En el borde de un campo británico el verano pasado, un grupo de investigadores con botas llenas de barro estaba arrodillado en silencio, dándole la vuelta con las manos a terrones de tierra. A dos metros de distancia, el agua de un chaparrón repentino se precipitaba por una zona agrietada y compactada como si fuese hormigón, inundando el camino. Donde el suelo había sido cuidado, el agua simplemente desaparecía, tragada en silencio. Un campo, dos mundos. La misma tormenta, dos resultados.
Los agricultores que observaban no hablaron mucho al principio. Se limitaron a mirar cuánto tiempo permanecía el agua en la zona mala, y con qué rapidez se esfumaba en la tierra oscura y desmenuzable de al lado. Casi se podía ver cómo la idea tomaba forma en tiempo real: quizá la resiliencia climática no empieza con modelos meteorológicos ni con cumbres globales. Quizá empieza bajo nuestras botas. En algo que parece simple tierra.
Por qué la salud del suelo es de repente una historia climática
Si preguntas a los investigadores por qué están obsesionados con el suelo ahora mismo, a menudo te responderán con un puñado. Un suelo sano no es plano ni muerto; está lleno de migas, túneles, raíces, hilos de hongos y diminutos bolsillos de aire. A simple vista es marrón. Bajo el microscopio parece una ciudad abarrotada.
Esa “ciudad” importa cuando el clima se vuelve extraño. Un suelo suelto y vivo absorbe la lluvia como una esponja y la retiene. Un suelo muerto y compactado repele el agua como un aparcamiento. En un año de aguaceros intensos seguidos de largas rachas secas, esta diferencia decide si los campos se inundan, los ríos se desbordan o los cultivos aguantan una ola de calor.
En el Reino Unido, una serie de ensayos agrícolas tras los inviernos húmedos de 2019–2020 ofreció a los investigadores un contraste nítido. En explotaciones donde la materia orgánica del suelo había aumentado aunque solo fuese 1–2 puntos porcentuales, las tasas de infiltración fueron mucho más altas. La lluvia que habría quedado encharcada o habría corrido hacia los caminos, en su lugar se filtró a mayor profundidad. Las pérdidas de rendimiento tras las tormentas fueron menores. En Anglia Oriental, una explotación mixta que pasó a usar cultivos de cobertura y redujo el laboreo vio cómo el agua encharcada casi desaparecía en parcelas que antes se inundaban varias veces cada invierno.
En toda Europa y Norteamérica siguen apareciendo resultados similares. Los campos con una biología del suelo más rica se recuperan antes de las sequías, con cultivos que se mantienen verdes días o semanas más que en las tierras vecinas. Ciudades que restauran el suelo en parques y arcenes ajardinados informan de menos inundaciones repentinas durante tormentas intensas. Un estudio reciente sugirió que aumentar el carbono orgánico del suelo a escala mundial podría almacenar miles de millones de toneladas de CO₂, al tiempo que estabiliza la agricultura a medida que las olas de calor se alargan y las tormentas se intensifican.
La ciencia básica es sorprendentemente sencilla. Un suelo sano es como una malla tridimensional construida a partir de raíces de plantas, redes de hongos y sustancias pegajosas creadas por microbios. Esa malla mantiene las partículas unidas en migas estables. Esas migas crean poros diminutos que atrapan agua y aire. La materia orgánica actúa como una esponja superabsorbente, reteniendo varias veces su propio peso en agua. Cuando llueve, el agua no golpea una costra dura; se filtra hacia abajo, abriéndose camino por esta arquitectura subterránea.
Cuando esa arquitectura se destruye por el arado constante, el suelo desnudo o la maquinaria pesada, el suelo colapsa. Las partículas se apelmazan, los poros desaparecen, y el agua no puede entrar. Más agua corre hacia los ríos de golpe, llevándose la capa fértil. El carbono que estaba almacenado con seguridad en el suelo se expone al oxígeno y se libera como CO₂. En un clima que se calienta, eso es exactamente lo contrario de lo que necesitamos que haga el suelo.
