Saltar al contenido

Psicólogos advierten que el exceso de cariño de los padres perjudica la salud mental de sus hijos.

Niño practica escalada en pared de interior con un adulto sosteniendo una bombilla. Casco y libreta en la mesa.

He tropieza, apenas se raspa la rodilla, y ella se abalanza, con pánico en los ojos, lo levanta en brazos antes de que pueda caer una sola lágrima. Al lado, a otro niño pequeño su padre le da en silencio un pañuelo y le anima a probar el tobogán otra vez. Dos niños, dos formas de amor. El mismo afecto, mensajes opuestos.

Los psicólogos dicen hoy algo incómodo: no es la falta de cariño, sino la manera en que lo volcamos lo que podría estar limando en silencio la resiliencia mental de nuestros hijos. Los abrazos, los rescates, los discursos de “eres perfecto/a” que se suponía que iban a protegerlos del dolor… quizá les estén enseñando que no pueden sobrevivir sin nosotros.

No se trata de querer menos. Se trata de querer de otra manera.

Cuando el amor se convierte en plástico de burbujas

Los padres modernos están aterrorizados ante la idea de que sus hijos sufran. Así que nos apresuramos a adelantarnos a las lágrimas, corregir cada injusticia y suavizar cada aspereza social. Creemos que estamos ofreciendo seguridad. Lo que nuestros hijos a veces sienten es: «El mundo es peligroso y no se puede confiar en mí para afrontarlo solo».

Los psicólogos ven ahora un patrón. Los niños criados en un océano de sobreprotección a menudo muestran más ansiedad, más fragilidad emocional y menos tolerancia a la frustración. Son adorados, y aun así dudan profundamente de su propia fortaleza.

El afecto deja de ser un campamento base y se convierte en una celda acolchada.

Una psiquiatra infantil en Londres me habló de una niña de 12 años que llegó llorando porque había sacado 18/20 en un examen. Su madre había escrito al profesor tres veces, exigiendo una explicación. La niña no tenía miedo de la nota. Tenía miedo de decepcionar a la persona que había convertido el sobresaliente en la medida del amor.

Tenemos montones de historias parecidas. Padres que nunca dejan que sus hijos vayan solos andando al colegio, que hablan por ellos en el dentista, que negocian cada pequeño conflicto del patio. Nace de la ternura, no de un afán de control.

Y, sin embargo, los datos son duros. En muchos países occidentales, las tasas de ansiedad y depresión adolescente han aumentado precisamente en las décadas en las que la “crianza intensiva” y la disponibilidad emocional constante se volvieron la norma. La correlación no es prueba. Pero los clínicos siguen viendo repetirse el mismo guion emocional.

Desde un punto de vista psicológico, los niños construyen la autoconfianza viéndose a sí mismos manejar pequeños riesgos, pequeños fracasos, pequeños dolores. Cuando entramos corriendo con el afecto como escudo cada vez, el cerebro aprende en silencio un mensaje peligroso: «No puedo con la incomodidad si no viene alguien a rescatarme».

Así es como el afecto, repetido en los momentos equivocados, empieza a confundir consuelo con huida. El niño no aprende que las emociones suben y bajan como olas. Aprende a entrar en pánico con la primera ondulación, esperando a que un adulto le traiga el chaleco salvavidas emocional.

Con el tiempo, esto crea lo que los terapeutas llaman “autoestima frágil”: niños que se sienten bien consigo mismos solo cuando se les valida constantemente. Se derrumban ante la crítica, el aburrimiento o simplemente cuando alguien dice “no”.

Convertir el afecto en combustible, no en muleta

El cambio no consiste en ser más fríos. Consiste en cambiar cuándo y cómo muestras afecto. Muchos psicólogos hablan de una “distancia de apoyo”: estar presente, cálido, pero no intervenir siempre. El niño siente tu amor como una red de seguridad de fondo, no como una escayola de cuerpo entero.

