Saltar al contenido

Por qué te bloqueas en los conflictos en vez de hablar y cómo entrenar respuestas asertivas poco a poco.

Persona escribiendo en un cuaderno en una mesa de madera, junto a una taza de café, un reloj y una tarjeta.

Tu garganta se cierra antes incluso de que tu cerebro encuentre las palabras.
La otra persona habla más alto, se inclina hacia delante, enumera quejas o exigencias, y tú te sientes… difuso/a. Captas fragmentos de lo que te gustaría decir, pero se evaporan de camino a tu boca. Más tarde, en la ducha o en el coche, por fin aparece la frase perfecta. Demasiado tarde.

Si esta escena te resulta incómodamente familiar, no estás solo/a.
Algunas personas gritan. Algunas discuten.
Tú, tú te quedas congelado/a.

Y ese congelamiento tiene una historia que contar.

Por qué te bloqueas en lugar de decir lo que piensas

Sobre el papel, sabes lo que piensas. Tienes opiniones, límites, valores.
Sin embargo, en cuanto aparece un conflicto, tu cuerpo cambia a modo supervivencia. El corazón se acelera, las palmas sudan, y la habitación empieza a sentirse extrañamente lejana, como si estuvieras viendo una película de tu propia vida.

Tu cerebro sabe que deberías responder, pero tu sistema nervioso ya ha pisado el freno.
No eres “débil” ni “demasiado amable”. Estás literalmente desbordado/a.
¿Ese silencio en la garganta? Es tu cuerpo intentando protegerte con la única estrategia en la que confía: hacerse pequeño/a y callado/a hasta que pase la tormenta.

Imagina esto: tu jefa critica tu trabajo en una reunión. El comentario es injusto, y lo sabes. Habías avisado del plazo ajustado, enviaste correos, hiciste tu parte.
Y aun así, cuando ella dice: «Deberías haber comunicado mejor», toda la sala te mira y tu mente se queda en blanco.

Después, tus compañeros te dicen: «Deberías haberte defendido».
Tú asientes, repitiendo la escena mil veces de camino a casa. A las 23:47 sigues despierto/a en la cama, redactando réplicas perfectas en tu cabeza.
Esa tortura mental no es casual. Es una señal de que tu respuesta de congelamiento secuestró el momento antes de que tus palabras pudieran salir.

Desde un punto de vista biológico, el conflicto se parece mucho al peligro. Tu sistema nervioso tiene unas pocas estrategias básicas: luchar, huir o congelarse. Si en el pasado hablar fue castigado, ridiculizado o ignorado, tu sistema interno aprendió en silencio: «Responder es peligroso».

Así que hoy, cada tono tenso, cada ceja levantada, cada suspiro de decepción puede activar un patrón antiguo. Tu cuerpo elige congelarse antes incluso de que seas consciente de ello.
No es un defecto de carácter; es un viejo algoritmo de supervivencia funcionando en segundo plano.
El reto no es “sacar carácter”, sino reentrenar con suavidad tu cuerpo para que crea que respuestas pequeñas y claras pueden ser seguras.

Cómo entrenar respuestas graduales y asertivas

Empieza más pequeño de lo que crees.
No esperes al próximo gran enfrentamiento con tu pareja o a una conversación que te cambie la vida con tu jefe para “por fin” ser asertivo/a. Empieza con microentrenamientos en situaciones de bajo riesgo: devolver un plato poco hecho, decir «En realidad, me gustaría irme a las 9», o corregir cómo alguien pronuncia tu nombre.

Estos actos diminutos enseñan a tu sistema nervioso una historia nueva: «Puedo hablar y sobrevivir».
Un método práctico: escribe tres frases comodín en el móvil y practícalas en voz alta.
Por ejemplo: «Yo lo veo de otra manera», «Necesito un momento para pensar», «No me siento cómodo/a con eso».
Las palabras no tienen que ser perfectas. Solo tienen que existir.

Una trampa común es esperar a sentirte completamente seguro/a antes de decir nada. Si haces eso, esperarás para siempre. La confianza llega después de actuar, no antes.
Otra trampa: pasar de un congelamiento total a discursos explosivos. Lo guardas todo y, un día, revienta en un torrente de resentimiento. Eso no se siente como asertividad; se siente como perder el control.

