Cabezas inclinadas hacia abajo, pulgares deslizando, el típico scroll de madrugada. Pero en el escenario, el futuro ya está en otra parte. Elon Musk habla de chips cerebrales, Bill Gates sonríe con eso de la computación ambiental, y Mark Zuckerberg agita las manos en un aire invisible de metaverso. El smartphone, dicen, se ha acabado. Una reliquia. Ruido de fondo.
Algunas personas del público asienten como si fuese evidente. Otras aprietan con más fuerza el ladrillo de cristal que tienen en la mano, como si alguien acabara de anunciar el oxígeno 2.0. Ese mismo día, a miles de kilómetros, Tim Cook camina con calma por un pasillo del campus de Apple, sosteniendo un iPhone como si siguiera siendo el protagonista.
Misma industria, misma década, apuestas radicalmente distintas sobre lo que vivirá en tu bolsillo -o bajo tu piel-. Y solo uno de ellos puede tener realmente razón.
La guerra por lo que sustituye al rectángulo de tu bolsillo
En las conferencias tecnológicas de ahora, hay un guion ya familiar. Musk habla de Neuralink y de cómo los teléfonos parecerán tan anticuados como los diales giratorios. Gates pinta un mundo en el que agentes de IA flotan a tu alrededor, sabiendo lo que quieres antes de que siquiera toques una pantalla. Zuckerberg se vuelca con las gafas y los mundos virtuales, donde la realidad es solo una pestaña entre muchas. El subtexto es directo: la era del smartphone ya está terminando; solo estamos esperando la esquela.
Y, sin embargo, en el mundo real, el dispositivo “muerto” está en todas partes. En el metro. En las colas. En las mesas de los cafés, boca abajo como un secreto culpable. Los líderes que gritan “después del smartphone” siguen tuiteando desde iPhones. Esa es la tensión extraña de ahora mismo: quienes diseñan el futuro han terminado emocionalmente con el teléfono, mientras todos los demás lo tratan como un segundo sistema nervioso.
Unos cuantos números atraviesan el humo. Más de 5.000 millones de personas usan hoy un smartphone. Para muchos, es el primer y único ordenador que han tenido. En India y en gran parte de África, los Android asequibles son literalmente el billete de entrada a la banca, la educación y la sanidad. El “fin del smartphone” suena visionario en un escenario TED; en un mercado callejero de Lagos o en una favela brasileña, suena casi absurdo.
En un reciente viaje en tren de Londres a París, vi a una adolescente alternar entre TikTok, deberes en Google Docs y mensajes con su madre, que la estaba localizando. Nada futurista. Y, aun así, cada parte de su vida pasaba por ese rectángulo. Sustitúyelo por un chip cerebral o por unas gafas de 3.000 dólares y no solo cambias el dispositivo. Cambias quién puede participar.
La lógica detrás del relato “post-teléfono” es seductora. Las pantallas nos sacan del presente. Las notificaciones fragmentan la atención. La voz, la RA y los agentes de IA prometen algo más ligero, más natural, más “humano”. Si la interfaz desaparece, la tecnología deja de estorbar… en teoría. Ahí es donde Musk, Gates y Zuckerberg convergen: ven el teléfono como un paso intermedio torpe entre el viejo PC y el futuro sin fricción.
Apple mira el mismo cuadro y ve un riesgo distinto. Si la interfaz desaparece demasiado, el control desaparece con ella. Sin pantalla de inicio, sin un encendido/apagado evidente, sin un modelo mental sencillo. Solo sistemas funcionando a tu alrededor o dentro de ti. La apuesta de Tim Cook es más silenciosa, pero afilada: el smartphone no se esfuma; se convierte en el ancla. La pieza estable que entiendes, alrededor de la cual orbitan dispositivos más experimentales.
La silenciosa rebelión de Tim Cook contra el “después del smartphone”
Dentro de Apple, el iPhone no se trata como una estrella moribunda. Se trata como un sol. Todo lo demás -Watch, AirPods, Vision Pro- gira a su alrededor. Cook repite la misma idea en entrevistas discretas: el teléfono sigue siendo “el centro de tu vida digital”. No se apresura a declarar su muerte. Lo convierte metódicamente en un mando a distancia para tu mundo.
Piensa en cómo funciona el Apple Watch sin un iPhone: apenas. ¿AirPods? Se configuran y se actualizan desde el teléfono. Incluso Vision Pro, el gadget de futuro más audaz de Apple, se sincroniza con el iPhone para fotos, mensajes, apps. Esto no es un accidente. Es arquitectura. Mientras Musk sueña dentro de tu cráneo y Zuckerberg construye mundos para tus ojos, Cook refuerza tu mano.
La visión de Apple es menos glamurosa, pero profundamente pragmática. El smartphone es el objeto más personal jamás creado. Guarda tu dinero, secretos, recuerdos, datos de salud e identidad. Entregar ese papel a sistemas “ambientales” invisibles o a interfaces neuronales experimentales no es solo una decisión de UX. Es un salto de fe. Cook intuye algo que los otros minimizan: la gente no cambia su hábito tecnológico principal de la noche a la mañana. Añade capas.
Aquí hay una división filosófica. Un bando cree que el futuro consiste en disolver los dispositivos en el entorno: altavoces inteligentes escuchando, wearables midiendo, IA adivinando. El otro bando, el de Apple, piensa que a los humanos les gusta tener un centro. Un único lugar donde todo se reúne. Donde puedes ver, tocar y reorganizar tu vida digital.
Por eso las actualizaciones de iOS siguen obsesionadas con cosas pequeñas, casi aburridas: una pantalla de bloqueo mejor, más IA privada en el dispositivo, notificaciones ligeramente más inteligentes. No son los movimientos de una empresa que se prepara para el funeral del teléfono. Son los movimientos de una empresa que pule a un compañero de largo recorrido. Un dispositivo que seguirás reconociendo dentro de 10 años, aunque se comporte de forma muy distinta.
Cómo mantener la cordura mientras los gigantes se pelean por tu futuro
Si eres un usuario normal, atrapado entre los titulares de “chip en el cerebro” y los iPhone serenamente mejorados de Apple, la pregunta se vuelve simple: ¿cómo atraviesas la próxima década sin convertirte en un conejillo de indias? Un movimiento práctico es tratar tu smartphone como tu base, no como tu prisión. Convertirlo en el centro consciente de tu vida tecnológica, en lugar de dejar que se expanda sin control.
Empieza pequeño. Haz auditoría de lo que realmente necesita vivir en tu teléfono. ¿Qué apps mejoran de verdad tu día y cuáles solo gritan más fuerte? Borra una app ruidosa esta semana. Mueve una cosa que haces en piloto automático -el doomscrolling antes de dormir, quizá- a una franja horaria limitada. Usa los modos de concentración o el “No molestar” como un portero en la puerta de tu atención.
Cuando lleguen nuevos gadgets -gafas, pins de IA, auriculares inteligentes que susurran sugerencias-, conéctalos a tu teléfono en vez de reemplazarlo al instante. Deja que el teléfono sea tu filtro. Si un dispositivo exige una cuenta, una suscripción y tus datos biométricos desde el día uno, pausa. Si se integra limpiamente con lo que ya usas y mejora un hábito concreto, eso es más prometedor que cualquier eslogan de “fin del smartphone”.
Todos hemos sentido esa presión sutil por ser “de los primeros” en cada nueva plataforma, cada nuevo dispositivo. Es el impuesto social de la tecnología moderna: sé el primero o siéntete tarde para siempre. Ahí es donde se cometen errores. La gente se precipita a ecosistemas que no entiende, entrega datos que no puede recuperar y luego encoge los hombros cuando sale mal. Seamos honestos: casi nadie lee de verdad todas las condiciones de uso antes de hacer clic.
El camino más sensato es más lento. Elige una apuesta cada vez. ¿Curiosidad por la RA? Prueba un producto generalista con buenas políticas de devolución, no un experimento financiado por crowdfunding. ¿Te tientan los wearables de IA? Usa primero la versión en app del teléfono durante un tiempo. Ajustar tu curiosidad a tus necesidades reales es mucho menos glamuroso que comprar el futuro con un clic. Y, sin embargo, es como evitas despertarte dentro de un sistema que te trata como el producto, no como el usuario.
Ayuda escuchar no solo a los CEO en los escenarios, sino a los ingenieros y diseñadores silenciosos que dan forma a estas herramientas. Ellos son quienes se preocupan por la batería, las fugas de privacidad y el hecho de que la abuela nunca tocará tres veces el lateral izquierdo de unas gafas para aceptar una llamada. Sus inquietudes suelen estar más cerca de las tuyas de lo que imaginas.
“El smartphone no ‘morirá’ como un interruptor de la luz”, me dijo un exdiseñador de Apple. “Simplemente se volverá lo bastante discreto en segundo plano como para que dejemos de discutir qué viene después y empecemos a discutir a qué debería permitirnos decir que no”.
Ahí es donde importa tu manual personal. Unas pocas barandillas simples lo cambian todo:
- Mantén un único dispositivo principal como ancla de tu identidad: banca, 2FA, cuentas críticas se quedan ahí.
- Usa los nuevos gadgets primero para tareas de bajo riesgo, no para salud, dinero o datos de tus hijos.
- Restablece permisos con regularidad en tu teléfono y en cualquier cosa conectada a él.
