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Más de 90.000 kilómetros de setos replantados protegen la fauna y mejoran la salud del suelo.

Persona con guantes de cuero cultiva plantas en un campo, mientras un pájaro observa cercano al suelo fértil.

Pero acércate un paso más y el aire cambia. Las abejas zumban bajo sobre las flores blancas, un chochín aparece y desaparece entre el enredo, y la tierra bajo tus botas se nota blanda en vez de muerta y polvorienta. En algún punto a tu espalda, pasa un tractor con un rugido sordo, y después vuelve el silencio, denso y lleno de vida.

El agricultor que está junto a este seto no habla de rendimiento ni de subvenciones. Señala escarabajos, hongos, pequeñas madrigueras en el talud. Hace diez años, este lindero era alambre desnudo y viento. Ahora es un corredor. Un refugio. Una revolución lenta que recorre los bordes de su tierra.

Extiende esta imagen por un continente y empiezas a ver algo grande. Algo silenciosamente radical.

De campos desnudos a corredores vivos

En una húmeda mañana de primavera en el norte de Francia, una fila de voluntarios avanza por un campo como una extraña cinta transportadora embarrada. Uno cava, otro coloca un joven espino albar, otro afirma la tierra con la bota. Charlan, tienen algo de frío, se ríen a medias y a medias maldicen la arcilla pegajosa. En una hora, aparecen veinte metros de seto donde antes no había más que viento y escorrentía.

Ahora multiplica esa escena por miles. Por toda Europa y más allá, en los últimos años se han replantado más de 90.000 kilómetros de setos. Es, aproximadamente, la distancia de dar dos vueltas a la Tierra por el ecuador, no con hormigón ni vallas, sino con venas verdes vivas. Cada nuevo tramo se convierte en un pequeño amortiguador climático, un refugio para la fauna y un escudo contra la erosión del suelo.

La escala suena abstracta hasta que recuerdas que cada kilómetro empieza con un agujero en el suelo y un plantón en la mano de alguien.

En el suroeste de Inglaterra, un estudio siguió una vieja granja que había arrancado setos en los años setenta para “modernizarse”. Los rendimientos subieron durante un tiempo y luego se estancaron a medida que los suelos se adelgazaban y las plagas se extendían más rápido por los campos abiertos. Cuando la familia empezó a replantar setos en los años 2000 -unos cientos de metros cada invierno-, el cambio les pilló desprevenidos. Primero volvieron las aves, luego los murciélagos. En cinco años, bajaron los daños por plagas y redujeron el uso de pesticidas.

Los análisis del suelo contaron una historia más silenciosa. Bajo los setos, aumentó la materia orgánica. El recuento de lombrices se duplicó. La lluvia que antes corría en lámina por la superficie empezó a infiltrarse a lo largo de esos taludes densos, entrelazados de raíces. Nada espectacular. Solo, año tras año, pequeñas ganancias cosidas a los márgenes de campos que parecían “productivos”, pero que iban perdiendo vida de forma constante.

Ese arco se repite en paisajes que han llevado la agricultura industrial casi al límite. Los setos no son nostalgia; son un seguro.

Si te alejas de una sola explotación, la lógica de los setos se vuelve casi dolorosamente evidente. Un campo desnudo es una pista de carreras para el viento y el agua. La lluvia golpea con fuerza, levanta el suelo y lo arrastra ladera abajo. En verano, el aire caliente azota el terreno, arrancando los últimos restos de humedad de la tierra expuesta. La fauna no tiene dónde ocultarse, y así las plagas dominan porque sus depredadores han desaparecido junto con la cobertura.

Un seto interrumpe todo eso. Sus raíces trenzan el suelo y ralentizan la escorrentía. Su forma irregular rompe el viento, creando bolsas de aire más calmado donde la humedad se mantiene. Hojas y ramitas caen y alimentan hongos y microorganismos que construyen la estructura del suelo desde arriba. Aves, escarabajos, arañas, pequeños mamíferos: lo usan como autopista y como hogar, y con ello reequilibran silenciosamente quién se come a quién en los campos de alrededor.

Así que cuando oyes “90.000 kilómetros de setos”, en realidad estás oyendo “90.000 kilómetros de pequeños reguladores del clima y refugios de biodiversidad cosidos de nuevo a un campo desgarrado”.

Cómo se reconstruyen los setos - y cómo no estropearlos

El gesto básico suena casi demasiado simple: abrir una línea, plantar una mezcla de arbustos y árboles autóctonos, protegerlos durante unos años y luego dejar que la naturaleza haga el resto. Pero sobre el terreno, los proyectos con más éxito siguen una especie de artesanía discreta. Agricultores y equipos de restauración eligen especies que ya conocen el clima: espino albar, endrino, avellano, rosal silvestre, arce campestre. Plantan con densidad, a veces en tres o cuatro hileras, para construir una columna vertebral compacta en vez de una línea débil y parcheada.

La separación importa. Si está demasiado junto, el seto compite consigo mismo; si está demasiado separado, se abren huecos por donde el viento se cuela como un cuchillo. Por eso buscan ese punto justo en el que las ramas se entretejen entre sí, formando a la vez barrera y hábitat. El acolchado (mulch) frena las malas hierbas en los primeros años, mientras que vallas bajas protegen el seto del ganado o de tractores demasiado entusiastas. Al principio parece quisquilloso. Luego, un día, desaparece dentro del verde, como si siempre hubiera estado ahí.

A la gente le encanta la idea de los setos y, sin embargo, al empezar el trabajo tropieza a menudo con los mismos errores. Algunos plantan una sola especie en tramos largos porque es más barato y más fácil de gestionar. El resultado puede verse ordenado, pero debilita el seto frente a enfermedades y ofrece menos nichos para la vida silvestre. Otros recortan los setos nuevos hasta convertirlos en cajas duras y estériles cada año, más parecidos a cercas vivas que a ecosistemas vivos.

También está el problema del calendario. Podar setos en plena época de nidificación de las aves elimina nidadas de un solo paso. Muchos países impulsan o exigen ahora el recorte en invierno, cuando las aves no nidifican y las bayas suelen estar ya comidas. Y luego está el asunto oculto: dejar que los setos queden demasiado ralos en la base. Ese hueco es una puerta abierta a la erosión y al viento. Los setos sanos son densos desde el suelo hasta el cielo, no “árboles piruleta” flotando sobre taludes desnudos.

En una granja de Bretaña, un especialista en setos lo resumió ante un grupo de nuevos propietarios en una frase impecable:

«Trata un seto como una fila de vecinos salvajes, no como un mueble de jardín».

Esa mentalidad lo cambia todo. Empiezas a dejar madera muerta en su sitio para los insectos. Aceptas un poco de desorden en los bordes porque ahí es donde ocurre la mejor vida. Podas con menos frecuencia y con más intención, usando métodos tradicionales como el pleaching o “acodado/entrelazado” -cortar parcialmente y doblar tallos para engrosar la base- en lugar de afeitar la parte superior plana cada año.

Para quien quiera apoyar este cambio, ayudan algunos enfoques sencillos:

  • Diversidad ante todo - las especies autóctonas mezcladas superan a los setos uniformes en resiliencia y valor para la fauna.
  • Importan la altura y el grosor - setos altos, en varias hileras, protegen el suelo y ofrecen refugio real.
  • Gestión suave - un recorte menos frecuente y más inteligente preserva nidos, bayas y estructura.
  • Pensar en corredores - cada seto es más potente cuando conecta con otro parche de hábitat.

Seamos honestos: nadie hace esto a la perfección todos los días. Pero cada vez que alguien elige la versión más silvestre, ligeramente desordenada, frente a la línea impecable, está apostando por un futuro que de verdad respira.

Una red silenciosa que podría cambiar cómo cultivamos

Ponte en el borde de uno de estos setos replantados y síguelo con la mirada. Llega a un pequeño bosquete de robles, luego a otro seto, luego a una hondonada húmeda que a veces se llena como charca estacional. De repente, la granja deja de parecer un conjunto de rectángulos y empieza a parecer una telaraña. Es en esas conexiones donde se cuela la resiliencia climática.

