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Fomentar la curiosidad en las rutinas diarias impulsa la creatividad y ayuda a resolver problemas de forma más innovadora en casa.

Niño escribiendo en un cuaderno en un escritorio con tarro de bloques, plantas y lápices de colores.

Le tostador que se muere por la mañana, los deberes de matemáticas incomprensibles por la noche, la fuga bajo el fregadero que siempre elige el peor día. A menudo reaccionamos lo más rápido posible, improvisamos una solución, suspiramos y pasamos a otra cosa. Y nos decimos que la creatividad de verdad ocurre en las start-ups, en los laboratorios, en los estudios de diseño. No en la cocina a las 21:17 de un martes.

Sin embargo, es justo ahí donde ocurre algo. En esos instantes diminutos en los que podemos o bien repetir el mismo gesto, o bien hacer una pregunta más. ¿Por qué se atasca? ¿Cómo podríamos hacerlo de otra manera? ¿Quién dijo que tenía que ser necesariamente así?

La frontera entre la rutina y la innovación suele dibujarse entre dos tazas de café. Y es mucho más fina de lo que creemos.

Cómo las pequeñas preguntas en casa desbloquean grandes ideas

El miércoles por la mañana, en una cocina de las afueras de Londres, una madre mira a su hijo enfadarse con un paquete de cereales rebelde. Tira, se rasga, y todo cae al suelo. Escena banal, casi automática. Ella está a punto de regañarle, pero se detiene medio segundo. Y suelta simplemente: «¿Qué haría que esto fuera más fácil la próxima vez?».

La pregunta queda flotando en el aire. El niño la repite en voz baja, como si probara una fórmula mágica. Mira el paquete, rebusca en un cajón y saca una pinza de la ropa. «Podríamos cerrarlo así y cortar una esquina con tijeras», propone. No es revolucionario. Es otra cosa: un microclic. Un cambio de «lo padezco» a «lo busco».

Esta escena se puede replicar hasta el infinito. Ante un cajón que se atasca. Un calendario familiar ingobernable. Una factura incomprensible. Cada pequeño problema doméstico se convierte en un campo de entrenamiento. Y ese campo, cuando se alimenta de curiosidad, acaba pareciéndose a un laboratorio de innovaciones en miniatura. La casa se transforma poco a poco en un lugar de experimentos, más que en una máquina de tareas repetitivas.

Un estudio de 2021 publicado en la revista Organizational Behavior and Human Decision Processes mostró que las personas que describen su día a día como «curioso» encuentran soluciones más originales a problemas complejos que quienes se consideran solo «organizadas». Lo fascinante es que esa curiosidad no se centraba en grandes temas abstractos. Se escondía en los detalles: «¿Por qué siempre guardo esto aquí?», «¿Y si hiciera lo contrario?».

En casa, eso se traduce en microinnovaciones muy concretas. Una familia que convierte una pila de cajas de cartón en un sistema de clasificación para los juguetes. Un compañero de piso que cuelga en la entrada un «muro de ideas malas», donde cada uno anota soluciones disparatadas a problemas reales de logística. Una vecina que decide cocinar, una vez por semana, solo con lo que ya tiene, para ver «hasta dónde se puede llegar con casi nada».

Estos gestos parecen anodinos. No saldrán en los periódicos. Pero entrenan al cerebro a pensar de otra manera, a probar, a ajustar. Y la próxima vez que llegue un verdadero marrón -una avería importante, un conflicto, un imprevisto financiero- ese reflejo de exploración ya está ahí, listo para activarse.

Lo que está en juego es un desplazamiento discreto pero potente: pasamos de «¿cuál es el camino más corto para quitármelo de encima?» a «¿cuáles son las otras vías posibles?». La curiosidad funciona un poco como un músculo enterrado en lo cotidiano. Si solo se utiliza en las grandes ocasiones, se queda rígido. Si se ejercita en las cosas pequeñas -el trayecto al trabajo, la manera de doblar la ropa, el orden en que haces tus tareas- se vuelve más flexible, más rápido.

