Cuando los arqueólogos retiraron la tierra de una tumba de piedra en 2017, creyeron entender la historia: un asceta varón extremo, enterrado con cadenas para honrar su piedad. Ocho años después, nuevos trabajos científicos han desmontado esa suposición y han señalado a una mujer cuya vida parece difuminar la frontera entre devoción, sufrimiento y castigo.
Una tumba encadenada que desafió las expectativas
El enterramiento apareció durante las excavaciones en Khirbat el-Masani, un complejo monástico bizantino al noroeste de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Oculto en una de varias criptas, los investigadores hallaron un esqueleto cubierto por pesadas cadenas de hierro, aún enroscadas alrededor de los huesos cuando se abrió la tumba.
Un hallazgo así llamó la atención de inmediato. Los arqueólogos rara vez encuentran cuerpos encadenados de la Antigüedad tardía y, cuando lo hacen, las cadenas suelen implicar condición criminal, cautiverio o exclusión social. Aquí, la Autoridad de Antigüedades de Israel -que supervisaba el trabajo- propuso otra explicación: la persona fallecida había elegido las cadenas como parte de una vida religiosa extrema y de renuncia.
Esto no era un prisionero en una celda estatal, sino alguien aparentemente atado a Dios -en vida y, aún más visiblemente, en la muerte.
Las fuentes cristianas primitivas describen a ciertos monjes que se sujetaban cadenas a las extremidades como recordatorio permanente de la contención. El metal simbolizaba el rechazo del confort y la sumisión voluntaria al sufrimiento. Sobre esa base, el equipo clasificó inicialmente al individuo como un asceta varón, una suposición lógica dadas las fuentes y el contexto monástico.
El cuerpo yacía solo en la sepultura, sin joyas ni objetos suntuarios. Los eslabones de hierro, pesados e incómodos, constituían el principal “ajuar” funerario. Ese detalle sugería con fuerza que las cadenas tenían un significado espiritual profundo, y no solo un estigma social.
Un esqueleto femenino oculto tras el óxido y las suposiciones
La historia cambió cuando, años después, otro grupo de especialistas revisó los restos. Su análisis, publicado en una revista científica, aplicó a los dientes una técnica relativamente nueva: la determinación del sexo mediante proteómica, que analiza péptidos en el esmalte dental.
Como los huesos estaban mal conservados, los métodos tradicionales basados en la pelvis o la forma del cráneo solo ofrecían indicios vagos. Las condiciones ambientales en la cripta habían dañado marcadores anatómicos clave. El equipo recurrió en su lugar a fragmentos microscópicos de proteínas atrapados en el esmalte, que suelen sobrevivir mucho más tiempo que el tejido óseo.
Donde el esqueleto no lograba hablar con claridad, los dientes sí. El patrón de péptidos del esmalte apuntaba no a un hombre, sino a una mujer.
El resultado anuló la lectura original. El asceta encadenado enterrado en el monasterio bizantino era biológicamente femenino, con una edad estimada entre 30 y 60 años al morir. Ese amplio rango refleja el estado fragmentario del esqueleto, pero la identificación del sexo parece sólida.
Las fuentes escritas describen en su mayoría a los ascetas encadenados como hombres. Crónicas, hagiografías y reglas monásticas se inclinan con fuerza hacia ejemplos masculinos, presentándolos como ermitaños radicales u hombres santos que atraían peregrinos. Existen menciones de mujeres que emplearon cadenas de forma similar, pero son dispersas y raras.
Mujeres ascetas y el límite de la disciplina religiosa
La nueva interpretación obliga a replantear el papel de las mujeres dentro de los entornos monásticos bizantinos, especialmente en torno a Jerusalén. Textos históricos de los siglos IV y V retratan a mujeres nobles que abandonaban sus propiedades para emprender vidas espirituales rigurosas, financiando comunidades religiosas y, a veces, fundando conventos.
Los relatos sobre estas mujeres suelen subrayar el ayuno, la continencia, la ropa sencilla y la retirada de la sociedad elitista. Sus prácticas a menudo parecen algo menos extremas que las proezas atribuidas a “santos vivientes” varones que podían permanecer sobre pilares, vagar encadenados o soportar climas implacables. Sin embargo, esta tumba sugiere que al menos una mujer abrazó una disciplina que llevó su cuerpo a un límite igualmente severo.
Según especialistas en cristianismo de la Antigüedad tardía, las cadenas podían cumplir varias funciones en estos contextos:
- como recordatorio físico constante de autocontrol y humildad
- como signo visible de renuncia al estatus y la riqueza mundanos
- como forma ritualizada de sufrimiento considerada purificadora del alma
- como modo de imitar el cautiverio de mártires y prisioneros de la fe
Para las mujeres, el simbolismo se vuelve más complejo. Muchos textos legales y eclesiásticos bizantinos ya restringen el cuerpo femenino mediante normas sobre vestimenta, movilidad y sexualidad. Elegir cadenas de metal intensificaba esas restricciones y las convertía en una carga tangible, cotidiana. Transformaba expectativas sociales y religiosas en un peso literal sobre la piel.
¿Devoción ascética o castigo religioso?
La cuestión que ahora intriga a los investigadores es si las cadenas expresaban una ascesis elegida, una disciplina impuesta desde fuera o una mezcla de ambas. La tumba estaba dentro de un enclave monástico, un lugar de autoridad espiritual y reglas comunitarias. Ese contexto admite más de una lectura.
