Los entrenamientos cortos y que te dejan sin aliento suelen sonar como lo último que necesitan unos músculos frágiles.
Sin embargo, en las salas de rehabilitación está empezando un cambio silencioso.
Durante años, las personas con enfermedades musculares autoinmunes oían el mismo mensaje: ve despacio, evita el esfuerzo, protege tus músculos a toda costa. Esa estrategia prudente se enfrenta ahora a un serio desafío por nuevas investigaciones que sugieren que sesiones breves y de alta intensidad podrían, en realidad, ayudar a que los músculos funcionen mejor, sin avivar la inflamación.
Cuando moverse a diario se siente como levantar hormigón
Las miopatías inflamatorias, como la polimiositis y la dermatomiositis, convierten acciones simples en una cuesta arriba. Los pacientes describen piernas que fallan al subir escaleras, brazos que se cansan al lavarse el pelo y una falta de aire persistente después de tareas básicas.
Estas enfermedades surgen cuando el sistema inmunitario ataca por error el tejido muscular, causando inflamación crónica. Para cuando los especialistas confirman el diagnóstico, muchos pacientes ya han perdido alrededor del 70% de su resistencia habitual. Incluso tras un año de tratamiento inmunosupresor, muchos no recuperan la capacidad física que necesitan para una vida normal.
La raíz de esa limitación está profundamente dentro de la célula muscular. Las mitocondrias, a menudo descritas como los motores energéticos del músculo, dejan de funcionar de forma eficiente. Producen menos energía utilizable con el mismo esfuerzo. Los tratamientos estándar con corticoides y otros fármacos moduladores del sistema inmunitario pueden reducir la inflamación, pero también tienden a adelgazar el músculo, debilitar los huesos y alterar el metabolismo.
Durante décadas, los médicos temieron que el ejercicio vigoroso añadiera daño sobre daño, como acelerar un motor averiado. A menudo se aconsejaba a los pacientes ser prudentes, evitar el esfuerzo intenso y ceñirse a movimientos suaves y de baja carga. Esa creencia, sostenida durante mucho tiempo, se enfrenta ahora a pruebas directas en contra.
Los nuevos datos sugieren que, cuando se supervisa adecuadamente, el ejercicio intenso no alimenta la inflamación muscular en la enfermedad autoinmune; incluso podría revertir parte del fallo energético celular.
Cómo un ensayo sueco dio la vuelta a la idea de “demasiado intenso”
Un equipo del Instituto Karolinska, en Suecia, probó recientemente un enfoque más atrevido. Reclutaron a 23 adultos con miopatías inflamatorias diagnosticadas recientemente y los dividieron en dos grupos. Un grupo siguió un programa convencional de ejercicio moderado en casa. El otro entrenó con ejercicio interválico de alta intensidad (HIIT) tres veces por semana durante 12 semanas.
El protocolo HIIT parecía agresivo sobre el papel. Cada sesión incluía seis sprints máximos de 30 segundos en bicicleta estática, separados por dos minutos de pedaleo suave. La frecuencia cardiaca se mantenía por encima del 85% del máximo estimado de cada persona durante los tramos intensos. Los investigadores supervisaron de cerca a los participantes y adaptaron las cargas a la capacidad individual.
Qué cambió dentro y fuera del músculo
Tras tres meses, las diferencias entre los grupos se hicieron claras. Quienes siguieron el programa HIIT mostraron un aumento del 16% en la capacidad aeróbica, frente a aproximadamente un 2% en el grupo de ejercicio moderado. Su tiempo hasta el agotamiento en las pruebas de resistencia aumentó un 23%, casi el doble de la mejora observada en quienes mantuvieron un entrenamiento más tradicional.
Las biopsias musculares añadieron otra capa de información. Las muestras del grupo HIIT mostraron una activación marcada de proteínas mitocondriales relacionadas con la producción de energía. Estos cambios sugieren que el esfuerzo de alta intensidad reactivó parte de la maquinaria adormecida dentro de las células musculares.
El punto llamativo para los clínicos: el rendimiento aumentó, las vías de energía celular se activaron y los signos objetivos de inflamación no se dispararon.
Los marcadores sanguíneos de daño muscular se mantuvieron estables. Los pacientes no presentaron signos clínicos de empeoramiento de la enfermedad. Sí informaron de agujetas y fatiga, como cualquiera tras intervalos exigentes, pero estos efectos se atenuaron y no llevaron a abandonar el estudio.
La seguridad no pasó a un segundo plano
El diseño del estudio puso límites claros a la intensidad. Los investigadores:
- realizaron un cribado médico antes de incluir a los participantes en el grupo HIIT
- utilizaron monitorización de la frecuencia cardiaca para mantener el esfuerzo dentro de límites acordados
- ajustaron la resistencia de la bici a medida que mejoraba la forma física o aumentaba la fatiga
- mantuvieron revisiones periódicas para detectar señales de alerta de forma temprana
Al tratar la intensidad como una dosis precisa, en lugar de una vaga instrucción de “darle caña”, el equipo logró ampliar la capacidad de los pacientes sin empujarlos al peligro. Este enfoque matizado puede explicar por qué la adherencia se mantuvo alta durante las 12 semanas del protocolo.
Por qué esto importa para los planes de tratamiento futuros
El ensayo llega en un momento delicado del manejo de las enfermedades musculares autoinmunes. Las terapias farmacológicas han mejorado la supervivencia y reducido complicaciones graves, pero muchas personas siguen limitadas por una fatiga aplastante y debilidad. La rehabilitación suele basarse en sesiones largas y moderadas, que a menudo resultan agotadoras sin aportar una mejora perceptible.
