La vigilante de seguridad miró fijamente la vitrina de cristal como si hubiera empezado a hacer tic-tac. Dentro, bajo un cono de luz blanca de museo, descansaba en silencio una caja de latón del tamaño de la palma de la mano, con sus diales detenidos a mitad de cifra. Los visitantes del Musée des Arts et Métiers de París se acercaban, hacían una foto y seguían su camino. Una máquina antigua más en una ciudad atiborrada de historias antiguas.
Pero en las últimas semanas, esa pequeña caja -la Pascalina de Pascal, la primera calculadora mecánica diseñada en Normandía- ha desatado una tormenta muy lejos de las paredes del museo.
Las casas de subastas rondan. Los coleccionistas adinerados llaman. Científicos franceses e internacionales envían furiosas cartas abiertas.
Algo que en su día ayudó a un recaudador a sumar columnas de números se ha convertido, de pronto, en el centro de una pelea muy propia del siglo XXI.
Por qué una calculadora del siglo XVII se ha convertido de repente en un foco de tensión global
A simple vista, la Pascalina no parece gran cosa. Es una caja rectangular de latón, más o menos del tamaño de un libro de tapa dura, con una hilera de ruedas numeradas que se giran con un punzón. Nada de pantalla luminosa. Nada de cable de alimentación. Solo engranajes, metal y el genio obstinado de un joven normando de 19 años llamado Blaise Pascal.
Creada en la década de 1640 para ayudar a su padre, funcionario local de impuestos en Ruan, la Pascalina fue la primera máquina capaz de realizar cálculos automáticos fiables. Hoy, los modelos que han sobrevivido son tan raros que cada uno se trata casi como una reliquia.
Ahora, una de estas máquinas extraordinariamente escasas está a punto de salir a subasta. Y la comunidad científica está indignada.
La venta prevista tendrá lugar en una importante casa de subastas de París, con estimaciones que se susurran en el rango de 1,5 a 2 millones de euros. La Pascalina que sale a puja procede de una colección privada reunida a lo largo de generaciones, guardada discretamente en una casa familiar de Normandía, lejos de alarmas y vitrinas con climatización controlada.
Cuando se filtró la noticia de la venta, un grupo de matemáticos e historiadores de la ciencia franceses envió una carta abierta al Ministerio de Cultura. En cuestión de días, llegaron firmas de investigadores de Estados Unidos, Alemania y Japón. En X apareció una etiqueta: #PascalinePasPassable -aproximadamente, «manos fuera de la Pascalina».
Las capturas del catálogo de subasta se difundieron a toda velocidad. En una foto se veía la máquina sobre una mesa de madera pulida, entre una lámpara de diseño y una copa de vino. Para muchos científicos, esa imagen tocó una fibra sensible.
Su enfado no es solo por el dinero. Es por lo que sucede cuando una pieza frágil del patrimonio científico compartido desaparece en una caja fuerte privada. La Pascalina es más que un juguete de coleccionista; es un eslabón perdido entre los libros de cuentas polvorientos y el teléfono móvil del bolsillo.
Los investigadores sostienen que cada arañazo en el latón, cada diente ligeramente desgastado de un engranaje, cuenta una historia sobre cómo los primeros ingenieros se enfrentaron a los números. Quieren que siga siendo accesible: que se estudie, que se fotografíe en alta resolución, que se explique a escolares que visitan museos en días de lluvia.
Una venta a un comprador privado podría significar acceso restringido o, peor aún, años de invisibilidad total. Ese es el escenario que mantiene despiertos a muchos conservadores e historiadores por la noche.
Dentro de la lucha por frenar la venta de la Pascalina
Entre bambalinas, la respuesta se ha vuelto sorprendentemente táctica. Directores de museos de París, Ruan e incluso Londres han contactado discretamente con la casa de subastas para pedir un aplazamiento. Las autoridades francesas han iniciado el proceso para clasificar la Pascalina como «tesoro nacional», una etiqueta que bloquearía o ralentizaría cualquier exportación fuera del país.
Vuelan correos entre instituciones: ¿podemos recaudar fondos rápido? ¿podemos lanzar una llamada pública? ¿podría una empresa tecnológica cofinanciar la compra a cambio de visibilidad? La idea de un acuerdo de «mecenazgo para el patrimonio» ya está sobre la mesa, y algunos negociadores esperan convertir la furia de los científicos en una oportunidad de relaciones públicas para una marca de renombre.
Al mismo tiempo, el mundo académico intenta no repetir errores del pasado. Muchos recuerdan aún la polémica venta privada de otra máquina histórica de cálculo en los años noventa, que desapareció en una bóveda suiza durante dos décadas. Los investigadores tuvieron que apoyarse en fotos borrosas de catálogo para sus artículos. Los estudiantes aprendieron sobre ella como si fuera un objeto fantasma: muy citado, nunca visto.
Esta vez, la comunidad se adelanta al relato. Jóvenes doctorandos crean hilos explicando la Pascalina en TikTok e Instagram Reels, con animaciones de engranajes girando sobre ritmos modernos. Historiadores veteranos dan entrevistas en la radio, contando historias de Pascal encorvado sobre su escritorio en Ruan, con la lámpara de aceite parpadeando mientras prueba otro prototipo más.
El choque deja al descubierto una verdad evidente: el mercado de instrumentos científicos se ha disparado. Hace unos años, un ordenador Apple-1 temprano se vendió por más de 400.000 dólares. Astrolabios raros, microscopios del siglo XVIII, chips prototipo: todo es de repente «activo», con gráficas y proyecciones.
Para las casas de subastas, una Pascalina funcional, con procedencia clara y una historia normanda, cumple todos los requisitos. Para los científicos, es como ver cómo se etiqueta con un precio el cimiento de su campo.
Muchos repiten la misma idea: no se venden las raíces de un bosque si esperas que siga creciendo.
Cómo podríamos proteger la Pascalina sin congelarla en una vitrina
Una propuesta que gana fuerza suena casi paradójica: hacer la Pascalina más disponible, no menos. Los conservadores sostienen que la mejor forma de proteger un objeto así es multiplicar su presencia. Escaneos 3D de alta resolución. Modelos CAD de los engranajes en código abierto. Réplicas precisas fabricadas con metalistería moderna, colocadas en escuelas y museos locales de toda Normandía.
Si el Estado o una institución pública consigue adquirir la máquina, el plan no es encerrarla en un sótano. La idea es convertirla en un núcleo: un objeto que ancle exposiciones itinerantes sobre la historia de la computación, de Pascal a los chips de IA. Un testigo silencioso y brillante que aún conmueve a la gente en la era de las pantallas táctiles.
También hay una dimensión más emocional que los científicos empiezan a decir en voz alta. Muchos descubrieron su vocación frente a un único objeto: una cúpula de planetario, un microscopio en un laboratorio de biología, un telescopio en una noche clara de invierno. La Pascalina podría cumplir ese papel para una nueva generación.
El miedo es que, una vez vendida, la máquina se convierta en otro trofeo simbólico dentro de una colección privada, mostrado a unos pocos invitados entre copas de champán. Seamos sinceros: nadie pone en marcha una calculadora del siglo XVII todos los días.
Algunos proponen un compromiso: un modelo de copropiedad en el que un comprador privado adquiere la Pascalina, pero firma un préstamo de larga duración a un museo público, con garantías claras de acceso y estudio. No es perfecto. Pero quizá sea la única manera realista de mantener los engranajes girando a la vista del público.
«Vender la Pascalina no es como vender un cuadro para colgarlo sobre un sofá», dice un historiador de la ciencia afincado en Normandía con el que hablé por teléfono. «Este es el antepasado de todas las calculadoras, todos los ordenadores, todos los teléfonos. Cuando perdemos el acceso abierto a ella, empequeñecemos nuestra memoria compartida de cómo hemos llegado hasta aquí».
Para evitarlo, se debaten varias estrategias de preservación:
- Derecho de tanteo del Estado: Francia puede intervenir y comprar la Pascalina al precio de subasta para mantenerla en manos públicas.
- Micromecenazgo público: una campaña nacional o internacional en la que la ciudadanía contribuya, euro a euro, para «rescatar» la máquina.
- Mecenazgo corporativo: una empresa tecnológica financia la compra a cambio de visibilidad de marca en exposiciones y contenido digital.
- Gemelo digital: un modelo 3D completo compartido libremente en línea para investigadores, creadores y docentes de todo el mundo.
- Exposiciones rotatorias: acuerdos entre museos de Normandía, París y el extranjero para hacer circular el original bajo normas estrictas de conservación.