Lo que los investigadores dicen que realmente ayuda al suelo a soportar los extremos
Cuando preguntas a científicos del clima y del suelo qué funciona sobre el terreno, rara vez hablan de productos milagro. Hablan de hábitos. Uno de los más valorados es mantener el suelo cubierto la mayor parte del año posible. Eso puede significar cultivos de cobertura entre cosechas, acolchados en jardines, o incluso dejar los restos del cultivo en lugar de quemar o empacar hasta la última paja.
Las raíces alimentan la red trófica subterránea con azúcares. Los cultivos de cobertura lo hacen cuando el cultivo principal ya no está, como si se dejara la luz encendida para la comunidad del suelo. Sus raíces rompen la compactación, abren canales para el agua y empujan carbono a capas más profundas. A escala de explotación, los investigadores observan repetidamente mejor infiltración y menos superficies encostradas allí donde la cobertura invernal se ha usado de forma constante durante varios años.
Otro factor potente es perturbar menos el suelo. Ensayos a largo plazo en Alemania, Estados Unidos y el Reino Unido apuntan en la misma dirección: el laboreo reducido o los sistemas de siembra directa tienden a construir estructura y materia orgánica con el tiempo. Aumentan las lombrices. Mejora la infiltración. Los rendimientos pueden bajar los dos primeros años mientras los agricultores se adaptan, pero muchos lugares de ensayo muestran un mejor comportamiento durante episodios extremos una vez que el sistema se consolida.
Hay un pero: estas prácticas no son “enchufar y listo”. Algunos suelos necesitan un subsolado profundo una vez antes de pasar a una labor más ligera. Algunas mezclas de cobertura funcionan en un clima seco y fracasan por completo en uno húmedo. Y sí, a las babosas les encantan los acolchados. Los investigadores suelen insistir en que los sistemas más resilientes al clima son desordenados, adaptativos y locales, no perfectamente pulcros ni uniformes.
Los jardines y pequeñas parcelas urbanas se están convirtiendo en laboratorios inesperados en esta historia. En varias ciudades del Reino Unido, proyectos de ciencia ciudadana han comparado el comportamiento de la lluvia en céspedes compactados frente a rincones “renaturalizados” con hierba más alta, hojas y plantas con flor. Durante chubascos fuertes, voluntarios registraron una desaparición más rápida de los charcos y menos escorrentía superficial en las zonas más silvestres. El suelo bajo ellas tenía un olor más rico, un color más oscuro y más vida visible: escarabajos, lombrices, hilos de hongos abrazando raíces viejas.
Una hortelana en parcelas de Leeds contó a los investigadores que sus bancales, acolchados con compost casero y cubiertos de plantas casi todo el año, siguieron siendo trabajables durante un diluvio primaveral que dejó anegadas las parcelas vecinas durante una semana. Sus zanahorias aun así germinaron a tiempo. Puede sonar pequeño, pero multiplicado por miles de jardines y zonas verdes, esos pequeños retrasos en las inundaciones y esas cosechas salvadas se convierten en un tipo de resiliencia climática más silenciosa: menos cultivos perdidos, menos desagües desbordados, menos intervenciones de emergencia.
La lógica detrás de estos casos no tiene nada de mística. Cuando devolvemos material orgánico al suelo -compost, restos triturados de poda, estiércol en agricultura- estamos alimentando el motor que construye estructura. Las lombrices arrastran fragmentos hacia abajo. Los hongos los tejen en agregados. Los microbios los descomponen hasta formar humus, esa fracción oscura y esponjosa que retiene tanto agua como nutrientes.
Los modelos climáticos predicen que en muchas partes del Reino Unido caerá más lluvia en episodios cortos e intensos, junto con periodos secos más largos. Ese patrón castiga por partida doble a un suelo desnudo y agotado. Primero, durante la tormenta, porque el agua escurre en vez de infiltrarse. Después, durante las semanas secas, porque hay poca humedad almacenada para sostener a las plantas. Un suelo sano invierte ese guion: convierte la lluvia fuerte en una cuenta de ahorro de agua y luego “gasta” esa humedad lentamente durante la sequía.