Curiosamente, ese «músculo» no se desarrolla en el silencio mental, sino en gestos simples y visibles. Dejas una pregunta en la nevera. Te tomas dos minutos para probar otra forma de ordenar. Le preguntas a un niño: «¿Cómo lo harías tú?». Y, poco a poco, la casa deja de ser solo un decorado. Es un terreno de juego cognitivo donde cada gesto puede contener una experimentación discreta.

Formas sencillas de entretejer la curiosidad en las rutinas diarias

Un método sorprendentemente eficaz consiste en añadir una sola pregunta ritual a un momento banal del día. Por ejemplo, justo después de cenar, mientras la mesa aún está llena de cosas, preguntar en voz alta: «¿Qué pequeña cosa haríamos de manera diferente la próxima vez?». No hace falta un gran debate. Una frase, una idea, y a otra cosa.

Algunas personas eligen la ducha de la mañana como punto de partida. Durante esos cinco minutos medio despierto/a, preguntarse: «¿Qué estoy dando por supuesto sobre hoy que podría ser erróneo?». Puede ser tan concreto como «creo que el trayecto será un suplicio» o «pienso que no tendré tiempo de cocinar». Esta mini puesta en cuestión abre una rendija en el guion ya escrito del día. Una rendija muy pequeña, pero suficiente para dejar entrar otra opción.

Otro gesto simple: convertir los objetos domésticos en disparadores de preguntas. Un post-it pegado en la tetera: «¿Hay una forma más fácil de hacer esto?». Un garabato cerca de la lavadora: «¿Cómo resolvería esto un niño de 5 años?». Parece infantil, casi ridículo. Pero esas señales visuales interrumpen el piloto automático. Recuerdan que cada acción repetida puede, de vez en cuando, pasar por el tamiz de la curiosidad. No para rehacerlo todo, solo para ver qué cambia si mueves un detalle.

La trampa es convertir la curiosidad en una nueva exigencia. Decirte que deberías «optimizar» cada gesto, revisar toda tu vida diaria, convertirte en una máquina de ideas. Seamos honestos: nadie hace realmente eso todos los días. Y menos mal. La rutina también tiene una función de protección: nos evita reventar cognitivamente.

El truco es elegir «zonas de experimentación» limitadas. Por ejemplo: solo la cocina, durante un mes. O solo el ritual de acostar a los niños. Ahí se permite la pregunta, el intento, el derecho al error. En el resto, mantienes tus reflejos habituales, sin culpa. Este enfoque evita un escollo frecuente: querer ser creativo en todas partes y todo el tiempo, y abandonar en cuanto vuelve el cansancio.

Otro riesgo: confundir curiosidad con perfeccionismo. Buscar «la mejor» manera de limpiar o de gestionar la compra. La curiosidad no necesita «mejor» constantemente. Necesita «diferente», «prueba», «ya veremos». Si una nueva forma resulta menos práctica, pues nada: se vuelve a la anterior. El simple hecho de haber probado ya amplía el campo mental. Y ese campo ampliado servirá algún día para un problema más serio que ordenar los táperes.

Como lo resume muy bien un diseñador de servicios que conocí en Mánchester:

«La curiosidad en casa es como hacer bocetos. La mayoría de los dibujos acaban en la papelera, pero tu mano se vuelve más firme para el único dibujo que de verdad importa».

Para hacer más concreta esta curiosidad cotidiana, algunos se divierten montando un micro «laboratorio doméstico»:

  • Un cuaderno o una nota en el móvil titulada «Ideas raras para casa»
  • Un tarro en la mesa donde cada uno pueda dejar un papel con una pregunta o una idea
  • Un hueco semanal de 15 minutos «probar algo diferente» (organización, comida, orden)
  • Una regla simple: no se ridiculiza ninguna idea, aunque parezca loca o inútil
  • Un código de colores en la nevera para seguir los experimentos: en verde lo que se queda, en naranja lo que queda por probar, en rojo lo que se abandona

Con el tiempo, se instala una cultura implícita: se tiene derecho a ser curioso en casa. No solo en internet, no solo en el trabajo. En el horario de la colada, en el lugar donde viven las llaves, en la manera de hablar de dinero. Y esa autorización silenciosa lo cambia casi todo.