Detrás de cada opción late la misma esperanza silenciosa: que un dispositivo construido para facilitar los impuestos aún pueda unir a las personas, en lugar de dividirlas.
Lo que esta máquina de 400 años dice sobre nosotros ahora mismo
La Pascalina nació de una escena sencilla, casi doméstica: un hijo viendo a su padre ahogarse en cálculos y decidiendo ayudarlo, no con más horas, sino con una herramienta nueva. Cuatro siglos después, vivimos en un mundo saturado de herramientas, aplicaciones y procesadores miles de veces más potentes que los engranajes de latón de Pascal, y aun así seguimos discutiendo sobre quién los controla, quién se beneficia, quién puede mirar dentro.
La indignación de los científicos por esta venta puede parecer exagerada a primera vista. Es un objeto pequeño. La mayoría nunca lo verá de cerca. Sin embargo, su reacción revela lo frágil que es en realidad nuestra memoria colectiva de la innovación. Cuando piezas cruciales se deslizan hacia sombras privadas, la historia empieza a parecer una línea recta e inevitable -cuando en realidad está llena de desvíos, experimentos y prototipos torpes como la Pascalina.
Todos hemos vivido ese momento en que encuentras un objeto familiar antiguo en un cajón y, de pronto, sientes cómo el tiempo se pliega sobre sí mismo. Ahora imagina esa sensación a escala de toda una civilización. Eso es lo que está en juego aquí: el derecho a plantarse ante una calculadora normanda del siglo XVII y percibir, de manera visceral, que el mundo digital de hoy no apareció de la nada.
Algunos dirán que la venta es simplemente el mercado haciendo su trabajo. Otros lo ven como una prueba de hasta dónde estamos dispuestos a llegar para mantener nuestras raíces tecnológicas a la vista. Y en algún punto entre la sala de subastas, la galería del museo y los laboratorios donde cada día se diseñan nuevos chips, esa pequeña caja de latón nos está obligando silenciosamente a plantearnos una pregunta difícil: ¿qué consideramos realmente innegociable cuando se trata de nuestra historia compartida del conocimiento?
| Punto clave | Detalle | Valor para el lector |
|---|---|---|
| La Pascalina es un artefacto tecnológico fundamental | Primera calculadora mecánica, diseñada por Blaise Pascal en Normandía en la década de 1640 | Ayuda a entender de dónde proceden realmente las herramientas digitales actuales |
| La venta prevista provoca una reacción científica global | Los investigadores temen que la máquina desaparezca en una colección privada, limitando el acceso y el estudio | Pone de relieve la tensión entre los mercados privados y el patrimonio público |
| Están surgiendo nuevos modelos para proteger el patrimonio | Las ideas van desde la compra estatal hasta la copropiedad, los gemelos digitales y el micromecenazgo público | Ofrece vías concretas para que lectores e instituciones apoyen la preservación cultural y científica |
Preguntas frecuentes (FAQ)
- ¿Por qué están tan enfadados los científicos por una sola calculadora antigua? Porque la Pascalina no es un objeto cualquiera: es una de las primeras calculadoras mecánicas operativas y un hito en la historia de la computación. Perder el acceso público a ella supondría menos oportunidades para la investigación, la enseñanza y las exposiciones.
- ¿Es de verdad la primera calculadora jamás fabricada? La Pascalina se reconoce ampliamente como la primera calculadora mecánica fiable producida de forma comercial. Hubo intentos anteriores, pero el diseño de Pascal, probado en Normandía, fue el que abrió la puerta a máquinas de cálculo prácticas y repetibles.
- ¿Puede el Estado francés bloquear la venta? El Estado no puede detener la subasta en sí, pero puede clasificar la Pascalina como tesoro nacional, impidiendo o ralentizando su exportación y dando tiempo a las instituciones públicas para reunir fondos y adquirirla.
- ¿Qué pasa si la compra un coleccionista privado? Depende del comprador. Algunos coleccionistas prestan sus piezas a museos; otros las mantienen estrictamente en privado. El miedo principal es que la Pascalina pase a ser mucho más difícil de consultar para investigadores, estudiantes y el público general.
- ¿Puede hacer algo la gente corriente? Sí: la presión pública puede influir. Compartir información fiable sobre el asunto, apoyar campañas de micromecenazgo si aparecen y visitar exposiciones sobre patrimonio científico envía el mensaje de que estos objetos importan más allá de la sala de subastas.
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