Los agricultores que antes veían los setos como una molestia empiezan a hablar de ellos como aliados. Algunos notan menos cultivos tumbados por el viento. Otros ven cómo el agua aguanta más tiempo durante las rachas secas, almacenada en los suelos sombreados bajo la línea del seto. Unos pocos son tajantes: sin estos amortiguadores, dicen, la próxima sequía o el próximo aguacero les habría golpeado mucho más. En días de mal tiempo, los setos son la diferencia entre “una campaña dura” y una pérdida seria.

Hay también una corriente emocional, rara vez mencionada en los informes. En una tarde de niebla, caminar junto a un seto vivo de crujidos invisibles se siente distinto que cruzar un campo desnudo y rociado. Te sientes parte de un lugar, no solo atravesando una unidad de producción. A escala mundial puede sonar pequeño. A escala humana, es enorme.

Más de 90.000 kilómetros de setos replantados ya están remodelando el suelo, dando refugio a la fauna y ayudando a los paisajes a soportar un clima más duro. La cifra crecerá y, con ella, las preguntas: ¿hasta dónde puede llegar este enfoque en zonas de agricultura intensiva? ¿Quién paga el trabajo silencioso de los márgenes? ¿Qué historias contarán los niños sobre estas líneas verdes antes olvidadas cuando sean adultos caminando por los mismos senderos?

Cada nuevo seto es una apuesta por una forma más lenta y rica de usar la tierra. Algunos fracasarán, algunos se recortarán demasiado, algunos prosperarán más allá de lo que nadie esperaba. Todos hablan el mismo idioma: la vida en los bordes no es un asunto secundario, es la trama principal. La próxima vez que pases junto a una línea desaliñada de arbustos y árboles entre campos, quizá merezca la pena parar un minuto y simplemente escuchar.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Los setos regeneran el suelo Las raíces estabilizan los taludes, aumenta la materia orgánica, el agua se infiltra en lugar de escurrir Ayuda a entender cómo elementos simples del paisaje protegen la seguridad alimentaria
90.000+ km replantados Red masiva entre explotaciones que crea corredores de fauna y amortiguadores climáticos Muestra que es un cambio real y a gran escala, no solo unos pocos proyectos piloto “verdes”
La gestión importa Especies mezcladas, recorte suave y visión de corredor convierten cercas en ecosistemas Ofrece palancas prácticas para propietarios, votantes y consumidores que buscan impacto

Preguntas frecuentes

  • ¿Dónde se están plantando la mayoría de estos nuevos setos? Gran parte del boom actual está en Europa -especialmente Francia, Reino Unido, Irlanda, Bélgica y Alemania-, a menudo con apoyo de fondos públicos, aunque proyectos similares se están extendiendo en Norteamérica y en partes de Asia.
  • ¿Los setos reducen el rendimiento de los cultivos por ocupar espacio? Ocupan una pequeña franja en los bordes, pero muchas explotaciones ven rendimientos netos estables o incluso mejores con el tiempo gracias a una mejor salud del suelo, menos erosión y menor presión de plagas.
  • ¿Cuánto tarda un seto nuevo en ser útil para la fauna? Las aves y los insectos empiezan a usarlo en un par de años, pero la estructura completa -con cobertura densa, cavidades y una vida del suelo rica- suele formarse en 10–15 años.
  • ¿Pueden pequeños propietarios o jardineros copiar este enfoque? Sí. Plantar un seto mixto de especies autóctonas en lugar de una valla estéril, incluso en una parcela pequeña, crea refugio, alimento y sombra, y conecta con otros parches verdes cercanos.
  • ¿De verdad son relevantes los setos para el cambio climático? Almacenan carbono en la biomasa leñosa y en los suelos, pero su mayor valor climático está en amortiguar los extremos: ralentizan inundaciones, reducen daños por viento y ayudan a los paisajes a retener agua.

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