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Ni sudokus ni novelas: el pasatiempo que los mayores de 60 deberían adoptar y sus beneficios ocultos para el cerebro.

Hombre mayor jugando ajedrez en una mesa con móvil, gafas y taza de té. Frutas al fondo.

La sala comunitaria huele ligeramente a café instantáneo y a cera vieja para suelos.

En un extremo, un grupo se inclina en silencio sobre cuadrículas de sudoku, con los lápices repiqueteando de frustración. En el otro, una fila ordenada de libros de bolsillo espera al club de lectura semanal, con las cubiertas dobladas por las mejores intenciones. En el centro de la sala, cerca de la ventana, tres personas de setenta y tantos se apoyan sobre una mesa de madera y discuten -con suavidad- sobre una torre.

El tablero de ajedrez está rozado, las piezas no hacen juego, y aun así la energía a su alrededor es eléctrica. Margaret, de 72 años, mantiene la mano suspendida en el aire, medio riéndose, medio concentrada. «Si muevo eso, me come la dama. Otra vez», murmura. Su rival solo sonríe, con los dedos entrelazados y los ojos brillantes en ese tipo de enfoque que solemos asociar a veinteañeros en start-ups.

Nadie mira el móvil. Nadie parece aburrido. Está pasando algo en estos cerebros que el sudoku y las novelas rara vez rozan.

El hobby que, en silencio, recablea cerebros mayores

El hobby que no deja de aparecer en estudios sobre el cerebro, en consultas de geriatría y en salones tranquilos no es un cuaderno de pasatiempos ni una lista de lecturas. Es aprender y jugar al ajedrez con regularidad después de los 60. No una obsesión de gran maestro. Solo el acto simple y testarudo de sentarse a aprender nuevos patrones, nuevas aperturas, nuevas formas de ver las mismas 64 casillas.

El ajedrez pide a las personas mayores que mantengan planes en la cabeza, anticipen consecuencias, lean las intenciones de otra persona. Mezcla memoria, lógica y emoción de un modo que pocas actividades en solitario pueden. Una novela te atrapa, sí, pero no te discute. El sudoku estira la lógica, pero no la intuición social. Una partida de ajedrez, incluso una chapucera, despierta redes enteras a la vez.

Y ese efecto de «todos los sistemas encendidos» es exactamente lo que los cerebros que envejecen anhelan.

Los neurólogos tienen una expresión aburrida para ello: cognición compleja e interactiva. Traducido, es algo mucho más humano: tu cerebro haciendo malabares con varias exigencias al mismo tiempo. Visión, estrategia, memoria, control de impulsos, incluso empatía. Cuando una persona mayor se inclina sobre un tablero y duda antes de capturar una pieza mal colocada, no solo está jugando según las reglas. Está leyendo la cara del otro, sopesando el riesgo, notando cómo se acelera el propio pulso.

Algunos estudios longitudinales sugieren que los mayores que se inician en hobbies nuevos y exigentes que implican estrategia y contacto social muestran un deterioro cognitivo más lento que quienes se quedan en pasatiempos pasivos. El ajedrez no es magia. Es solo una forma muy eficiente de obligar al cerebro a seguir aprendiendo. Y el cerebro, como un músculo algo testarudo, responde a lo que le pides repetidamente.

En la práctica, además, el ajedrez tiene una gran ventaja frente a muchos «juegos mentales»: nunca llega a volverse del todo automático. Puede que reconozcas patrones más rápido, pero no hay dos partidas exactamente iguales. El cerebro no puede ponerse en piloto automático. Esa fricción, ese puntito de dificultad, es donde vive el beneficio oculto.

Cómo empezar a jugar al ajedrez después de los 60 sin sentirse ridículo

Olvida la idea intimidante de «aprender ajedrez» como un proyecto grande y formal. La forma más sostenible de empezar para los mayores de 60 es casi vergonzosamente simple: una amistad, un tablero barato, un momento recurrente a la semana. Quizá sea un jueves por la tarde después de comer. Quizá un domingo por la mañana con té.

Empieza por lo básico: cómo se mueven las piezas, qué significan jaque y jaque mate, cómo se coloca el tablero. Los vídeos online ayudan, pero son opcionales. El aprendizaje real empieza cuando te sientas cara a cara y juegas mal, te ríes, y luego vuelves a jugar. Ahí es donde el cerebro empieza a construir nuevas pequeñas autopistas.

