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Están construyendo el tren submarino de alta velocidad más largo del mundo, que conectará dos continentes en pocos minutos bajo el océano.

Dos ingenieros observan un modelo de tren sobre una mesa en una oficina con vista al mar.

En las aguas grises, un grupo de barcos permanece completamente inmóvil, como si alguien hubiera pulsado pausa sobre el mar. Debajo, muy por debajo de la superficie, ingenieros están tallando una línea recta e invisible entre dos continentes. Sin ruido, sin dramatismo: solo una revolución silenciosa bajo las olas.

Un guía señala una fina tira de metal que asoma del océano, la única pista visible de lo que ocurre ahí abajo: está naciendo la línea de tren submarina de alta velocidad más larga del mundo. Un trayecto que permitirá a los pasajeros cruzar lo que antes llevaba horas -o días- en solo minutos.

Alguien en cubierta se ríe y dice: «Parece que no está pasando nada».

Esa es la extraña cosa de la historia cuando aún está en construcción. Es casi silenciosa.

El tren que circulará bajo el mar

Imagina entrar en una estación en un continente, coger un café, abrir el portátil… y, 20 minutos después, salir caminando en otro continente por completo. Sin colas de aeropuerto. Sin turbulencias. Solo un túnel suave y presurizado bajo el océano, transportando un tren bala de alta velocidad más rápido de lo que la mayoría de nosotros hemos viajado jamás por tierra.

El proyecto suena a ciencia ficción, y sin embargo los equipos ya están soldando enormes segmentos de acero, remolcándolos hasta su posición y hundiéndolos hasta el lecho marino como cuentas en un hilo. Cada pieza encaja con la siguiente, bloqueada con firmeza, formando lo que será el ferrocarril submarino de alta velocidad más largo del mundo. Se parece menos a perforar un túnel clásico en roca y más a montar un submarino que, por casualidad, mide 100 kilómetros.

Junto al barco, una barcaza apilada con secciones curvas y pálidas parece casi normal. No lo es en absoluto. Cada segmento está sellado, monitorizado, cableado con sensores capaces de detectar movimientos más pequeños que un cabello humano. Los ingenieros bromean con que el túnel sabrá que está bajo tensión antes que ellos. Bajo el agua, vehículos robóticos se deslizan a lo largo de la línea, cartografiando cada centímetro del fondo marino como si fuera un paciente en una mesa de operaciones.

Proyectos como el Eurotúnel o el túnel Seikan de Japón ya se adentran profundamente bajo el mar, pero esta nueva línea pretende ir más lejos, más rápido y en condiciones mucho más duras. Hablamos de trenes de alta velocidad atravesando tubos apoyados en el fondo oceánico, a veces anclados, a veces enterrados, siempre presurizados. A 300 km/h o más, incluso unos milímetros de desalineación importan. Por eso el lecho marino se escanea, se reescanea, se modeliza y luego se remodela silenciosamente hasta que la línea queda lo bastante lisa como para que las ruedas de acero “vuelen”.

Desde fuera, un tubo sumergido parece una idea simple: construir un túnel, bajarlo y hacer pasar un tren. La realidad es más desordenada. El agua empuja, el terreno se desplaza, los barcos arrastran anclas, los terremotos ondulan la corteza. Cada movimiento debe anticiparse. Los ingenieros diseñan juntas flexibles, como los ligamentos de tu columna, capaces de doblarse sin romperse. Planifican rutas de evacuación, sistemas de ventilación, compuertas de presión, estaciones de emergencia talladas como bolsillos dentro de la línea, para que una avería en mitad del mar no se convierta en una historia de pesadilla.

¿Cómo se viaja en tren bajo un océano?

El viaje empieza como cualquier otro: entras en una estación, escaneas el billete, encuentras tu asiento. La diferencia es que el vestíbulo del andén está enterrado más profundo de lo habitual, envuelto en capas de hormigón armado y goma que amortiguan el retumbo de muy abajo. El tren llega casi en silencio, con un morro en forma de dardo para cortar el aire y las ondas de presión en el túnel. Las puertas se abren con un suave siseo. La gente sube con maletas con ruedas, aún haciendo scroll en sus feeds, medio consciente de que está a punto de cruzar un océano sin ver nunca agua abierta.

Las puertas se cierran, las pantallas se encienden y el tren se desliza hacia delante en el crepúsculo artificial del túnel. Fuera de la ventanilla: nada más que negro mate, interrumpido por luces de mantenimiento que pasan zumbando a intervalos limpios y clínicos. En los oídos, un zumbido suave y constante. El sistema está cuidadosamente equilibrado para que tu cuerpo apenas note el cambio de profundidad y presión. Quizá sientas un leve chasquido en los oídos al principio, como en un vuelo corto, y después nada. Para cuando te hayas acomodado en el asiento, el tren ya corre más rápido que una tormenta sobre las olas.

