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Los psicólogos admiten que tararear en voz baja es una costumbre infantil que no reduce el estrés ni mejora la concentración.

Mujer tocándose el cuello mientras estudia en un escritorio con portátiles, cuaderno y una taza de té.

Laptops brillaban, los hombros estaban tensos y el aire se sentía más denso de lo normal. En el escritorio del fondo, un chico con sudadera gris empezó a hacer algo casi infantil: tarareaba, apenas audible, como una nevera en modo ahorro. A los pocos segundos, aflojó la mandíbula. Los dedos se le movieron más rápido sobre el teclado. Dos compañeros alzaron la vista, compartieron una sonrisa mínima y volvieron a sus pantallas. Sin meditación guiada. Sin app cara. Solo ese sonido discreto y obstinado, saliendo del fondo de su garganta. Entonces, ¿por qué tantos psicólogos dicen ahora que este “truco” no funciona de verdad?

¿Tararear es solo una mantita de seguridad para adultos?

Pregúntale a un psicólogo en una clínica urbana con mucho trajín qué opina del tarareo suave, y muchos se encogerán de hombros. Parece algo tierno, casi dulce. Pero durante años, la línea oficial ha sido que es un hábito infantil de auto-calma, más placebo que ciencia. Lo serio, nos dicen, es el trabajo respiratorio, la TCC, la medicación, las rutinas estructuradas. ¿Tararear? Eso va con garabatear en los márgenes y dar vueltas en la silla.

Y, sin embargo, cualquiera que haya visto a un compañero estresado tararear para atravesar una fecha límite brutal sabe que no es solo una manía simpática. Los hombros bajan. La mirada se estabiliza. La sala cambia, aunque nadie lo diga en voz alta. La tensión no desaparece, pero se vuelve soportable. Casi se puede notar cómo el sistema nervioso baja un punto.

Entonces, ¿por qué tantos profesionales lo siguen descartando como un “truco”? Parte de la respuesta es el branding. Tararear no suena serio ni clínico. No encaja en protocolos ordenaditos ni en formularios de aseguradoras. Y es difícil de empaquetar y vender. También hay miedo, entre algunos expertos, a que si aplaudimos estas herramientas pequeñas e improvisadas, la gente se salte el trabajo profundo. Pero al cuerpo le da igual la teoría. Responde a la vibración, al ritmo y a la respiración, lo apruebe o no un manual de terapia.

Qué hace realmente el tarareo dentro de tu cuerpo

Imagina tu sistema nervioso como un mando de volumen. La mayoría de los días está un poco demasiado alto. El tarareo suave es como una mano que se acerca con cuidado a ese mando y lo baja un punto. Exhalas más tiempo del que inhalas. El pecho se afloja. La mandíbula deja de comportarse como si estuviera guardando un secreto. Esa pequeña vibración en la garganta no es solo sonido: es una señal física.

Los estudios sobre la “respiración con tarareo” y prácticas similares muestran algo interesante: la vibración parece estimular el nervio vago, ese nervio largo y errante que le dice a tu cuerpo cuándo está a salvo. La frecuencia cardiaca puede bajar. La presión arterial puede suavizarse. Algunos experimentos incluso encontraron niveles más altos de óxido nítrico en la cavidad nasal cuando la gente tarareaba, lo que sugiere mejor flujo de aire y un pequeño impulso a la circulación. No estamos hablando de una cura milagrosa. Solo de unos milímetros de alivio en un día que se siente diez tallas más pequeño.

Los psicólogos que llaman “infantil” al tarareo a menudo pasan por alto esta biología silenciosa. Tienen razón en que tararear no resolverá un trauma, no arreglará el burnout ni sustituirá la terapia. Pero se saltan un detalle humano clave: cuando el estrés está al límite, incluso una palanca pequeña puede cambiar el desenlace. Un tarareo de 20 segundos en el coche aparcado antes de una conversación difícil. Un tono bajo y privado antes de pulsar “unirse” en una videollamada hostil. La lógica por sí sola no hace eso. El sonido sí.

Cómo tararear de una forma que de verdad ayuda

Si tu idea de tararear son melodías de dibujos animados medio recordadas en la ducha, hay otra versión que merece la pena probar. Empieza cerrando los labios con suavidad, como cuando dices “mmm” ante un postre rico. Inhala despacio por la nariz y, al exhalar, deja salir un tarareo bajo y tranquilo. Mantén un tono grave y constante, casi como un gato ronroneando desde el pecho.

Siente la vibración en los labios, en las mejillas y quizá incluso en el pecho. Apunta a unas cinco o seis respiraciones lentas, no a una canción entera. No estás actuando: estás afinando. Ese es el punto que muchas guías se saltan: el objetivo es la sensación, no la melodía. Si te mareas, para y haz una pausa. Tararear debería sentirse como hundirse en agua templada, no como intentar llegar a una nota alta.

La gente suele pasarse la primera vez. Tararea demasiado fuerte o empuja el aire como si estuviera inflando un globo rebelde. Eso solo añade tensión. El punto justo es casi vergonzosamente pequeño. Pruébalo en los semáforos. En el baño del trabajo. En la cama, cuando los pensamientos van a toda velocidad. Seamos honestos: nadie hace esto todos los días. Pero quienes vuelven a ello aunque sea una o dos veces por semana suelen describir el mismo cambio silencioso: “Mi cabeza deja de gritar tanto”.

