Mientras algunos jefes tecnológicos juran que esta era está llegando a su fin, que el futuro se jugará en gafas, cascos o interfaces invisibles, Apple parece observar la escena con una calma casi provocadora. Allí donde las predicciones entierran el smartphone, Tim Cook lo vuelve a colocar en el centro del tablero. No gritando más fuerte que los demás, sino interpretando una partitura distinta. Menos espectacular en apariencia, mucho más estratégica entre bambalinas.
Una noche reciente, en un metro abarrotado de Londres, me puse a contar. De quince personas de pie a mi alrededor, trece tenían los ojos pegados a su pantalla. Solo una leía un libro en papel; otra simplemente miraba por la ventana. Nadie hablaba. Los rostros estaban iluminados por esa luz blanca y fría que se reconoce al instante. Era casi religioso. Esta escena anodina, cotidiana, resume sin embargo la obsesión silenciosa que estructura nuestros días. Y plantea una pregunta sencilla, pero inquietante.
A fuerza de repetir que el smartphone está “muerto”, ¿no nos estaremos contando un bonito cuento entre directivos de Silicon Valley… mientras la gente normal sigue viviendo dentro de su pantalla?
La profecía “post-smartphone” frente a la silenciosa desobediencia de Apple
Desde hace unos años, las grandes conferencias tecnológicas se parecen a un concurso de rupturas anunciadas. Mark Zuckerberg se juega su reputación al metaverso. Satya Nadella habla de una “nube omnipresente” y de IA generativa en el día a día. Los fundadores de start-ups juran que la próxima ola vendrá de la mano de las gafas conectadas o de asistentes de voz por todas partes, todo el tiempo.
En este relato, el smartphone se convierte casi en un viejo electrodoméstico. Útil, pero ya pasado de moda en el imaginario de quienes quieren “inventar el futuro”. Se habla de contadores de objetos conectados, de gemelos digitales, de realidades superpuestas. El teléfono, en cambio, se queda en el bolsillo, como si ya hubiéramos pasado página. En el escenario, nadie quiere detenerse demasiado en él.
Sin embargo, cuando se abandonan las diapositivas pulidas y se miran las cifras, la historia cambia por completo. Según IDC, en 2024 se vendieron cerca de 1.200 millones de smartphones en el mundo. El gasto móvil representa la mayor parte del tráfico global de internet. En algunos países, el teléfono no es solo la pantalla principal: es la única. Ni ordenador, ni tableta; solo ese rectángulo de cristal que lo hace todo.
Las empresas lo saben perfectamente. Los bancos diseñan primero para móvil, los medios también. Los restaurantes gestionan sus pedidos en el smartphone; los conductores de VTC trabajan a través de apps. El relato del “post-smartphone” choca con una realidad muy tozuda: el móvil sigue siendo el mando a distancia de la vida moderna. Decir que la era del smartphone se ha acabado es un poco como anunciar el fin del coche mientras los aparcamientos están llenos.
Apple, en medio de este estruendo de futurismo, interpreta una partitura distinta. Tim Cook no niega el auge de los cascos de realidad mixta o de la IA ambiental; al contrario. Los vende. Los abraza. Pero describe el iPhone como el corazón de un ecosistema, no como un producto al final de su ciclo. Vision Pro, Apple Watch, AirPods, incluso servicios como iCloud o Apple Music: todo vuelve al teléfono como punto de anclaje.
En lugar de proclamar la muerte del smartphone, Cook lo potencia. Lo convierte en el mando universal de la salud, el entretenimiento y el hogar conectado. El iPhone ya no es solo el objeto: es la llave de entrada a todo lo demás. Donde otros ya sueñan con un mundo sin pantalla central, Apple apuesta por que ese centro va a mutar, no a desaparecer.
Bajo Tim Cook, el iPhone se convierte en el silencioso sistema operativo de la vida
Basta con ver un lanzamiento reciente de iPhone para captar este desplazamiento. Ya no se habla solo de diseño, colores o delgadez. Tim Cook insiste en el chip, en la IA integrada, en la fotografía con poca luz, en la seguridad. Muestra cómo el iPhone alimenta al Watch, cómo el Apple Vision Pro se configura a través del teléfono, cómo el monedero digital se integra en todas partes.
Ya no es un gadget brillante: es una especie de herramienta invisible que se inserta en cada rincón del día. El iPhone se vuelve algo así como el sistema nervioso privado del usuario. Abres la puerta, pagas el transporte, mides el sueño, firmas contratos. La magia ya no está en el icono que se mueve; está en que todo funciona en conjunto sin que tengas que pensarlo.
Un ejemplo concreto lo ilustra muy bien. Imagina a un usuario de iPhone, Apple Watch y AirPods en 2025. La alarma suena en el teléfono, pero es el reloj el que vibra primero para un despertar más suave. Sale a correr, los AirPods detectan automáticamente su sesión y ponen una lista de reproducción adecuada. Vuelve a casa, recibe una videollamada en el iPhone y, con un gesto, pasa al Mac. Más tarde, se pone un Vision Pro para ver una película… que se sincroniza al instante con sus AirPods y sus ajustes de luz.
Nada de esto es espectacular por separado. Junto, cuenta algo claro: el smartphone ya no es la estrella; es el director de orquesta. El resto del ecosistema brilla, pero es el iPhone quien da la nota, quien autentica, configura y protege. En la vida real, eso es lo que más importa. No el concepto futurista: la fricción que desaparece.
Más allá del relato de marketing, el análisis estratégico es contundente. Apple gana donde reina la continuidad, no donde todo explota con cada nueva moda. Tim Cook ha construido su éxito sobre la cadena de suministro, la regularidad, el margen y el control del detalle. Su visión del smartphone sigue la misma lógica: el teléfono como plataforma estable sobre la que se puede injertar el futuro, sin obligar a todo el mundo a cambiar de paradigma cada dos años.
Los otros gigantes tecnológicos, en cambio, tienen interés en volcar la mesa. Meta necesita liberarse de su dependencia de Apple y Google. Google sueña con un mundo donde la IA sea la puerta de entrada, no el buscador. Microsoft quiere un futuro que gire en torno a la IA generativa y la nube, no a un dispositivo que no controla. Apple, por el contrario, gana si el smartphone sigue siendo el centro de gravedad. No es solo una divergencia filosófica: es un conflicto de intereses estratégico.
Lo que esto significa para ti: cómo navegar un mundo “post-smartphone” que sigue funcionando con teléfonos
Para el usuario, la cuestión se vuelve muy concreta: ¿qué hacer con el smartphone en este momento extraño en el que se anuncia su final… cuando nunca ha sido tan indispensable? El primer truco consiste en verlo como un hub, no como una caja fuerte de apps olvidadas. Se puede empezar por lo básico: hacer limpieza y dejar en la pantalla de inicio solo las apps que se usan cada día para trabajar, comunicarse, desplazarse o cuidarse.
El resto puede retroceder un paso, guardado en carpetas o desinstalado. La idea no es convertirse en un minimalista perfecto; es asumir que esa pequeña pantalla ya maneja media vida. Mejor organizarla como tal. Una buena prueba: si una app no hace el día más fluido, más sereno o más enriquecedor, quizá no tenga nada que hacer en primera línea.
En salud digital, el discurso suele ser culpabilizador: reducir tiempo de pantalla, cortar notificaciones, hacer pausas. Seamos sinceros: nadie hace eso de verdad todos los días. El gesto más realista es elegir tres momentos realmente protegidos: la cena, los treinta primeros minutos tras despertar y la hora antes de dormir. En esas ventanas, el smartphone vuelve a ser un simple objeto, colocado más lejos.
También se pueden usar las herramientas que ya incorporan los fabricantes. En iPhone: modos de Concentración, resúmenes de notificaciones, límites de apps. En Android: paneles de bienestar digital. En lugar de ignorarlas o aspirar a una perfección imposible, se pueden ajustar a tu vida real. Lo importante no es ser un monje digital, sino no estar permanentemente en estado de alerta silenciosa.
En Apple y en otros sitios, los directivos saben que la relación con el smartphone se vuelve emocional, casi íntima. Tim Cook lo ha dicho entre líneas en varias entrevistas:
“El iPhone no es solo una pieza de tecnología. Para muchas personas es su cámara, su banco, su conexión con la gente que aman. Cuando cambias eso, no solo estás cambiando de dispositivo. Estás cambiando una parte de su vida.”
Esta frase ilumina una parte de la estrategia de Apple, pero también puede servir como referencia personal. Si el teléfono toca tantas cosas sensibles, merece un poco de reflexión activa. Puedes dedicar una hora, una sola vez, y definir qué quieres realmente que gestione:
- Comunicación esencial (familia, trabajo, urgencias) vs. ruido social.
- Dinero, salud, identidades digitales: qué apps son fiables, están al día y son seguras.
- Entretenimiento y aprendizaje: lo que alimenta, lo que agota.
El smartphone no va a desaparecer pronto, pero nuestra manera de habitarlo sí puede cambiar. Y probablemente ahí se juegue la verdadera “revolución post-smartphone”: no en un casco de realidad mixta, sino en nuestros hábitos silenciosos.