Sé amable contigo. Tu cuerpo aprendió a congelarse por una razón.
En lugar de culpar a esa reacción, trátala como a un perro guardián sobreprotector.
No intentas matarlo; solo enseñarle que algunos golpes en la puerta son seguros.

A veces, la frase más valiente en un conflicto no es un discurso nivel TED Talk, sino una línea temblorosa y honesta como: «No estoy bien con esto y todavía no sé exactamente qué decir».

  • Empieza con pausas
    Un simple «Dame un segundo para pensar» te compra tiempo para que tu cerebro alcance a tu cuerpo.
  • Usa frases puente
    Líneas como «Desde mi punto de vista…» o «Lo que intento decir es…» te ayudan a entrar en tu idea sin sentir que estás atacando.
  • Practica después
    Tras un momento difícil, escribe lo que te habría gustado decir. Luego dilo en voz alta. Estás entrenando tu sistema nervioso para la próxima vez, no castigándote por la última.
  • Ensaya con personas seguras
    Haz role-play con un/a amigo/a o un terapeuta. Resulta incómodo, pero crea memoria muscular real.
  • Acepta una entrega imperfecta
    Seamos sinceros/as: nadie hace esto todos los días con calma y claridad perfectas. Te puede temblar la voz y aun así contar como valentía.

Aprender a mantenerte presente cuando la tensión sube

Hay un momento silencioso que sucede justo antes de que te congeles. No siempre lo captas, pero está ahí. Quizá suben los hombros. Quizá aprietas la mandíbula. Quizá la visión se estrecha un poco. Esa es tu nueva ventana.
No para dar un argumento impecable, sino para quedarte presente un segundo más.

Un ejercicio práctico: cuando sientas ese cambio interno, ponle nombre en silencio a lo que está pasando. «El corazón se me acelera». «Siento el pecho apretado». Este pequeño acto de observación es como encender la luz en una habitación oscura. Ya no estás completamente dentro del congelamiento: también eres la persona que lo está notando.
Desde ese lugar, incluso una frase corta como «Necesito un momento» se vuelve posible.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Comprender la respuesta de congelamiento Verla como un patrón del sistema nervioso, no como un fallo moral Reduce la vergüenza y la autoculpa
Entrenar en conflictos de bajo riesgo Usar frases sencillas en situaciones cotidianas Construye asertividad real de forma gradual
Crear un kit de herramientas personal Pausas, frases puente y práctica postconflicto Aporta guiones concretos para el próximo momento tenso

FAQ:

  • ¿Por qué solo se me ocurre qué decir horas después? Tu cerebro entra en modo supervivencia durante el conflicto, priorizando la seguridad por encima de la creatividad. Cuando tu sistema nervioso se calma, la parte racional del cerebro vuelve a estar operativa, y es entonces cuando aparecen las respuestas “perfectas”.
  • ¿Congelarme significa que tengo baja autoestima? No necesariamente. Puedes tener confianza en muchas áreas y aun así congelarte durante un conflicto. La respuesta de congelamiento suele estar ligada a experiencias pasadas y al condicionamiento del sistema nervioso, no a tu valor global ni a tu personalidad.
  • ¿Cómo puedo responder si mi mente está totalmente en blanco? Usa una frase de respaldo que hayas ensayado, como «Necesito un momento para pensar en lo que acabas de decir» o «Me gustaría retomar esto más tarde». No tienes que discutir en el momento para ser asertivo/a.
  • ¿Está bien escribir lo que pienso en vez de decirlo? Sí. Para algunas personas, enviar un correo o un mensaje después de un conflicto es un paso poderoso hacia la asertividad. Sigue contando como decir lo que piensas, y puede hacer que las conversaciones en directo sean más fáciles con el tiempo.
  • ¿Cuánto se tarda en sentirse más asertivo/a? No hay un plazo fijo. Con prácticas pequeñas y regulares en situaciones de baja presión, muchas personas notan cambios en unas semanas o meses. El objetivo no es la perfección, sino sentirse un poco menos en silencio, un poco más presente, cada vez.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Dejar un comentario