Los entrenamientos cortos y exigentes cambian ese equilibrio. Las sesiones duran minutos en lugar de una hora, lo que encaja con personas a las que la energía se les evapora rápido. Las mejoras en capacidad aeróbica y resistencia pueden hacer menos intimidante caminar hasta la tienda o subir un tramo de escaleras.
Para algunos pacientes, los intervalos de alta intensidad podrían cambiar la narrativa de “proteger y conservar” a “entrenar y reconstruir”, respetando a la vez la enfermedad.
Los investigadores implicados también señalan otra dimensión: el riesgo cardiovascular. Las personas con enfermedades inflamatorias crónicas tienen mayor probabilidad de sufrir cardiopatía y accidente cerebrovascular. El HIIT, cuando se considera seguro para el individuo, a menudo mejora la condición cardiorrespiratoria de forma más eficiente que el ejercicio moderado. Este beneficio añadido podría ser valioso para pacientes que ya compaginan múltiples medicaciones y comorbilidades.
Beneficios potenciales de un vistazo
| Ámbito | Efecto potencial del HIIT |
|---|---|
| Resistencia muscular | Mayor tiempo hasta el agotamiento durante la actividad |
| Energía celular | Aumento de la actividad de proteínas mitocondriales en biopsias |
| Función diaria | Mayor facilidad para caminar, subir escaleras, tareas domésticas |
| Salud cardiovascular | Mejor capacidad aeróbica, factor clave en el riesgo cardiaco |
| Carga del tratamiento | Sesiones más cortas, potencialmente mejor adherencia |
Quién podría beneficiarse realmente - y quién debería ser prudente
Pese a los datos alentadores, este enfoque no es adecuado para todas las personas con inflamación muscular. El ensayo sueco incluyó a adultos cuidadosamente seleccionados en un entorno controlado. Quienes tienen cardiopatía grave, problemas pulmonares avanzados o una actividad autoinmune inestable pueden afrontar riesgos distintos.
Reumatólogos y neurólogos sugieren que cualquier paciente que se plantee este tipo de entrenamiento debería pasar primero por una evaluación exhaustiva: valoración cardiaca, marcadores inflamatorios actuales, pruebas de fuerza muscular y una revisión clara de los efectos secundarios de la medicación. Primero se personaliza; después se introducen los intervalos.
Para algunos, un enfoque escalonado puede funcionar mejor. Una persona puede empezar con ciclismo suave o caminar, y luego añadir algunos intervalos ligeramente más duros, progresando desde ahí hacia algo más parecido al HIIT si su cuerpo lo tolera. Importa el concepto de intensidad “relativa”. Lo que es un esfuerzo duro para un ciclista en forma no tiene nada que ver con lo que supone un reto para un paciente recién diagnosticado.
Cambiar la mentalidad sobre “descanso versus movimiento”
El estudio también plantea una pregunta más amplia para el cuidado de enfermedades crónicas. Muchas afecciones -desde la artritis reumatoide hasta los tratamientos oncológicos prolongados- generan miedos similares en torno al esfuerzo. Los pacientes suelen asociar el aumento de la frecuencia cardiaca o el ardor muscular con peligro, porque en el pasado los brotes han seguido al ejercicio.
Un entrenamiento cuidadosamente supervisado puede ayudar a reconstruir la confianza en el cuerpo. Cuando alguien ve que sus cifras mejoran y que los síntomas no se descontrolan, su relación con el movimiento empieza a cambiar. Ese efecto psicológico importa tanto como cualquier valor de laboratorio.
Al mismo tiempo, los profesionales sanitarios deben resistir la tentación de convertir el HIIT en una recomendación general. El conjunto de datos sigue siendo pequeño, y la mayoría de ensayos proceden de centros especializados. Fuera de esos entornos, las diferencias en supervisión, equipamiento y seguimiento podrían reducir el margen de seguridad.
Qué significa esto para los pacientes ahora mismo
Para una persona con polimiositis o dermatomiositis, el mensaje no es lanzarse directamente a hacer sprints por intervalos en el gimnasio del barrio. La conclusión es más sutil: la vieja regla de que “ejercicio intenso equivale a daño” ya no pesa lo mismo. Con orientación experta, la intensidad puede convertirse en una herramienta y no en una amenaza.
Un camino práctico podría incluir tres pasos: preguntar al especialista si se es candidato a entrenamiento supervisado de mayor intensidad, solicitar derivación a un fisioterapeuta o fisiológo del ejercicio familiarizado con miopatías inflamatorias y empezar con un periodo de prueba en el que se controlen de cerca los síntomas y los análisis de sangre.
Los investigadores ahora miran cuestiones a más largo plazo. ¿Puede el HIIT mantener sus beneficios durante un año o más? ¿Permite dosis más bajas de esteroides? ¿Podría retrasar la discapacidad o reducir la necesidad de ayudas para la movilidad? Esas respuestas determinarán si este método sigue siendo una opción de nicho o pasa a las vías estándar de atención.
Comprender la función mitocondrial en la enfermedad muscular autoinmune también puede abrir nuevas dianas farmacológicas. Las mismas proteínas que se activan en biopsias tras el entrenamiento intenso podrían orientar terapias destinadas a restaurar la producción de energía de forma más directa. En ese sentido, lo que ocurre en una bicicleta en un laboratorio podría influir en el diseño de futuros medicamentos para personas cuyos músculos hoy les fallan demasiado pronto.
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