- Fíjate en dónde viven realmente tus fotos, notas y copias de seguridad. La comodidad de la nube puede ser frágil.
- No persigas cada promesa “post-teléfono”. Deja pasar algunas tendencias. No todo futuro es tu futuro.
La verdadera división no va de dispositivos, va de quién puede desconectarse
El debate ruidoso -smartphone contra chips neuronales, pantallas contra gafas- oculta una división más silenciosa. La verdadera fractura está entre quienes pueden elegir su nivel de conectividad y quienes no. Un multimillonario puede “desconectarse” una semana. Un trabajador de plataformas al que le llegan los turnos por una app no puede. Los padres quizá fantaseen con móviles tontos para sus hijos, mientras los colegios empujan portales de deberes y chats de grupo.
Con esta luz, proclamar el “fin del smartphone” desde un escenario puede sonar casi insensible. Para miles de millones, el teléfono no es un accesorio de estilo de vida: es infraestructura. Quitarle ese papel o volverlo opcional presupone una red de seguridad que no existe. La postura más conservadora de Apple -mantener el teléfono, hacerlo más seguro, usarlo como hub- quizá no suene revolucionaria. Pero para muchos es el único puente realista entre el ahora y lo que venga después.
También se está formando una división psicológica. Por un lado, los tecno-futuristas que quieren que la tecnología se funda con el cuerpo y el entorno. Por otro, quienes quieren bordes más claros: un dispositivo que puedas apagar, una pantalla que puedas cerrar, un límite que puedas sentir. El futuro probablemente tomará piezas de ambos. Un mundo de sensores sutiles y agentes, anclado por al menos un objeto que todavía se sienta “tuyo”.
Todos hemos vivido ese momento de palparte el bolsillo y sentir un pico de pánico porque el teléfono no está. No es solo adicción. Es la constatación de que toda tu vida digital está en una caja fuerte del tamaño de la palma de la mano. Puede que la próxima década no vaya de matar esa caja fuerte, sino de multiplicar las salidas. De darte formas de alejarte, mientras el centro de gravedad se mantiene en algún lugar que entiendes.
Al final, Musk, Gates, Zuckerberg y Cook no discuten realmente sobre rectángulos de cristal. Discuten sobre control. Quién moldea tus hábitos, quién guarda tus datos, quién decide qué significa siquiera una interacción “natural”. El smartphone es solo el campo de batalla más visible en una guerra mucho más larga por la atención y la autonomía.
Cuanto más alto oigamos “el smartphone se ha acabado”, más en silencio deberíamos observar qué lo reemplaza -y a quién beneficia-. Quizá el movimiento más sabio ahora no sea elegir bando en las apuestas de los multimillonarios, sino diseñar tu propia estrategia pequeña: qué mantienes cerca, qué dejas entrar y qué mantienes a distancia. El futuro de la tecnología no llegará como una gran revelación. Se colará, notificación a notificación.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| El smartphone como hub | Apple mantiene el iPhone en el centro mientras otros impulsan visiones “post-teléfono” | Te ayuda a ver por qué tu dispositivo actual seguirá importando durante la próxima década |
| Adopción pragmática | Usa tu teléfono como filtro para nuevos gadgets y servicios | Reduce el riesgo de saltar a ecosistemas frágiles o invasivos |
| Control y elección | La verdadera división es quién puede elegir cuán conectado está | Te anima a construir reglas personales en vez de seguir el hype |
Preguntas frecuentes
- ¿De verdad va a desaparecer pronto el smartphone? No a corto plazo. La mayoría de la gente del planeta sigue dependiendo del smartphone como su ordenador principal, y hasta los proyectos “post-teléfono” más ambiciosos suelen depender del teléfono en segundo plano.
- ¿Por qué Musk, Gates y Zuckerberg hablan del fin del smartphone? Porque apuestan por nuevas plataformas -interfaces cerebro-máquina, IA ambiental, RA/RV- que algún día podrían reemplazar al teléfono como principal forma de interactuar con la tecnología.
- ¿Cuál es la visión distinta de Apple en este debate? Apple trata el iPhone como el hub central de tu vida digital y construye nuevos dispositivos alrededor de él, en lugar de intentar liquidarlo rápidamente.
- ¿Cómo debería prepararme para un futuro “post-smartphone”? Mantén tu teléfono como ancla principal de identidad, adopta nuevos dispositivos poco a poco y céntrate en herramientas que mejoren claramente uno o dos hábitos reales en vez de perseguir cada tendencia.
- ¿Sustituirán por completo las gafas de RA o los wearables de IA a los teléfonos? Podrían encargarse de algunas tareas, especialmente medios y navegación, pero por ahora más bien amplían el smartphone en lugar de reemplazarlo.
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