Dejar que la curiosidad cambie cómo se siente el hogar

Cuando la curiosidad entra en casa, no solo cambia las soluciones. Cambia el ambiente. Fregar los platos puede seguir siendo una tarea, claro. Pero también puede convertirse en un momento en el que uno cuenta «la cosa más extraña que ha aprendido hoy». El trayecto al colegio puede pasar de «venga, date prisa» a «¿qué es una cosa que te gustaría entender mejor esta semana?».

Estos pequeños desplazamientos no borran el cansancio, los días demasiado largos, las limitaciones bien reales. Solo aportan otra textura a lo cotidiano. Una sensación discreta de movimiento interior. No solo aguantamos. Exploramos un poco. Probamos otra frase, otro orden, otra mirada. También nos damos cuenta de que la innovación no siempre es cuestión de gadgets o aplicaciones, sino a menudo de preguntas hechas en el momento adecuado.

Y los problemas domésticos, incluso los más irritantes, cambian de estatus. Una discusión recurrente sobre quién saca la basura se convierte en un caso de estudio para replantear el reparto invisible de tareas. Un cuarto de adolescente en caos se vuelve un campo de pruebas para co-construir normas en lugar de imponerlas. Un presupuesto demasiado ajustado abre un taller de «soluciones retorcidas pero posibles», donde se exploran juntos ideas que el día anterior habríamos despachado de un manotazo.

En el fondo, la curiosidad en casa plantea una pregunta casi política: ¿quién tiene derecho a buscar? ¿Quién tiene derecho a decir «¿y si…?» sin que se rían de él/ella? Cuando cada miembro del hogar puede jugar con estas pequeñas preguntas, aunque sea una vez por semana, la casa deja de ser solo un lugar donde se consumen respuestas prefabricadas. Se convierte en una fábrica un poco artesanal de maneras de vivir.

Y en un mundo en el que muchas cosas nos superan, esa pequeña fábrica interior tiene un valor enorme.

Punto clave Detalle Interés para el lector
La curiosidad como microhábito diario Añadir una pregunta sencilla a un momento concreto del día (comida, ducha, trayecto) Permite entrenar el cerebro para buscar otras opciones sin recargar la agenda
El hogar como mini-laboratorio Tratar algunos espacios o momentos como zonas de experimentación limitada Reduce la presión, a la vez que desarrolla reflejos creativos útiles ante problemas reales
Cultura de curiosidad compartida Implicar a otros miembros del hogar en preguntas y pruebas lúdicas Convierte tensiones domésticas en ocasiones de co-creación y refuerza el espíritu de equipo

FAQ:

  • ¿Cómo empiezo a ser más curioso/a en casa sin agobiarme? Elige un solo momento al día -por ejemplo, la cena- y añade una pregunta ritual del tipo «¿Qué podría ser más fácil aquí?». Manténlo durante dos semanas antes de cambiar nada.
  • ¿Y si mi familia no está interesada en esto de la curiosidad? Empieza en silencio, por tu cuenta, con problemas que te afecten directamente. Cuando una de tus pequeñas innovaciones aporte comodidad real, los demás suelen estar más dispuestos a participar.
  • ¿Puede la curiosidad ayudar de verdad con problemas serios en casa, como el dinero o los conflictos? Sí, siempre que se haga con suavidad. Empieza con preguntas de exploración («¿Cuáles son tres opciones que aún no hemos considerado?») en lugar de buscar soluciones inmediatas. La curiosidad amplía el campo; no sustituye las decisiones difíciles.
  • ¿Cómo evito que la curiosidad se convierta en perfeccionismo? Hazte esta pregunta simple: «¿Estoy buscando algo diferente o algo perfecto?». Si buscas «perfecto», haz una pausa. La curiosidad acepta que algunos intentos fallen y que algunas rutinas se queden como están.
  • ¿Necesito herramientas o apps especiales para que mi casa sea más curiosa? No. Un cuaderno, unos post-its, un tarro de ideas pueden ser más que suficientes. Lo esencial es el permiso que te das para hacer preguntas allí donde actuabas en piloto automático.

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