Una estructura fácil: juega una partida y después dedica cinco minutos a mirar dos jugadas que no entiendas. No todas. Solo dos.

En un martes húmedo en Mánchester, vi a un grupo de jubilación haciendo exactamente esto. Sin libros de teoría, sin relojes, sin presión. Solo cuatro tableros en marcha y una tetera hirviendo de fondo. Irene, 69, antes odiaba «sentirse tonta» con cualquier cosa nueva. Un año después bromea con que sus nietos temen más sus horquillas de caballo que sus sermones sobre el tiempo de pantalla.

Hay indicios tempranos de que este tipo de reto cognitivo suave y continuo puede correlacionarse con mejor atención, tiempos de reacción más rápidos y un estado de ánimo más resistente en la vejez. Un pequeño estudio europeo encontró que las personas mayores que jugaban semanalmente a juegos de mesa estratégicos obtenían puntuaciones más altas en pruebas de función ejecutiva que quienes hacían sobre todo pasatiempos en solitario.

Pero los números rara vez captan lo que la gente describe. Varios jugadores me dijeron que su parte favorita no era ganar ni «entrenar el cerebro». Era que el ajedrez les daba un motivo para presentarse. Para vestirse. Para discutir de algo que no tuviera que ver con política, pensiones o pastillas. Esa chispa social forma parte del entrenamiento mental, aparezca o no con claridad en un gráfico.

Desde el lado científico, los investigadores hablan de «reserva cognitiva»: la capacidad del cerebro para afrontar daño o envejecimiento usando rutas alternativas. Aprender ajedrez tarde en la vida no va de volverse brillante; va de añadir más rutas de respaldo. Cada nuevo patrón que aprendes, cada posición que piensas, puede sumar un poco más de flexibilidad.

La lectura y el sudoku entrenan habilidades útiles, pero a menudo de formas previsibles. La historia avanza en una dirección. El puzzle tiene una solución. En el ajedrez, el rival te sorprende, así que tu cerebro debe mantenerse ágil. Ese es todo el juego: adaptarse en tiempo real. Y en tiempo real es donde transcurre de verdad la vida.

Convertir el hábito del ajedrez en protección para el cerebro

Para transformar el ajedrez de una idea bonita en un hábito que de verdad apoye al cerebro, necesitas ritual. No una disciplina de hierro: solo una pequeña estructura que te salve del eterno «ya luego». Un método práctico: vincular el ajedrez a algo que ya haces. Después de tu paseo matutino, juegas diez minutos online. Después de la compra del sábado, quedas con un vecino para una partida rápida junto a la ventana.

Pon el listón deliberadamente bajo. Apunta a dos sesiones cortas a la semana, no a un gran plan de «estudiar a diario». Seamos sinceros: nadie hace eso de verdad todos los días. Las expectativas bajas facilitan empezar, y empezar es, en secreto, toda la partida. Una vez delante del tablero, la curiosidad suele hacer el resto.

Otro truco es dejar un juego de viaje barato a la vista -sobre la mesa de la cocina, no enterrado en un armario-. Los objetos a la vista tienden a convertirse en hábitos con el tiempo.

La mayor trampa que mencionan quienes empiezan de mayores es la vergüenza. Sentirse «demasiado mayor» para recordar jugadas. Compararse con nietos que pillan tácticas en una tarde. Esa vergüenza silenciosa y corrosiva puede matar un hobby antes de que tenga la oportunidad de ayudar. Así que la primera regla es simple: no estás intentando ser bueno, estás intentando estar implicado.

Muchos mayores de 60 también caen en la trampa del «todo o nada». Se dan un atracón de aperturas durante una semana y luego lo dejan cuando la mejora se estanca. O van una vez a un club, se sienten fuera de lugar entre jugadores más fuertes, y no vuelven. Enfoca el ajedrez como una conversación, no como un examen. El tablero es un lugar donde los errores son normales, incluso bienvenidos.

A nivel cerebral, los errores son lo que dispara la adaptación. Una partida en la que cometes una pifia, te frustras y luego ves una jugada mejor después es exactamente el tipo de bucle que forja nuevas conexiones. La constancia tranquila vence a la euforia intensa casi siempre.

