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Francia le hace un favor de lujo a Mark Zuckerberg: su superyate, valorado en 300 millones, será reparado en la Costa Azul.

Persona revisa planos frente a un yate blanco en un muelle, con el mar y montañas al fondo.

Ves un palacio flotante de vidrio y acero del tamaño de un bloque de pisos, envuelto en andamios, con chispas de soldadura cayendo como lluvia naranja sobre el agua. El aire huele a metal caliente y diésel. Trabajadores con casco pasan en bicicleta con café en vasos de plástico, mientras a pocos metros unos turistas hacen fotos como si estuvieran en un salón del automóvil.

Esto es «Launchpad», el superyate de 300 millones de dólares del multimillonario de Meta, discretamente atracado en la Costa Azul para una gran reparación. Francia despliega la alfombra roja industrial: tiempo en dique seco, empleo local, ingeniería de primer nivel… y un juguete ultracontaminante devuelto a un estado impecable.

La escena parece casi normal en una región donde los multimillonarios se confunden con el paisaje como las gaviotas y las palmeras. Pero en este barco no hay nada normal.

Francia, la Riviera… y el palacio flotante de un multimillonario en el dique seco

Desde el muelle, el contraste es brutal. A un lado, familias comiendo helados baratos sentadas en un banco. Al otro, un superyate de 118 metros donde una sola noche de combustible cuesta más que un año de alquiler para muchos vecinos. El casco se alza tanto que proyecta sombra sobre los pesqueros cercanos, como un rascacielos que se hubiera perdido en el mar.

Los trabajadores se mueven alrededor del buque como si fuera un encargo más. Hablan en francés, italiano, rumano. Un encargado consulta su tableta, un pintor se queja del viento, un ingeniero suelta una maldición por una válvula que no cede. Para ellos, el barco de lujo de Zuckerberg es menos un símbolo que un número de contrato, una fecha límite, muchas horas extra.

Desde la calle, en cambio, la gente sabe perfectamente de quién es el dinero que flota allí. Se nota en el nombre medio susurrado: «el yate de Zuckerberg».

Los vecinos de La Ciotat o Marsella recuerdan los antiguos astilleros que casi murieron antes de que las reformas de lujo los rescataran. En los años noventa, aquellos diques eran símbolos de crisis industrial. Hoy albergan las mansiones flotantes del mundo. Launchpad es solo el último de una lista de barcos de oligarcas y tecnomagnates que han pasado por aquí, estirando los límites de lo que siquiera significa «yate».

Algunas estimaciones sugieren que un gran superyate puede emitir miles de toneladas de CO₂ al año. Un informe climático señaló sin rodeos que la flota privada de unas pocas decenas de multimillonarios rivaliza con la huella de países pequeños. De repente, unas vacaciones normales parecen una gota de agua en una mancha de petróleo.

Francia, interesada en preservar empleos marítimos de alto valor, ha invertido mucho en convertir estos astilleros en un centro mundial de reparación de megayates. Grúas altas, elevadores especiales, enormes diques secos: una infraestructura que solo un puñado de lugares en la Tierra puede ofrecer. El país habla de transición verde en la ONU, pero aquí abajo, en el muelle, da la bienvenida a las máquinas de combustibles fósiles más extravagantes del planeta.

La lógica es simple: que paguen los multimillonarios, mantener el empleo, presumir de excelencia técnica. Los políticos elogian el savoir-faire y la «excelencia industrial». La pregunta incómoda sobre quién puede contaminar -y a quién se le sermonea con duchas más cortas- se queda educadamente fuera de escena.

Cómo un yate de 300 millones de dólares se convierte en el discreto «servicio al lujo» de Francia

Detrás de las fotos brillantes, una reforma de yate es un ballet muy específico. Launchpad no llegó a la deriva al astillero. La operación se planifica al centímetro: remolcadores guiando el casco hacia el dique seco, buzos revisando los apoyos, equipos listos ante cualquier error que pueda costar millones. Luego se cierran las compuertas, se drena el agua y la bestia descansa sobre cunas de acero, desnuda y vulnerable.

Una vez colocado, entran en juego cientos de especialistas: revisiones de motores, inspecciones del casco, trabajos de pintura que exigen temperatura y humedad controladas. Interiores a medida renovados para adaptarse a nuevos caprichos. Sistemas satelitales mejorados para que Zuckerberg siga conectado en el mar como si nunca hubiera salido de Menlo Park. Es un hospital de lujo, salvo que el paciente quema fuelóleo pesado en vez de calorías.

