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Otro espectáculo espacial sobrevalorado: los astrónomos celebran las novas e ignoran el sufrimiento humano.

Dos personas observan el cielo con un telescopio en una azotea, al atardecer, con un observatorio al fondo.

Push alerts, rótulos de “última hora”, hilos entusiastas de gente peleándose con trípodes en balcones fríos. Los presentadores de televisión sonreían a cámara, prometiendo un “espectáculo celeste único en la vida”, mientras una franja roja se deslizaba en silencio por la parte inferior de la pantalla: ataque aéreo, inundación, despido en fábrica. Para eso no hay sonido de fuegos artificiales.

En la calle, unos cuantos vecinos echaban la cabeza hacia atrás, móviles en alto, intentando capturar un parche borroso de cielo entre dos bloques de pisos. Alguien bromeó con pedir un deseo a una “explosión espacial”. Otra persona masculló que aún no había pagado la factura de la luz.

Luego la furgoneta de las noticias se fue. Las cámaras giraron hacia otro lado. La nova siguió ardiendo, indiferente y grandiosa. Y dejó detrás una pregunta que no encaja bien en un titular.

Por qué una nova lejana puede hacerse viral mientras el sufrimiento cercano pasa de largo

Aléjate un segundo del bombo y mira el contraste. Astrónomos hacen directos, instituciones lanzan comunicados brillantes, y los titulares gritan “fuegos artificiales cósmicos” visibles a simple vista. Al mismo tiempo, trabajadores humanitarios luchan por conseguir suficiente agua potable para un campo de refugiados donde los niños comparten un vaso de plástico agrietado.

La nova se queda con la portada. El campo, si acaso, con una columna secundaria.

No es que a los científicos no les importe. Muchos pasan sus horas libres mentorando, enseñando, incluso donando a causas de las que nunca hablan en público. El problema está en algún punto entre nuestras pantallas y nuestros instintos. Un estallido de luz lejano se siente romántico, seguro, extrañamente puro. Un niño avanzando entre una calle inundada se siente pesado, urgente, complicado.

Mira los números y la brecha se vuelve concreta. Una gran nova o un eclipse pueden acumular decenas de millones de visualizaciones en 48 horas. Los hashtags se ponen en tendencia, las marcas se cuelan con anuncios ingeniosos de temática espacial, y gente que nunca levanta la vista del móvil de repente se convierte en astrónoma aficionada.

Esa misma semana, un llamamiento de la ONU para comida de emergencia en una región golpeada por la sequía quizá alcance solo a una fracción mínima de esos ojos. Las donaciones llegan a cuentagotas. Los algoritmos degradan en silencio el vídeo “triste” porque los usuarios lo saltan más rápido. El espacio despierta nuestra curiosidad. El sufrimiento activa nuestro cansancio.

En un balcón pequeño de una ciudad abarrotada, una mujer joven me dijo que hizo fotos de la nova para “sentirse parte de algo más grande”. Le acababan de subir el alquiler, su padre estaba en el hospital y encadenaba tres contratos temporales. “El cielo no me pide nada”, dijo. “Simplemente… aparece”. Esa frase se queda.

Nuestro cerebro está programado para perseguir el asombro. Una nova ofrece asombro máximo a coste moral cero. Puedes compartirla, darle a “me gusta”, hablar de ella, y nunca tienes que preguntarte qué vas a sacrificar a cambio. Una zona de guerra o una hambruna nos exige mucho más. Tiempo, dinero, energía emocional, quizá la incomodidad de cambiar cómo vivimos o votamos.

Así que nos refugiamos en el espectáculo seguro. Los científicos no son inmunes a esto. Las agencias de financiación prefieren historias positivas, imágenes espectaculares, progreso claro. Los medios saben lo que vende. “Una estrella antigua explota en un despliegue glorioso” se vende fácil. “Una crisis lenta y evitable mata a miles” es enrevesado, político y difícil de empaquetar como algo agradable de compartir.

También hay un guion social sutil. Queda bien saber el nombre de una constelación, citar una misión espacial, tuitear sobre “polvo de estrellas”. Es menos glamuroso admitir que te pasaste la tarde rellenando un formulario de donación periódica o llamando a un albergue local por abrigos de invierno. Una cosa suena a curiosidad; la otra suena a deberes.

Cómo equilibrar el asombro cósmico con la responsabilidad a ras de suelo

Hay otra forma de hacerlo que no te pide matar la alegría. Empieza por emparejar cada momento de “guau” con una acción pequeña y concreta. ¿Vas a ver el directo de la nova? Perfecto. Mientras el presentador explica enanas blancas y capas de hidrógeno, abre una pestaña y dona cinco euros a un fondo de ayuda en crisis en el que de verdad confíes.

Convierte tu noche de observación en una microrecaudación discreta. Invita a amigos a la azotea o a la ventana, pasa termos baratos de té y deja un bote en la mesa con un código QR hacia una ONG local. Sin sermones, sin chantaje emocional. Solo un gesto simple: miramos arriba, devolvemos algo.