Algunos terapeutas están empezando a suavizar su postura, al menos en privado. Una psicóloga clínica me dijo tomando un café:

“Sobre el papel, tararear es una tontería. En el mundo real, mis pacientes más ansiosos recurren a rituales pequeñitos así para sobrevivir a los huecos entre sesiones. Prefiero que tarareen a que se pongan a hacer scroll hasta entrar en pánico.”

Bajo el radar, algunos especialistas en trauma ya incluyen el tarareo en sus herramientas, sobre todo para pacientes a quienes la meditación clásica se les hace cuesta arriba. Para las personas a las que el silencio les resulta amenazante, el sonido puede sentirse más seguro que la quietud. Eso rara vez aparece en guías oficiales, pero es lo que ocurre en salas reales, con personas reales, a las 19:00 de un jueves cuando el día ya se ha torcido.

Para quienes prefieren indicaciones sencillas, aquí tienes un marco rápido para tener en mente:

  • Elige un momento: antes de reuniones, durante desplazamientos o justo al terminar de trabajar.
  • Mantenlo en privado: volumen bajo, labios cerrados, ráfagas cortas.
  • Observa tu cuerpo: mandíbula, hombros, respiración, pecho.
  • Para si te molesta: forzarlo mata el efecto.

Por qué los expertos se resisten a soluciones pequeñas y “ridículas”

Hay una jerarquía no dicha en salud mental. Arriba: métodos certificados, estudios revisados por pares, manuales gruesos. Abajo: todas esas cosas improvisadas y desordenadas que la gente hace cuando nadie la mira. Tararear, caminar de un lado a otro, acariciar al perro hasta que te duelan los dedos. Estos gestos parecen demasiado normales como para merecer respeto. Así que se apartan como “trucos infantiles”.

A nivel humano, esto crea una brecha extraña. Nos dicen que nos tomemos la salud mental en serio, pero muchas de las cosas que nos ayudan a sobrevivir parecen poco serias. Esa disonancia agota. En un mal día, no eres un caso de estudio. Eres alguien atrapado en un atasco, tarareando el mismo patrón de cuatro notas porque algo en el pecho se afloja cada vez. Eso no es infantil. Es ingenioso.

En una nota más cínica, tararear no le hace ganar dinero a nadie. No puedes convertirlo en una suscripción mensual. No hay un panel brillante, ni un gráfico de progreso. Eres tú y un sonido que hace tu propio cuerpo. Eso lo hace más difícil de vender y más fácil de despreciar. Y, aun así, si quitas la jerga, muchas prácticas de autorregulación se reducen a los mismos ingredientes básicos: respiración, ritmo, conciencia y una forma de decirle a tu sistema nervioso: “Ahora mismo no estás en peligro”. El tarareo suave hace exactamente eso, en un idioma que tu cuerpo ya entiende.

La próxima vez que te sorprendas tarareando en la cola del supermercado, en tu escritorio o doblando ropa tarde por la noche, quizá lo veas de otra manera. Ese ruidito no es un fallo infantil al gestionar las cosas. Es una microherramienta que tu cerebro sacó de una estantería polvorienta, un vestigio de cuando te calmaban las nanas y el zumbido bajo de los electrodomésticos. Es pequeño. Es imperfecto. No es una cura. Pero puede que sea una de las pocas “técnicas” contra el estrés que de verdad recordarás usar cuando la vida sube el volumen.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Tararear no es solo placebo La vibración y una exhalación lenta pueden activar el nervio vago y reducir la activación Aporta una forma sencilla y corporal de bajar el estrés rápido
Funciona mejor en dosis pequeñas Cinco o seis respiraciones suaves, volumen bajo, foco en la sensación Hace que el hábito sea realista en días ocupados y estresantes
Los expertos están cambiando poco a poco Algunos terapeutas ya sugieren tararear entre sesiones Valida un hábito “infantil” y reduce la culpa por usarlo

Preguntas frecuentes

  • ¿De verdad tararear es inútil para el estrés, como dicen algunos psicólogos? No es inútil, solo es limitado. No curará heridas profundas, pero puede sacar rápidamente al cuerpo de un mini-pánico o de una espiral de tensión.
  • ¿Tararear puede mejorar la concentración en el trabajo? Indirectamente, sí. Al calmar un punto tu sistema nervioso, puede ser más fácil mantenerte en una tarea en lugar de saltar entre pestañas.
  • ¿Cuánto tiempo debería tararear para notar algún efecto? Muchas personas notan un pequeño cambio tras 30–60 segundos, especialmente si tararean durante una exhalación lenta y prestan atención a la vibración.
  • ¿Hay un “tono” o una melodía “correctos”? No hay reglas estrictas. Funciona mejor un tono grave y cómodo. A algunos les gusta una sola nota; otros, un patrón simple y repetitivo. La melodía no importa.
  • ¿Tararear podría empeorar la ansiedad? En algunas personas, centrarse en la respiración o en el sonido puede resultar incómodo. Si te tensa más, no pasa nada por dejarlo y probar otra herramienta.

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