Los investigadores son tajantes en una cosa: los arreglos técnicos por sí solos no pueden competir con el cuidado del suelo a largo plazo. Las barreras contra inundaciones ayudan. Las nuevas variedades resistentes a la sequía ayudan. Pero si el suelo en sí no puede retener agua ni carbono, estamos achicando un barco con una cuchara.
Pequeños movimientos prácticos que se suman para crear resiliencia climática
En lo práctico, los científicos del suelo vuelven una y otra vez a una especie de mantra silencioso: proteger, alimentar, diversificar. Proteger la superficie para que no quede desnuda. Alimentar la vida subterránea con materia orgánica. Diversificar las plantas y los momentos para que haya raíces vivas en el suelo durante más tiempo del año. En conjunto, estos tres movimientos cambian cómo se comporta el suelo cuando el tiempo se vuelve extremo.
Para un agricultor, eso puede empezar con una cobertura invernal sencilla como centeno y trébol tras un cereal, o con cambiar una parte pequeña de la finca a laboreo reducido a modo de prueba. Para un jardinero, puede ser algo tan poco glamuroso como dejar las hojas de otoño bajo los arbustos, o extender una capa fina de compost sobre los bancales en lugar de cavarlo cada año. El objetivo no es la perfección; es empujar el suelo a volver a ser una esponja en vez de un ladrillo.
Los investigadores suelen sugerir un hábito más que suena aburrido pero funciona: observar. Abrir un pequeño hoyo de prueba una o dos veces al año, fijarse en lo profundas que llegan las raíces, en lo fácil que es desmenuzar la tierra, en lo rápido que desaparece el agua cuando viertes una regadera. Este tipo de retroalimentación lenta encaja con lo que dicen los datos: la resiliencia se construye en años, no en semanas.
Sobre el papel, todo esto puede parecer una lista ordenada. En la vida real, es un lío. Fallan las mezclas de semillas. Un otoño húmedo impide sembrar la cobertura. Se acaba el compost. Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días. Los investigadores que trabajan de cerca con agricultores dicen que el “error” más común no es hacer lo incorrecto; es rendirse antes de que el suelo tenga tiempo de cambiar.
Otra trampa frecuente es ir demasiado fuerte, demasiado rápido. Pasar toda una explotación a siembra directa de la noche a la mañana sin un plan para malas hierbas o gestión de residuos puede ser brutal. En jardines, apilar acolchados gruesos y húmedos contra las paredes de la casa puede atraer babosas y humedad. Angustiada por el cambio climático, la gente a veces trata el suelo como si fuese un gadget: compra unos productos, espera resultados inmediatos y pasa a otra cosa si no aparecen.
Los científicos del suelo recomiendan empezar por lo que encaje en tu vida. Un campo, no toda la finca. Un bancal del jardín, no un rediseño total. En un balcón urbano, incluso un único contenedor profundo gestionado como un pequeño “sistema de suelo” -con aportes de compost por arriba, diversidad de plantas y mínima perturbación- forma parte del panorama. A nivel psicológico, esta experimentación a pequeña escala importa tanto como las ganancias medibles de carbono. Crea sensación de capacidad de acción.
«Cuando hablamos de suelo y clima, la gente imagina algo abstracto y lejano», dice un ecólogo del suelo del Reino Unido que ha trabajado con agricultores durante dos décadas. «Luego clavan la pala, ven lombrices donde no había ninguna hace tres años, y de repente se vuelve real. La resiliencia climática literalmente se retuerce en sus manos».
Los investigadores suelen esbozar algunos peldaños prácticos para cualquiera que quiera apoyar la salud del suelo, desde jardineros de balcón hasta grandes propietarios de tierras:
- Empieza observando: color, olor, facilidad para cavar, presencia de lombrices, encharcamiento tras la lluvia.