Un método práctico: pon nombre a lo que siente tu hijo y luego señala su capacidad para afrontarlo. «Estás frustrado porque el juego se ha terminado. Sé que puedes manejar esa sensación». Añade un abrazo si hace falta, pero resiste la tentación de arreglar el problema por él. El afecto es real, pero no borra la emoción. Camina a su lado.

Este tipo de amor no los atrapa en tus brazos. Les presta tu valentía hasta que desarrollan la suya.

La trampa para muchos padres es confundir el afecto con el elogio constante o el rescate constante. Cuando tu hijo se olvida los deberes, es tentador subir al coche y llevárselos con un «No pasa nada, cariño, mamá ya está aquí». Se siente como amor. Pero el cerebro de tu hijo escucha: «No se puede confiar en mí para gestionar mis errores solo».

Un afecto más sano suena más discreto. «Sé que da vergüenza llegar sin los deberes. Ya verás qué le dices al profesor. Esta noche hablamos de cómo evitarlo la próxima vez». Sigues siendo amable. No estás castigando. Simplemente no estás borrando la consecuencia natural.

Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. Estamos cansados, estresados, y a veces solo queremos que pare el llanto. Eso no te convierte en un mal padre o una mala madre. Solo significa que eres humano… y que puedes ajustar una pequeña reacción cada vez.

Como me dijo un terapeuta familiar en una entrevista:

«El amor incondicional no significa protección incondicional frente a la realidad. Significa mantenerse emocionalmente cerca mientras la realidad sucede».

Esa es la revolución silenciosa que los psicólogos están pidiendo a los padres: mantener el amor, cambiar el reflejo.

  • En lugar de «¡Eres el/la mejor!», prueba con «Has trabajado un montón en eso».
  • En lugar de resolver cada conflicto, siéntate cerca y oriéntales con unas pocas palabras.
  • En lugar de «No llores, no es nada», opta por «Veo que estás triste. Estoy aquí. Se te pasará».

Estos pequeños movimientos convierten el afecto en un campo de entrenamiento para la fortaleza emocional, en lugar de una sala de escape del malestar.

Criar hijos que se sientan queridos y fuertes, no queridos y frágiles

La pregunta real no es «¿Queremos demasiado a nuestros hijos?». Es «¿Qué historia les cuenta nuestro amor sobre quiénes son?». Un niño que escucha una y otra vez «Eres mi mundo, no podría vivir sin ti» puede sentirse muy querido… y también aterrorizado ante la idea de fallar a la persona a la que parece mantener con vida.

En el sofá de una pequeña consulta de terapia, los adolescentes dicen cosas que sus padres se quedarían de piedra al oír: «Si no soy perfecto/a, mi madre se viene abajo». «Si estoy triste, mi padre se convierte en un héroe y lo arregla todo, y yo me siento aún más débil». El afecto nunca es el enemigo. La presión pegada a él, sí.

Los psicólogos nos invitan a hacernos una comprobación sencilla: después de una gran muestra de afecto o de un rescate, ¿mi hijo parece más tranquilo y valiente, o más pequeño y dependiente?

Todos hemos visto ese momento en el que un niño pequeño se cae, mira alrededor buscando una reacción, y solo empieza a llorar cuando un adulto se acerca corriendo en pánico. Esa pequeña pausa es la bifurcación del camino. Un sendero dice: «Te has hecho daño, pero puedes con esto, y estoy aquí». El otro grita: «¡Ay no, qué horror, deja que lo arregle todo!». La misma rodilla, dos mundos mentales.

Los niños no necesitan una infancia sin dolor. Necesitan adultos que puedan mantenerse emocionalmente estables mientras lo atraviesan. Padres y madres cariñosos que toleren la tristeza, el aburrimiento o el enfado de su hijo sin apagarlo ni ahogarlo con comida de consuelo y regalos.