Bajo el suelo, hay todo un sistema nervioso trabajando. Sensores registran vibración, temperatura, presión del agua, cada mínimo movimiento de la estructura. Los datos fluyen hacia centros de control en ambos continentes, donde operadores observan un gemelo digital del túnel en tiempo real. Si una junta se dilata una fracción, lo ven. Si una bomba se ralentiza, salta una alerta. El objetivo es simple: no dejar que un pequeño problema saque colmillos. La tecnología está tan estratificada que el propio viaje casi se siente demasiado tranquilo, como si el cuerpo no terminara de comprender todo lo que ocurre justo al otro lado de las paredes.

Entre bastidores: lo que hace falta para que sea real

El truco central de este tipo de proyecto es pensar como un buzo y como un ingeniero de metro a la vez. En la superficie, las tripulaciones ensamblan largos elementos del túnel en diques secos, cada uno ya equipado con vías, cables, pasillos de seguridad y sistemas de emergencia. Después se sellan, se hacen flotar, se remolcan hasta la posición correcta y se llenan lentamente de agua para que desciendan a la profundidad exacta. Buzos y robots remotos los guían hacia zanjas preparadas en el lecho marino, donde se unen con precisión quirúrgica.

El timing lo es todo. No puedes dejar durante mucho tiempo una sección de túnel a medio conectar en mar abierto, expuesta a corrientes y al tráfico marítimo. Se vigilan obsesivamente las ventanas meteorológicas, se cartografían las mareas al minuto. Remolcadores esperan en reserva, listos para empujar un segmento a la deriva de vuelta a la línea. Desde el horizonte todo parece tranquilo, pero la coreografía es intensa. Un solo movimiento en falso y una pieza de 10.000 toneladas del ferrocarril más nuevo del mundo puede quedar fuera de sitio lo justo como para causar meses de retraso.

La mayoría no ve las interminables maquetas construidas antes en tierra. Túneles de prueba donde los ingenieros inundan tramos, los calientan, los enfrían, los retuercen poco a poco para ver cómo se comportan. Simulacros de incendio donde voluntarios practican evacuar un “falso” túnel oceánico lleno de máquinas de humo y luces intermitentes. Ensayos sísmicos donde la estructura se sacude sobre plataformas gigantes para simular el fondo marino durante un terremoto. Detrás de esa promesa pulida de «de continente a continente en minutos» hay años de fallos, ajustes y pequeñas victorias obstinadas.

Cómo cambiará esto la forma en que nos movemos (y pensamos)

Hay un método claro que destaca en todo esto: acorta distancias y la gente cambia hábitos rápidamente. Cuando se abrieron líneas de alta velocidad entre grandes ciudades en tierra, los patrones de fin de semana se dieron la vuelta de la noche a la mañana. Un viaje de dos días se redujo a una excursión. Ahora imagina el cambio psicológico cuando la barrera no es un campo o una montaña, sino un mar entero. Un estudiante podría vivir con su familia en un continente y asistir a clase en otro. Una empresa podría montar oficinas gemelas, una a cada lado, unidas por un desplazamiento que se siente como un trayecto largo de metro.

Viajar suele revelar nuestros puntos ciegos. La gente jura que nunca se subirá a un avión para una reunión rápida… hasta que estalla una crisis o hay un acuerdo en juego. Seamos honestos: nadie hace realmente eso todos los días. Pero en cuanto existe una opción rápida y sencilla bajo el agua, la tentación crece. Por eso los planificadores ya hablan de gestionar la demanda, no solo la capacidad. No se trata únicamente de cuántos trenes pueden circular, sino de cómo evitar que se conviertan en autopistas submarinas atascadas de viajes de última hora y desplazamientos a la carrera.

También hay una ansiedad silenciosa. En un andén abarrotado, quizá oigas a alguien murmurar: «No sé yo eso de estar bajo el océano 30 minutos». Todos hemos tenido ese momento en el que el cerebro imagina de golpe la escala cruda: millones de toneladas de agua, geología cambiante, la pared fina entre tu asiento y el mar abierto. Y aun así, la gente dijo lo mismo sobre cruzar el Atlántico en avión o sumergirse bajo el canal de la Mancha. Miedo y fascinación viajan juntos.

«Toda gran infraestructura empieza como una historia que la gente no termina de creer», dice un ingeniero del proyecto. «Primero la llaman imposible, luego arriesgada, luego normal. Lo más difícil es esa fase intermedia silenciosa, cuando está a medias y todo el mundo tiene los nervios a flor de piel».

  • Velocidad vs. comodidad: los trenes ultrarrápidos implican cambios de presión y horarios ajustados, así que los diseñadores añaden más espacio, iluminación más suave e interiores más serenos para mantener relajados el cuerpo y la mente.
  • Seguridad vs. confianza: los sistemas se construyen con redundancias, pero lo que de verdad importa es si los pasajeros se sienten lo bastante seguros como para viajar sin pensarlo cada segundo.
  • Conectividad vs. sobrecarga: el internet de alta velocidad bajo el mar permite trabajar o hacer streaming con normalidad, lo que es a la vez un regalo y una trampa para quien esperaba que el trayecto fuese un raro momento sin conexión.

¿Qué tipo de futuro desbloquea un tren submarino?

De pie otra vez en esa cubierta, viendo los barcos flotar sobre obras invisibles, el proyecto deja de tratar solo de una línea ferroviaria. Se convierte en una pregunta sobre cuán cerca queremos realmente tener nuestros mundos. Si los continentes ya no están “lejos” sino a media hora, ¿qué pasa con la idea de aquí y allí? ¿Se difuminan las ciudades en una sola franja costera enorme, o cada lado se aferra aún más a lo que lo hace único?

También hay un ángulo climático, que presiona en silencio la conciencia de todos. Los trenes eléctricos de alta velocidad superan a los aviones en emisiones, especialmente en distancias medias donde hoy domina el vuelo. Una línea submarina que absorba una parte de los vuelos de corto radio podría ser una ganancia seria para el planeta. Al mismo tiempo, construir megaproyectos bajo el mar requiere hormigón, acero, energía y voluntad política. El debate real no es solo «¿Podemos construirlo?», sino «¿Qué más debería cambiar a su alrededor?».

Proyectos así suelen sobrevivir a los argumentos que los vieron nacer. Los niños que crezcan con un tren continental bajo el océano lo tratarán como el Wi‑Fi: útil, esperado, casi invisible. Para quienes lo ven pasar de bocetos a acero, se siente distinto. Esta es una ventana rara en la que el futuro aún es cemento húmedo: donde se pueden redibujar rutas, cuestionar prioridades, verbalizar miedos. El tren submarino de alta velocidad más largo del mundo será muchas cosas: una demostración de ingeniería, un símbolo político, una herramienta climática, un viaje emocionante. Lo más sorprendente quizá sea lo que la gente, una vez se acostumbre, decida hacer con ese tipo de acceso.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Velocidad extrema bajo el mar Trenes que superan los 300 km/h en un túnel colocado sobre el fondo marino Entender cómo un trayecto «intercontinental» puede durar menos que una película
Seguridad invisible Sistema de sensores, juntas flexibles, estaciones de rescate ocultas en la estructura Saber qué ocurre realmente entre las paredes para calmar las dudas
Nuevas formas de vida Estudios, trabajo, familias y empresas repartidos en dos continentes conectados en minutos Imaginar de forma concreta un día a día en el que el océano deja de ser una frontera real

Preguntas frecuentes

  • ¿Ya se está construyendo este tren submarino de alta velocidad? Sí, ya están en marcha trabajos preparatorios, estudios del lecho marino y secciones prototipo de túnel en varias rutas propuestas, y la construcción completa comenzará por fases durante los próximos años.
  • ¿Es seguro viajar en tren bajo el océano? El diseño apila múltiples capas de seguridad: paredes gruesas resistentes a la presión, juntas flexibles, monitorización constante, estaciones de emergencia y corredores de evacuación independientes a lo largo del túnel.
  • ¿De verdad será más rápido que volar? En muchas rutas entre continentes, el tiempo total puerta a puerta podría superar al de los vuelos de corto radio si se tiene en cuenta menos espera en seguridad, embarque más sencillo y estaciones en el centro de la ciudad.
  • ¿Qué pasa si hay un terremoto o un accidente de un barco encima? El túnel está diseñado para flexar con el movimiento del terreno y va enterrado o fuertemente protegido, de modo que anclas, tormentas u olas no puedan golpear directamente la estructura.
  • ¿Cuánto costará el billete en comparación con un avión? Las primeras estimaciones sugieren precios similares a tarifas aéreas competitivas, con billetes más baratos fuera de hora punta y abonos cuando la línea alcance su plena capacidad y la demanda se estabilice.

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