Un dispositivo “muerto” que sigue moldeando la próxima década
Cuando los directivos anuncian el fin de la era del smartphone, en realidad hablan sobre todo de lo que les conviene. Proyectan diapositivas, mundos virtuales, asistentes de voz por todas partes. Mientras tanto, miles de millones de personas siguen marcando su día a base de notificaciones, mapas y mensajes de WhatsApp. Esta brecha entre el relato y la calle probablemente se acentúe en los próximos años.
Apple, al ir a contracorriente, no solo defiende su producto estrella. La empresa impone otra lectura del tiempo tecnológico. En lugar de borrar el presente para saltar al siguiente gadget, estira la era del smartphone para injertarle la IA, la realidad mixta y los servicios. El iPhone se convierte en una especie de puente entre dos épocas: lo bastante familiar como para no asustar, lo bastante potente como para acoger lo que viene.
La pregunta de fondo no es si el smartphone acabará por desaparecer. Todo acaba por desaparecer. La verdadera pregunta es: ¿en qué estado queremos estar cuando realmente se difumine? ¿Acostumbrados a delegar cada gesto en una pantalla, o capaces de elegir qué merece pasar por ella? Los próximos productos de Apple, las visiones de Meta o de Google no decidirán eso por nosotros.
Cada uno, usuario o creador, puede mirar su teléfono hoy y hacerse una pregunta simple: ¿sigue siendo una herramienta, o ya es el decorado principal? Entre los discursos sobre la muerte del smartphone y la estrategia prudente de Tim Cook hay un espacio muy humano por explorar. Un espacio en el que podemos decidir, al menos un poco, cómo se cuentan nuestros días. Y quizá sea ahí, precisamente, donde se juega la próxima gran frontera de la tecnología.
| Punto clave | Detalles | Por qué importa a los lectores |
|---|---|---|
| Apple mantiene el iPhone en el centro de su ecosistema | Watch, AirPods, Vision Pro, dispositivos del hogar y la mayoría de servicios están diseñados para emparejarse, sincronizarse y autenticarse primero a través del iPhone. | Tu próximo gadget “futurista” de Apple casi con seguridad dependerá del teléfono que ya tienes, no lo sustituirá de la noche a la mañana. |
| La retórica “post-smartphone” no encaja con la realidad diaria | Miles de millones siguen dependiendo del teléfono como su único ordenador, desde banca y transporte hasta herramientas de trabajo y plataformas escolares. | Oír que la era del smartphone ha terminado puede confundir; entender esta brecha te ayuda a ignorar el hype y planificar renovaciones con calma. |
| Convertir el teléfono en un hub deliberado cambia la experiencia | Curar la pantalla de inicio, limitar notificaciones a lo esencial y usar modos de concentración reduce el ruido sin renunciar a la utilidad. | Conservas el poder y la comodidad del dispositivo mientras recuperas atención, sueño y espacio para la vida offline. |
FAQ
- ¿De verdad se ha acabado la era del smartphone, como afirman algunos líderes tecnológicos? En la práctica, no. Las ventas siguen en cientos de millones al año y, para mucha gente, el teléfono es su único ordenador. El eslogan “post-smartphone” describe sobre todo una transición lenta hacia usos más distribuidos entre varios dispositivos, no una desaparición brusca.
- ¿En qué se diferencia la postura de Apple de la de Meta o Google? Apple apuesta por el iPhone como centro de gravedad: todo producto nuevo se conecta a él. Meta busca desplazar la atención hacia cascos y mundos virtuales, mientras que Google empuja un futuro centrado en la IA y los servicios en la nube, menos ligados a un único dispositivo.
- ¿Debería esperar a que unas gafas o un casco sustituyan a mi teléfono antes de renovarlo? Nada indica que las gafas o cascos vayan a reemplazar totalmente al smartphone en los próximos años. Si tu teléfono va lento, ya no recibe actualizaciones o no aguanta la batería, una renovación razonable sigue teniendo sentido.
- ¿Cuál es un cambio sencillo que mejore mi relación con el teléfono? Bloquear tres franjas diarias en las que el teléfono quede fuera de alcance físico, aunque sean 30 minutos cada vez. En paralelo, mantener solo 1 o 2 páginas de iconos en la pantalla de inicio con las apps realmente útiles.
- ¿Por qué Apple insiste tanto en salud, cámara y privacidad en las keynotes del iPhone? Son los ámbitos en los que el smartphone sigue siendo insustituible por ahora: sensores cerca del cuerpo, captura del día a día y gestión de datos sensibles. Apple se apoya en estos usos arraigados para prolongar la centralidad del iPhone en la vida de los usuarios.
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