Es un tipo sutil de valentía en ambos lados. El niño aprende a capear tormentas internas. El padre o la madre aprende a no interpretar cada nube oscura como un fracaso personal.

El afecto que construye salud mental es constante, no teatral. Aparece en rutinas aburridas más que en grandes gestos. El beso de buenas noches que nunca falla, el «¿Qué tal el día, de verdad?» preguntado sin mirar el móvil, el sereno «Estoy enfadado por lo que has hecho, no por quién eres».

Ese es el tipo de amor que, según los terapeutas, envuelve el sistema nervioso del niño como un abrigo cálido, pero le sigue permitiendo sentir el tiempo.

Cuando el amor se ve así, los niños van absorbiendo lentamente tres creencias centrales: «Me quieren incluso cuando me cuesta». «Mis sentimientos se pueden soportar». «Soy capaz de afrontar el mundo, con gente de mi lado pero no en mi camino». Y esas tres creencias, según innumerables psicólogos, están entre los mejores predictores de una buena salud mental más adelante.

No hablamos de una revolución en la crianza que exija perfección. Solo de un ángulo distinto sobre el mismo deseo profundo: que nuestros hijos crezcan felices. Menos plástico de burbujas, más columna vertebral. Menos «yo lo arreglo», más «tú puedes afrontarlo, y no me voy a ninguna parte».

La parte más difícil quizá sea esta: para dar a nuestros hijos ese tipo de amor, a menudo tenemos que enfrentarnos a nuestra propia ansiedad, a nuestro propio miedo a su dolor, a nuestras propias historias de infancia. Algunos padres descubren que proteger a sus hijos de la tristeza también era una forma de protegerse a sí mismos.

Por eso tantos psicólogos van deslizando con delicadeza la conversación hacia la salud mental de los padres también. Para criar niños que se sientan a la vez queridos y fuertes, a veces tenemos que empezar por aprender a quedarnos con nuestras propias sensaciones incómodas, sin huir, sin sobrecompensar con un afecto que asfixia más de lo que calma.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Afecto mal situado Cuando el amor protege de toda frustración o tristeza, alimenta la ansiedad y la dependencia Entender por qué un niño muy querido puede, aun así, ser frágil emocionalmente
Distancia de apoyo Estar presente, cálido, pero dejar que el niño afronte pequeños riesgos y errores Tener una referencia sencilla para ajustar el comportamiento en el día a día
Afecto que fortalece Validar las emociones, fomentar los recursos internos, mantenerse estable ante el malestar Transformar los gestos de ternura en motor de resiliencia, no en una muleta permanente

FAQ:

  • ¿De verdad es posible “querer demasiado” a un niño? Los psicólogos dicen que el problema no es la cantidad de amor, sino cuando el amor se convierte en sobreprotección, elogio constante y rescate. Esa combinación puede debilitar la resiliencia, aunque la intención sea pura.
  • ¿Cuáles son señales de que mi afecto podría estar perjudicando la salud mental de mi hijo? Si tu hijo entra en pánico ante pequeñas frustraciones, necesita que hables o decidas por él, o se derrumba emocionalmente cuando no recibe elogios, los terapeutas lo consideran señales de alerta.
  • ¿Debería dejar de consolar a mi hijo cuando llora? No. Consolar es importante. El cambio está en consolar sin eliminar siempre la causa del malestar y en recordarle que puede manejar sentimientos difíciles.
  • ¿Cómo puedo mostrar amor sin crear dependencia? Prioriza una presencia constante, la escucha y un feedback realista, en lugar de mensajes de “eres perfecto/a” o de resolver cada problema que encuentre.
  • ¿Y si me doy cuenta de que he sido sobreprotector durante años? Puedes corregir el rumbo gradualmente: deja que tu hijo afronte pequeños retos, habla abiertamente de las emociones y pide perdón cuando reacciones en exceso. Reparar es poderoso, a cualquier edad.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Dejar un comentario