«Empecé a jugar a los 68», me dijo un hombre en Bristol, «y juro que siento cómo se me despierta la mente los días de partida. No va de ganar. Va de la sensación de que sigo aprendiendo algo genuinamente difícil y, aun así, de algún modo sigue siendo mío».

  • Empieza donde estés - aunque solo recuerdes cómo se mueve el peón.
  • Hazlo social - una pareja semanal aumenta tanto la memoria como la motivación.
  • Mantenlo ligero - nadie te evalúa; los beneficios para el cerebro vienen de intentarlo, no de los trofeos.

Lo que esto dice, en el fondo, sobre envejecer

El ajedrez después de los 60 trata menos de caballos y alfiles que de negarse a encoger el mundo interior. El tablero es pequeño, pero la experiencia es grande: tensión, curiosidad, errores, pequeñas victorias. Todas esas cosas que se van apagando cuando la vida se vuelve demasiado segura y predecible. Cuando adoptas un hobby complejo e interactivo tarde en la vida, le envías a tu cerebro un mensaje testarudo: aquí no hemos terminado.

A nivel social, empuja contra la mentira suave de que envejecer debe equivaler a simplificar. Tele fácil, lectura fácil, puzzles fáciles. Sí, el descanso tiene su lugar. Pero las personas mayores son capaces de mucho más esfuerzo cognitivo del que nuestra cultura suele esperar. Un hábito semanal de ajedrez es un acto de rebeldía suave. Dice: el reto también me pertenece.

A nivel personal, invita a una pregunta distinta de «¿cómo me mantengo ágil?». Una mejor podría ser: «¿qué haría que mi mente se sintiera viva otra vez?». Para algunos, eso es música, idiomas o bridge. Para muchos, el ajedrez resulta ser la mezcla justa de estructura y sorpresa. Y una vez has sentido esa pequeña descarga de electricidad mental en una tarde lluviosa, cuesta no querer más.

Lo curioso es que los beneficios para el cerebro casi son un efecto secundario. Vas por la compañía, por el ritual, por la satisfacción de ver crecer tu comprensión. Te vas con una mente un poco más flexible y, a menudo, con el corazón más ligero. Ese es el poder silencioso que pasa desapercibido entre los libros de sudoku y las novelas de la estantería.

Punto clave Detalle Interés para el lector
El ajedrez activa múltiples sistemas del cerebro Combina estrategia, memoria, atención e interacción social en cada partida Maximiza el «entrenamiento mental» frente a hobbies más pasivos
Aprender en la vejez construye reserva cognitiva Patrones nuevos y errores animan al cerebro a crear vías alternativas Puede ayudar a que la mente se mantenga flexible y resiliente al envejecer
El ritual supera a la intensidad Sesiones pequeñas y regulares vinculadas a rutinas existentes son más sostenibles Hace que un hábito de ajedrez realista y a largo plazo sea alcanzable después de los 60

Preguntas frecuentes

  • ¿Soy demasiado mayor para aprender ajedrez desde cero? En absoluto. Muchas personas empiezan en sus sesenta o setenta y alcanzan un nivel perfectamente sólido y disfrutable. El cerebro aún puede formar nuevas conexiones, sobre todo si aprendes despacio y con regularidad.
  • ¿De verdad el ajedrez es mejor para mi cerebro que el sudoku o los crucigramas? No es una competición, pero el ajedrez tiende a implicar una toma de decisiones más compleja y una interacción social mayor. Esas capas extra parecen importar para la salud cognitiva a largo plazo.
  • ¿Necesito apuntarme a un club de ajedrez para obtener beneficios? No. Jugar con una amistad o un familiar, o incluso online con rivales reales, ya activa las redes cerebrales clave. Un club solo añade más variedad y comunidad.
  • ¿Con qué frecuencia debería jugar para notar una diferencia? La investigación sugiere que de una a tres sesiones semanales de actividad mentalmente exigente y atractiva pueden ayudar. Partidas cortas y constantes superan a maratones raros y agotadores.
  • ¿Y si pierdo siempre y me desanimo? Es habitual a cualquier edad. Céntrate en una pequeña mejora por semana: detectar jaques, proteger tu rey, ver una jugada por delante. Las «derrotas» son donde más está cambiando tu cerebro.

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