objeto en trayectoria hiperbólica, procedente de otro sistema estelar Cambiar la forma en que imaginamos nuestro «vecindario» cósmico
Un misterio científico aún abierto Comportamiento atípico, aceleración inexplicada, ninguna teoría totalmente satisfactoria Mostrar que incluso los expertos no tienen todas las respuestas
Un espejo de nuestros miedos y esperanzas Los debates van desde la piedra banal hasta la nave extraterrestre Invitar a reflexionar sobre lo que proyectamos en lo desconocido

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Esta visitante interestelar es definitivamente artificial?
    No. La mayoría de los científicos cree que un origen natural sigue siendo más probable, aunque el objeto se comporte de formas inusuales que alimentan ideas más especulativas.
  • ¿Podría ser realmente una sonda alienígena?
    No es imposible en sentido estricto, pero no hay pruebas directas. Los datos que tenemos pueden explicarse, de manera imperfecta, mediante escenarios naturales exóticos sin invocar civilizaciones avanzadas.
  • ¿Por qué los telescopios no pueden obtener una imagen más nítida?
    El objeto es pequeño, está increíblemente lejos y se mueve rápido. Incluso nuestros mejores telescopios lo ven como un punto de luz tenue, no como una forma detallada, así que los científicos deben inferir la mayoría de sus propiedades de forma indirecta.
  • ¿Llegaremos a saber con seguridad qué era?
    Probablemente no. Como la visitante ya está lejos del Sol y perdiendo brillo, hemos perdido la oportunidad de enviar una nave espacial o reunir observaciones mejores. El misterio puede quedar parcialmente sin resolver.
  • ¿Podrían venir más objetos interestelares hacia nosotros?
    Sí. Ahora que sabemos qué buscar, se espera que nuevos sondeos del cielo detecten muchos más en los próximos años y, algún día, podríamos estar listos para interceptar uno.

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