- Mantén la superficie cubierta con plantas o acolchados orgánicos siempre que razonablemente puedas.
- Añade materia orgánica poco y a menudo, en lugar de aportes raros y masivos.
- Reduce la perturbación profunda o frecuente cuando sea posible, e introduce más diversidad vegetal.
- Registra una métrica sencilla a lo largo del tiempo: materia orgánica del suelo, recuento de lombrices o fotos después de tormentas.
A nivel humano, hay un hilo emocional silencioso que recorre estos estudios. En un planeta que se calienta, mucha de la información parece lejana e incontrolable: mantos de hielo, medias globales, ppm de CO₂. Escarbar en el suelo es lo contrario. En un pequeño trozo de tierra, con tus propias manos, puedes ver el cambio.
A escala de explotación, una mejor salud del suelo significa menos fracasos de cosecha devastadores tras una tormenta extraña, menos días viendo el agua estancada en los campos como una acusación. En las ciudades, significa un sótano menos inundado, un desagüe menos atascado, un árbol más que sobrevive a un verano abrasador. En un balcón, quizá significa hierbas aromáticas que no se mustian en la primera ola de calor. En un huerto compartido, puede sentirse como vecinos intercambiando compost y consejos, no solo hablando de preocupación.
Todos hemos tenido ese momento en que el tiempo hace algo que nunca habías visto y te sorprendes pensando: «Así que es esto. Este es el nuevo normal». La investigación sobre el suelo no pretende borrar esa sensación. Ofrece un contrapeso. Un lugar donde causa y efecto están lo bastante cerca como para tocarlos.
Bajo el microscopio, un suelo sano parece caótico. Bajo una bota, se siente elástico. Bajo el estrés de la sequía o la inundación, aguanta más de lo que nadie espera. Cuanto más excavan los investigadores, más claro queda el patrón: la resiliencia climática no se construye solo en salas de conferencias o centrales eléctricas. También se está cosiendo, miga a miga, en la oscuridad justo bajo nuestros pies.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| El suelo como esponja | La estructura del suelo sano y su materia orgánica le permiten absorber y almacenar lluvias intensas. | Ayuda a explicar por qué algunos lugares se inundan o se secan más rápido que otros. |
| El suelo vivo almacena carbono | Microbios, raíces y humus retienen CO₂ mientras mejoran la fertilidad. | Muestra cómo el cuidado cotidiano del suelo conecta directamente con la acción climática. |
| Los pequeños hábitos importan | Cobertura, aportes orgánicos y menos perturbación construyen resiliencia a lo largo de los años. | Ofrece pasos concretos que cualquiera puede aplicar, de jardines a explotaciones. |
Preguntas frecuentes
- ¿Cómo reduce exactamente un suelo sano las inundaciones?
Su estructura desmenuzable y su mayor materia orgánica crean poros que absorben y retienen más lluvia, ralentizando la escorrentía hacia desagües y ríos.- ¿De verdad los suelos de jardín pueden marcar una diferencia en la resiliencia climática?
Individualmente son pequeños, pero a lo largo de millones de jardines y parques influyen en las inundaciones locales, la refrigeración y el almacenamiento de carbono.- ¿La “no excavación” o la siembra directa siempre mejoran la salud del suelo?
A menudo sí con el tiempo, pero los resultados dependen del tipo de suelo, el clima, la gestión de residuos y la presión de malas hierbas; no es una solución universal.- ¿Cuánto se tarda en ver cambios en la salud del suelo?
Algunos cambios, como más lombrices o mejor infiltración, pueden aparecer en un par de años; los cambios más profundos en materia orgánica tardan más.- ¿Añadir fertilizante es lo mismo que mejorar la salud del suelo?
Los fertilizantes sintéticos alimentan a las plantas, no al ecosistema del suelo; las mejoras reales de salud del suelo vienen de la estructura, la biología y la materia orgánica.
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