Las mismas cadenas pueden significar devoción heroica en una historia y corrección severa en otra. Los huesos no nos dicen qué relato creía la propia mujer.
Algunos estudiosos sostienen que estos enterramientos suelen honrar prácticas voluntarias. Si la comunidad la enterró dentro de una cripta monástica, probablemente la consideraba una figura santa, no una criminal. En ese caso, las cadenas señalarían un compromiso espiritual radical, quizá incluso una reputación de santidad.
Otros investigadores señalan que las comunidades religiosas también imponían disciplinas dolorosas a quienes consideraban desviados. Una mujer que desafiara normas sobre matrimonio, herencia o sexualidad podía quedar bajo control monástico. En esos escenarios, las cadenas podrían confundirse con castigo, aunque se justificara con el lenguaje de la penitencia y la salvación.
Sin inscripciones ni registros escritos vinculados a esta tumba concreta, la historia personal de la mujer queda incompleta. La arqueología solo muestra que vivió, murió y fue enterrada en condiciones moldeadas por ideas religiosas intensas sobre el cuerpo y el sufrimiento.
Lo que revelan las cadenas sobre la Jerusalén bizantina
Este único esqueleto remite a un paisaje más amplio. La Jerusalén bizantina bullía de monjes, monjas, peregrinos y mecenas. Grupos rivales debatían cuán estrictamente regular el sexo, la riqueza y los hábitos cotidianos. Algunas comunidades elogiaban una ascesis moderada; otras idealizaban una renuncia extrema que rozaba la autodestrucción.
En ese entorno, los cuerpos se convirtieron en una especie de texto público. Piel marcada, rostros consumidos por el ayuno, ropa sencilla y, en el extremo, cadenas, señalaban santidad o al menos una intención religiosa seria. La mujer de Khirbat el-Masani participó de esa cultura visual. Su entierro encadenado sugiere que su comunidad vio su cuerpo como emblema de lucha espiritual, destinado a conservar significado incluso después de la muerte.
| Aspecto | Visión tradicional | Implicación de este hallazgo |
|---|---|---|
| Género de los ascetas extremos | Mayoritariamente masculino | Las mujeres también practicaron formas severas |
| Uso de cadenas | Ermitaños y monjes varones | Al menos una asceta femenina las usó en vida y en el entierro |
| Papel de las mujeres en los monasterios | De apoyo, prácticas menos radicales | Posible liderazgo o devoción de alto estatus |
| Naturaleza de la disciplina | Renuncia voluntaria | Posible solapamiento con control coercitivo o penitencia |
Cómo la ciencia cambió el relato
El paso de “asceta varón desconocido” a “mujer encadenada” también ilustra cómo los métodos de la bioarqueología remodelan interpretaciones antiguas. Cuando la morfología ósea falla, las proteínas y el ADN aún pueden hablar. En regiones como el Mediterráneo oriental, donde el calor y la química del suelo degradan los esqueletos, el análisis de péptidos del esmalte ofrece ahora una herramienta potente.
La técnica examina diferencias ligadas al sexo en la amelogenina, una proteína implicada en la formación del esmalte. Firmas específicas de péptidos permiten a los científicos distinguir dientes masculinos de femeninos, incluso en niños o en restos fragmentarios. El método requiere un muestreo mínimo, lo que resulta adecuado para yacimientos históricos y religiosos sensibles.
Cada mejora en el trabajo de laboratorio hace más que afinar un detalle: puede dar la vuelta a historias enteras sobre quién tuvo poder, quién sufrió y quién lideró vidas espirituales en el pasado.
Reanálisis futuros de excavaciones antiguas en torno a Jerusalén podrían revelar más mujeres en lugares asumidos previamente como espacios masculinos: eremitorios, celdas de anacoretas y enterramientos monásticos de alto rango. Ese cambio podría modificar de forma significativa cómo describen los historiadores la santidad generizada en la Antigüedad tardía.
Por qué esto importa para comprender hoy la disciplina religiosa
Los debates modernos sobre fe y control del cuerpo a menudo se centran en códigos de vestimenta actuales, prácticas de ayuno o roles de género. El enterramiento de Khirbat el-Masani muestra que estas cuestiones tienen raíces profundas. Durante siglos, las comunidades religiosas usaron límites físicos -muros, velos, cadenas, votos- para moldear la identidad y el orden social.
Este caso también ofrece un punto de partida concreto para debates en el aula o conferencias públicas sobre la ascesis. El alumnado puede comparar prácticas antiguas como la devoción encadenada con formas modernas de disciplina espiritual: ayunos digitales, retiros, largas meditaciones en silencio o promesas tatuadas. Cada práctica negocia de manera distinta el control, la autonomía y las expectativas comunitarias.
Hay además un matiz de advertencia. Cuando la devoción se mezcla con una restricción dura, resulta más difícil medir la elección personal. La mujer encadenada cerca de Jerusalén pudo abrazar su carga con convicción feroz. También pudo vivirla como presión o castigo. La arqueología suele dejar sin resolver esa dimensión interior, pero invita a los lectores actuales a hacerse preguntas similares sobre la disciplina religiosa a su alrededor.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario