A una edad en la que la mayoría de los adolescentes repasan para los exámenes, un chico belga está reescribiendo discretamente cómo puede ser una carrera científica.
Su agenda ya no gira en torno a los deberes o los autobuses escolares, sino en torno a átomos ultrafríos, conjuntos de datos médicos y reuniones de investigación con catedráticos veteranos que le sacan varias décadas.
Un físico adolescente que dejó atrás el guion académico
El nuevo doctor es Laurent Simons, un estudiante belga de 15 años que acaba de defender un doctorado en física cuántica en la Universidad de Amberes. Aunque su edad acapara titulares, su trayectoria empezó mucho antes de este hito.
Simons terminó el instituto a los 8 años, completó una licenciatura en ciencias en aproximadamente 18 meses y luego pasó directamente a la investigación avanzada. El 17 de noviembre de 2025 defendió públicamente su tesis en Amberes, con su nombre figurando en el registro oficial de defensas doctorales.
Rara vez las universidades ven candidatos menores de 25 años en esta fase. En Bélgica, bien podría ser la persona más joven en obtener un doctorado. Las comparaciones globales siguen siendo confusas, porque cada país organiza sus titulaciones y procedimientos doctorales de manera distinta, pero su caso se sitúa en el extremo de lo que los sistemas actuales suelen permitir.
Quienes trabajan con él lo describen menos como un niño famoso y más como un joven colega con empuje. Ha acumulado estancias en laboratorios de investigación, también en Alemania, donde pasó meses aprendiendo herramientas estándar de la física teórica y experimental, en lugar de ser exhibido como una mascota.
Detrás de los titulares sobre prodigios y récords hay una trayectoria de formación metódica: prácticas, colaboraciones e investigación revisada por pares, en lugar de atajos.
Pese al interés de grandes empresas tecnológicas del extranjero -especialmente en Estados Unidos y China-, Simons decidió quedarse en Europa. Según su familia, las ofertas eran atractivas, pero no encajaban con sus prioridades: tutela académica, independencia científica y la posibilidad de trabajar en proyectos de salud a largo plazo sin presión comercial inmediata.
El rompecabezas cuántico en el núcleo de su doctorado
¿Qué son los polarones en un supersólido?
La tesis de Simons se adentra de lleno en la teoría cuántica moderna. Su trabajo se centra en los “polarones”, un tipo de cuasipartícula que aparece cuando una única impureza interactúa fuertemente con los átomos que la rodean. En lugar de moverse sola, la impureza arrastra una nube de deformaciones a través de su entorno y se comporta como un nuevo objeto compuesto.
Estudia estos polarones dentro de un estado de la materia llamado supersólido. Un supersólido es inusual porque combina dos rasgos que normalmente no van juntos:
- una estructura similar a la de un cristal, con átomos dispuestos en una red ordenada
- un flujo tipo superfluido, en el que las partículas se mueven con casi nada de fricción
Este material exótico no aparece en la vida cotidiana. Los investigadores suelen producirlo en laboratorios ultrafríos, enfriando nubes de átomos a temperaturas una fracción de grado por encima del cero absoluto. En esas condiciones, los átomos se fusionan en un único objeto cuántico conocido como condensado de Bose–Einstein. Con el tipo adecuado de interacciones, ese condensado puede entrar en una fase supersólida.
Integrales de camino y una sola impureza cerca del cero absoluto
En Amberes, Simons trabajó con un condensado de Bose–Einstein dipolar: un gas de átomos cuya estructura interna les confiere un dipolo magnético o eléctrico, lo que genera fuerzas de largo alcance. Analizó lo que ocurre cuando se introduce una sola impureza en este extraño baño cuántico.
En lugar de intentar resolver directamente las ecuaciones del movimiento, utilizó el formalismo de integrales de camino, una herramienta matemática popularizada en la teoría cuántica de campos. En ese marco, una partícula no sigue una única trayectoria: “explora” todos los caminos posibles, y cada camino aporta un peso al comportamiento final.
Al tratar la impureza como una suma sobre todas sus historias posibles, sus cálculos revelan cómo distorsiona el supersólido circundante y, a su vez, cómo ese entorno la ralentiza, la “viste” o incluso la atrapa.
Este tipo de trabajo teórico no produce una pastilla ni un dispositivo médico. Produce predicciones: cómo deberían desplazarse los niveles de energía, cómo debería responder un polaron a la luz láser o qué señales sutiles podría dejar una impureza en un supersólido en un espectro de alta precisión.
Estas predicciones alimentan técnicas experimentales, como la espectroscopia de precisión, que mide diminutos cambios de frecuencia y energía. Un mejor control de estos sistemas podría ayudar a diseñar sensores para gravedad, cronometraje o campos electromagnéticos. También forma a investigadores en los modelos y algoritmos que sustentan gran parte de la tecnología cuántica actual.
De la materia cuántica a vidas más largas y saludables
Un segundo doctorado, esta vez en ciencias médicas
Tras su tesis en física cuántica, Simons se trasladó a Múnich para iniciar un segundo doctorado en ciencias médicas. Allí trabaja en la intersección entre inteligencia artificial, biología y procesamiento de señales. El objetivo no es una promesa de ciencia ficción de inmortalidad, sino algo más realista: ampliar el número de años que las personas pasan con buena salud.
Sus proyectos actuales se centran en señales biológicas que los médicos ya miden, como ritmos cardiacos, marcadores en sangre o actividad cerebral. Los algoritmos de IA pueden examinar esos datos en busca de patrones que a los humanos se les escapan. Desviaciones sutiles que parecen inofensivas a simple vista pueden apuntar a fases tempranas de una enfermedad.
Combinando modelización al estilo de la física con aprendizaje automático, espera afinar esa capacidad de alerta temprana. Esto podría traducirse, por ejemplo, en algoritmos que señalen un aumento del riesgo de insuficiencia cardiaca meses antes de que aparezcan síntomas, o en herramientas que orienten a los médicos hacia la vía de tratamiento más prometedora para cada paciente.
En lugar de buscar la vida eterna, apunta a añadir un tramo de años en los que la gente pueda moverse, pensar y trabajar sin la pesada carga de la enfermedad crónica.
También insiste en normas estrictas de datos y métodos transparentes. La IA médica ya ha recibido críticas por conjuntos de datos sesgados, decisiones opacas y marketing exagerado. Simons y sus colaboradores sostienen que el progreso real requiere protocolos controlados, código reproducible y un trabajo estrecho con clínicos, no afirmaciones especulativas.
Cómo las habilidades cuánticas pueden alimentar la investigación sobre longevidad humana
Por qué una base en física cuántica ayuda en ciencias de la salud
Sobre el papel, los polarones en supersólidos y la enfermedad cardiaca no comparten mucho. En la práctica, requieren habilidades que se solapan:
- construir y verificar modelos matemáticos complejos
- manejar conjuntos de datos ruidosos con patrones sutiles
- ejecutar simulaciones que prueban escenarios de “qué pasaría si…”
- interpretar resultados extraños en lugar de descartarlos
La física cuántica suele entrenar a los investigadores para pensar en probabilidades, no en certezas. Esa mentalidad encaja con la medicina, donde los tratamientos rara vez producen el mismo efecto en todos los pacientes. También encaja con la investigación sobre longevidad, que trata riesgos que se acumulan lentamente durante décadas.
Algunos laboratorios ya utilizan algoritmos inspirados en lo cuántico para acelerar el reconocimiento de patrones en grandes conjuntos de datos médicos. Otros toman prestadas herramientas estadísticas de la física de partículas para evaluar nuevos fármacos. El camino de Simons muestra cómo una persona puede moverse deliberadamente entre esos mundos, en lugar de tratarlos como compartimentos estancos.
Ciencia de la longevidad: promesa y límites en el mundo real
La longevidad se ha convertido en un campo abarrotado: start-ups que prueban fármacos dirigidos al envejecimiento celular, multimillonarios tecnológicos que financian institutos enteros y marcas de bienestar que rebautizan hábitos antiguos como “biohacks”. La investigación genuina convive con el bombo mediático.
Trabajos como el de Simons se sitúan del lado prudente. En vez de lanzar una línea de suplementos, intenta refinar herramientas diagnósticas y el diseño de tratamientos. Ese tipo de avance suele parecer más lento. También tiende a durar más, porque se apoya en datos observados y experimentos controlables, y no en promesas carismáticas.
| Enfoque | Objetivo principal | Riesgos típicos |
|---|---|---|
| Modelización de salud inspirada en lo cuántico | Mejor predicción del inicio de enfermedades y de la respuesta al tratamiento | Sobreajuste de modelos, extraer demasiado de conjuntos de datos pequeños |
| Diagnóstico con IA | Detección más temprana y precisa de enfermedades | Sesgos en los datos de entrenamiento, decisiones opacas para los clínicos |
| Fármacos antienvejecimiento | Ralentizar marcadores de envejecimiento celular | Efectos secundarios, desajuste entre resultados de laboratorio y pacientes reales |
Para los pacientes, los beneficios más tangibles de esta área emergente podrían aparecer primero en la medicina rutinaria: exploraciones señaladas con mayor fiabilidad, análisis de sangre interpretados con mayor granularidad y planes de tratamiento ajustados a respuestas individuales en lugar de promedios amplios de población.
Un vistazo a cómo puede ser la próxima generación de investigadores
La historia de Simons plantea preguntas más amplias sobre cómo la ciencia forma y apoya el talento inusual. Las vías aceleradas conllevan riesgos: presión social, agotamiento, expectativas irreales. Su caso también destaca posibles ventajas cuando las instituciones hacen espacio para quienes aprenden rápido pero siguen necesitando una mentoría estructurada.
A más largo plazo, algunos de los métodos afinados en su tesis cuántica podrían trasladarse a otras áreas: modelización climática, sistemas energéticos o interfaces cerebro–ordenador. La misma columna vertebral matemática que describe un polaron desplazándose por un supersólido puede, con adaptación, describir señales viajando por neuronas o por redes de líneas eléctricas.
Por ahora, el adolescente que pasó a toda velocidad por la escuela ha elegido una fase de vida más lenta y densa: doctorado tras doctorado y años de progreso incremental. La conexión que intenta construir entre física cuántica y longevidad humana muestra de dónde pueden venir muchos avances futuros: no de un único campo aislado, sino de personas capaces de moverse con soltura entre teoría profunda, datos médicos y el objetivo cotidiano de vivir más tiempo con buena salud.
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