Cada detalle tiene su precio. Cada hora en el dique es ingresos para la industria francesa.

Sobre el papel, parece una victoria económica. Cada proyecto de superyate inyecta dinero en salarios locales, restaurantes, hoteles, transporte. Los responsables regionales celebran discretamente cada nuevo contrato: menos despidos, más aprendices, más prestigio. Algunos vecinos se encogen de hombros y dicen: «Si no es aquí, será en Italia o en España».

Y no les falta razón. Los dueños de superyates tienen el mundo como patio de recreo. Siguen a los mejores astilleros y a las administraciones más discretas. Francia no solo está arreglando el barco de Mark Zuckerberg: está enviando una señal a cualquier multimillonario con un palacio flotante: trae tu dinero aquí, nos ocupamos de todo.

La paradoja ambiental es difícil de ignorar. Francia impulsa leyes de zonas de bajas emisiones, habla con dureza de sobriedad y pide a los ciudadanos recortar. Al mismo tiempo, el Estado ayuda a mantener activos ultralujosos que devoran combustible como si todavía fuera 1973. Seamos sinceros: casi nadie hace esto a diario, pero para los ultrarricos, saltar por el Mediterráneo en un barco como Launchpad se parece más a un hábito de fin de semana que a un capricho excepcional.

Hay otra capa, más emocional. Para muchos franceses que lidian con el alquiler, la inflación o salarios estancados, ver el juguete de 300 millones de dólares de un magnate tecnológico mimado en una instalación de vanguardia es como pasar junto a una sala VIP a la que nunca te invitarán. En un día caluroso de verano, casi se puede paladear la desigualdad en el aire.

Lo que esto dice sobre el clima, el dinero y la forma en que miramos el «éxito»

Una cosa destaca: Francia no es impotente. Eligió especializarse en este nicho concreto de mantenimiento de lujo extremo. Construyó diques capaces de manejar estos monstruos, formó equipos capaces de mantenerlos operativos durante décadas y creó marcos fiscales y legales que hacen que estas operaciones fluyan. No es un efecto secundario. Es una estrategia.

Si el país quisiera enviar otras señales, podría exigir estándares ambientales más estrictos a los superyates que entren en sus astilleros. Podría impulsar propulsión híbrida durante las reformas, combustibles más limpios, auditorías obligatorias de carbono. En su lugar, la conversación política suele frenarse en «empleo» y «competitividad», como si no hubiera término medio entre el suicidio económico y la indulgencia ilimitada.

Ahí es donde golpea la disonancia cognitiva. Se nos dice que bajemos la calefacción en invierno, que no volemos tanto, que reconsideremos escapadas baratas de fin de semana. Luego abrimos el móvil y vemos un yate de 300 millones recibiendo un tratamiento de spa completo para seguir recorriendo la Riviera, quemando en un día más combustible que algunas personas en un año. Como mínimo, el mensaje resulta torcido.

A nivel humano, la envidia existe, pero rara vez se admite en voz alta. En una azotea de Marsella o un balcón en Niza, la gente mira pasar estos barcos al atardecer e imagina qué ocurre a bordo. ¿Champán? ¿Gafas de realidad virtual? ¿Reuniones sobre la próxima función de una red social que nos pegará un poco más a la pantalla, mientras el motor ruge bajo cubierta?

A nivel de políticas, las cifras son brutales. Los estilos de vida de los multimillonarios, incluidos yates y jets privados, hacen trizas los objetivos climáticos. Un estudio sobre «superemisores» muestra que el 1% más rico es responsable de una porción de emisiones que ningún cambio modesto en los hábitos cotidianos puede compensar. Reciclar los vasitos del yogur no neutraliza ni un solo cruce transatlántico en un Boeing privado ni un mes de crucero por el Mediterráneo.

Hay una frase que un trabajador del muelle podría decir tras un turno largo: «No somos nosotros quienes decidimos». Ellos arreglan el barco, cobran su sueldo y vuelven a casa con la espalda dolorida y los guantes manchados. Las decisiones reales ocurren lejos, entre gobiernos y propietarios ultrarricos, en un nivel donde un yate de 300 millones es solo una línea en una cartera, no un dilema moral.