Los científicos y divulgadores pueden ir un paso más allá. Colar una línea en esa entrevista entusiasmada sobre cómo el presupuesto de un gran telescopio se compara con el gasto mundial en adaptación climática o sanidad. No como pulla barata, sino como recordatorio de que las prioridades son elecciones, no destino. Asombro y responsabilidad pueden compartir el mismo encuadre.

Hay una trampa en la que cae mucha gente bienintencionada: “Si no puedo arreglarlo todo, ¿para qué molestarse?”. Entonces comparten el clip de la nova, quizá añaden un pie poético, y pasan en silencio el vídeo de la última inundación o bombardeo. La distancia entre el romance cósmico y la realidad a pie de calle se ensancha un poco más.

Prueba otro hábito. Por cada historia espacial espectacular que compartas, añade un enlace “con los pies en la tierra” en el mismo hilo: una ONG fiable, un grupo local de apoyo mutuo, un periodista sobre el terreno que necesite respaldo. Así tu feed deja de ser un recopilatorio de lo más vistoso del cielo y se convierte en algo más cercano a una imagen completa del mundo.

Y sí, te cansarás. La compasión no es un grifo infinito. En un mal día, querrás silenciar toda palabra clave de crisis y limitarte a ver timelapses de Saturno. Es humano. El truco es no confundir “necesito un descanso” con “ya no es asunto mío nunca más”. Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días.

“El universo no nos debe significado”, me dijo en voz baja un astrofísico después de una charla pública llena de niños y flashes. “Somos nosotros quienes decidimos si nuestra curiosidad conduce al cuidado o solo a más imágenes bonitas”.

  • Vincula asombro con acción: cuando una nova se haga tendencia, usa ese mismo impulso para visibilizar crisis que están siendo ignoradas.
  • Señala el encuadre perezoso: cuestiona los titulares que tratan el espacio como una distracción mágica frente a historias “de bajón”.
  • Protege tu empatía: rota causas, descansa y habla del agotamiento en lugar de fingir que eres una máquina.

Elegir qué glorificamos cuando el cielo se enciende

La próxima nova que estalle no te pedirá permiso. Los telescopios girarán, los hashtags florecerán y una nueva oleada de animaciones explicará cómo las envolturas estelares se desprenden en una última llamarada. En otro lugar, una madre actualizará una página de ayudas del gobierno que sigue mostrando “pendiente”. Esas líneas temporales corren en paralelo, rara vez se tocan.

Tú decides si siguen separadas.

Podríamos tratar cada espectáculo cósmico como un espejo que refleja nuestras propias elecciones. Si nos conmueve la muerte de una estrella a miles de años luz, ¿qué hacemos con la pena y el asombro que nos atraviesan aquí mismo? ¿Lo convertimos en un estado de ánimo de salvapantallas, o en un acto práctico, por pequeño que sea?

En una azotea abarrotada, cuando las cámaras se han ido y la nova es solo otra mancha brillante a simple vista, es cuando empiezan las conversaciones tranquilas. La gente habla de alquileres, guerra, agotamiento, comedores escolares, medicinas de sus padres, el vecino que desapareció tras un aviso de desahucio. El cielo se vuelve un fondo, no una vía de escape.

Todos hemos vivido ese momento en que te golpea una visión enorme y hermosa y, casi en el mismo aliento, la culpa de pensar en otra cosa que “deberías” hacer. Quizá la clave no sea asfixiar un sentimiento con el otro, sino dejarlos sentarse uno al lado del otro y ver qué cambian en ti. Las estrellas explotan sin importarle nada. Nosotros no tenemos ese lujo.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Espectáculo espacial vs. crisis humana Las novas generan un enorme revuelo mediático mientras el sufrimiento cercano queda relegado Ayuda a ver cómo se desvía la atención pública
Emparejar asombro con acción Asociar cada evento espacial a un gesto concreto de solidaridad Da un método sencillo para actuar sin renunciar a la fascinación
Reescribir el relato Invitar a científicos, medios y ciudadanía a vincular curiosidad y responsabilidad Muestra cómo cada cual puede influir en el discurso colectivo

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Está mal disfrutar de las novas y otros eventos espaciales? En absoluto. Disfrutarlos solo se vuelve un problema cuando se convierten en una excusa permanente para apartar la mirada de personas con problemas reales.
  • ¿Debería redirigirse por completo la financiación científica a cuestiones sociales? No. La verdadera pregunta es el equilibrio y la transparencia: cuánto va a la curiosidad pura, cuánto a la supervivencia urgente y quién decide.
  • ¿Los astrónomos ignoran personalmente el sufrimiento humano? Muchos son ciudadanos muy implicados. La crítica va sobre sistemas y relatos, no sobre científicos individuales sin corazón.
  • ¿Qué puede hacer de forma realista una persona corriente? Vincula tus momentos de asombro a acciones pequeñas y recurrentes: donaciones, voluntariado, presión política o, simplemente, amplificar voces a ras de suelo.
  • ¿Puede la ciencia espacial ayudar realmente a personas en crisis? Sí. Los datos satelitales apoyan la monitorización climática, la respuesta ante desastres y la agricultura. La cuestión es si ese lado práctico recibe tanto cariño como los fuegos artificiales.

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