La Riviera francesa siempre ha sido un escenario donde las desigualdades se ven en alta definición. La reforma de Launchpad es simplemente la versión de los años 2020 de esa historia: dinero tecnológico en lugar de magnates del petróleo, Instagram en lugar de postales brillantes, ansiedad climática flotando al lado de un lujo sin costuras.

¿Y ahora qué?

Hay un pequeño momento que se puede presenciar en casi cualquier gran dique. El día en que el yate se va. Se abren las compuertas, sube el agua, el casco vuelve a flotar. Los remolcadores escoltan el barco. Los trabajadores sacan el móvil para grabar. Algunos vecinos se paran, manos en jarra, viendo cómo cientos de millones de dólares se deslizan lentamente de vuelta al mar como si no fuera gran cosa.

Pronto Launchpad se deslizará por la costa, pasando frente a playas donde los niños construyen castillos de arena que la marea se llevará. La gente en tierra hará fotos y las publicará con una mezcla de fascinación e ironía. Algunos se quejarán. Otros soñarán. La mayoría pasará a la siguiente historia en segundos.

Sin embargo, esta imagen se queda en la cabeza de quien presta atención. Un país que presume de liderazgo climático y que, en secreto, también funciona como taller de reparación de lujo para los juguetes más contaminantes del mundo. Un multimillonario tecnológico, cuya empresa moldea cómo hablamos del futuro, apoyándose en un combustible muy de la vieja escuela para disfrutar de su presente.

La cuestión no es si Mark Zuckerberg tiene derecho a poseer un megayate. Ese barco ya zarpó. La verdadera pregunta es cuánto tiempo seguirán las sociedades tratando estos palacios flotantes como parte normal del paisaje, en lugar de como enormes banderas rojas sobre lo que toleramos colectivamente.

Algún día, quizá miremos estas imágenes como hoy miramos las fotos en blanco y negro de gente fumando feliz en los aviones. Evidente, casual, extraño. Casi absurdo. En un planeta que se calienta, la visión de un superyate recién reformado saliendo de un dique seco francés puede decir más sobre nuestra época que cualquier discurso en la próxima cumbre climática.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Francia como centro de servicios de lujo Astilleros de alta tecnología en la Riviera reforman megayates como el Launchpad de Zuckerberg Ayuda a entender cómo la industria pública apoya discretamente la riqueza extrema
La contradicción climática Los yates ultracontaminantes prosperan mientras se insta a los ciudadanos a «consumir menos» Da contexto a las ecoansiedades personales y a la sensación de injusticia
Lo que revela sobre el poder Las decisiones favorecen la comodidad de los multimillonarios por encima de la acción climática sistémica Invita a cuestionar qué tipo de «éxito» celebra la sociedad

Preguntas frecuentes

  • ¿Por qué se repara en Francia el yate de Mark Zuckerberg? Porque la Riviera francesa alberga algunos de los astilleros más avanzados del mundo para reformas de megayates, con pericia técnica, servicio discreto y enormes diques secos adaptados a buques como Launchpad.
  • ¿Cuánto contamina un superyate como Launchpad? Los grandes superyates pueden emitir miles de toneladas de CO₂ al año, rivalizando con la huella de cientos o incluso miles de ciudadanos medios, especialmente si navegan con frecuencia y operan con numerosos barcos de apoyo.
  • ¿Se beneficia Francia económicamente de esta reforma? Sí. Estos proyectos generan empleo cualificado, gasto local y un volumen de negocio industrial importante para puertos como La Ciotat, Saint-Nazaire o Marsella, por lo que las autoridades buscan discretamente estos contratos.
  • ¿Hay normas para limitar las emisiones de los superyates? Existen regulaciones marítimas sobre combustible y seguridad, y cierta presión para adoptar tecnologías más limpias, pero las normas actuales todavía permiten que los yates ultralujosos y de altas emisiones operen casi con normalidad.
  • ¿Podría Francia negarse a trabajar en yates ultracontaminantes? Legalmente, Francia podría imponer estándares ambientales más estrictos o condiciones para el atraque y la reforma, pero eso implicaría enfrentarse a poderosos intereses económicos y políticos vinculados a los sectores del lujo y el marítimo.

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