A la mesa junto a la ventana, tres generaciones estaban apretujadas: una adolescente desplazándose por el móvil, su madre de cuarenta y tantos respondiendo mensajes del trabajo, y un abuelo de los años 50 que removía lentamente la cucharilla en su café solo. A la chica se le agotó la batería a mitad de gesto. De repente, sin pantalla, sin distracción. Se quedó paralizada, casi en pánico. Su abuelo se echó a reír, se recostó y empezó a contar una historia sobre cómo, en 1969, perder el autobús significaba caminar 10 kilómetros, no mandar un mensaje.
La chica escuchó al principio porque no tenía nada mejor que hacer. Pero muy pronto se veía algo más: una especie de calma regresándole a la cara. Sin wifi. Solo una voz, un relato y alguien que aprendió a sostenerse en el vacío sin volverse loco. Lo que ocurrió en ese pequeño silencio dice mucho sobre una brecha mayor que casi nunca nombramos en voz alta.
Las generaciones mayores entrenaron músculos mentales que la gente joven apenas toca.
1. Tolerar el aburrimiento sin venirse abajo
Quienes crecieron en los 60 y 70 saben lo que es esperar. El viaje largo en coche con nada más que la radio. La sala de espera del médico con solo una pila de revistas desfasadas. La tarde del domingo cuando todas las tiendas estaban cerradas y la tele tenía tres canales, y ninguno especialmente bueno.
Aprendieron a estar en los espacios en blanco del día sin buscar a la desesperada entretenimiento constante. Ese aburrimiento, sin hacer ruido, construyó algo enorme: resistencia mental. La capacidad de dejar vagar la mente, pensar, fantasear, simplemente estar. Las generaciones más jóvenes suelen responder al menor parón con un reflejo: móvil, desplazamiento, ruido. Los mayores se lo encontraban con imaginación.
Pregúntale a alguien que creció en 1974 qué hacía cuando se aburría. Te hablará de inventar juegos con nada, construir refugios, mirar las nubes, practicar la guitarra a solas durante horas. No porque fuera glamuroso, sino porque no había una alternativa instantánea. Ese tiempo lento entrenó una especie de columna vertebral interior. No es magia nostálgica. Es terapia de exposición al vacío.
La investigación moderna lo respalda discretamente. Los estudios sobre creatividad muestran que el “tiempo vacío” a menudo precede a las ideas originales. El cerebro, libre de estímulos, empieza a hacer conexiones inusuales. Quienes se criaron sin estimulación digital constante lo aprendieron por accidente. No intentaban practicar mindfulness. Simplemente estaban atrapados en un autobús sin auriculares y con un trayecto largo de vuelta a casa. Ese trayecto se convirtió en un gimnasio mental.
Este entrenamiento frente al aburrimiento también moldeó cómo manejan la frustración de adultos. Si en tu infancia esperabas a que tu programa favorito se emitiera una vez a la semana, desarrollas paciencia para recompensas tardías. No te derrumbas si las cosas no llegan en 24 horas. Hay una diferencia profunda y silenciosa entre “estoy incómodo, necesito escapar ya” y “estoy incómodo, puedo quedarme con esto”. Quienes crecieron en los 60 y 70 practicaron lo segundo, día tras día, sin tener una palabra para ello.
2. Arreglar primero, reemplazar después
Entra en el garaje de alguien que se hizo adulto en los 70. Es muy posible que encuentres una caja de tornillos, cinta americana y un manual polvoriento de una radio que ya no existe. Esos objetos no son solo trastos. Son rastros de una forma de pensar: se arreglan las cosas, no se tiran a la primera.
En muchas familias de entonces, comprar algo nuevo sencillamente no era una opción. La ropa se remendaba, las teteras se reparaban, las teles se abrían y se trasteaba con ellas antes de que a nadie se le ocurriera sustituirlas. Ese baile constante con los objetos rotos entrenó un hábito mental muy potente: cuando algo falla, buscas soluciones antes que salidas. El reflejo no era “esto está roto, se acabó”, sino “¿cómo hacemos para que dure un poco más?”.
Un hombre al que entrevisté, ahora a finales de los 60, recuerda haber reparado su tocadiscos a los 17 con un destornillador prestado y el consejo de un vecino. “No tenía ni idea de lo que hacía”, se reía. “Pero nadie sugirió comprar uno nuevo. Así que lo intenté”. Ese fin de semana de prueba y error se convirtió en una comodidad de por vida con el cacharreo. Hoy, cuando en su trabajo le ponen delante una herramienta o un software nuevo, no dice “ya soy demasiado mayor para esto”. Aplica el mismo guion mental: abrir, explorar, ver qué pasa.
Las generaciones jóvenes viven en un mundo donde todo está diseñado para ser reemplazado. Móviles sellados, suscripciones en lugar de propiedad, moda rápida en lugar de remendar. Eso moldea el pensamiento. Cuando la vida se complica, la voz interior a veces dice: cámbialo todo, déjalo, empieza de cero. Quienes crecieron en los 60 y 70 fueron entrenados por necesidad a pensar distinto. Aprendieron la capacidad de apañarse como configuración por defecto.
Esto tiene enormes consecuencias para la resiliencia. Cuando tu idea de base es “las cosas se pueden reparar”, te acercas a las relaciones, las carreras e incluso tu propia salud mental con más paciencia. No asumes al instante que una mala racha significa el final. Eso no implica quedarse en cualquier situación para siempre. Significa intentar arreglar antes de decidir reemplazar. Es una fortaleza mental construida a lo largo de décadas de arreglar puertas que chirrían, sillas agrietadas y presupuestos frágiles.
3. Gestionar el conflicto cara a cara
Antes de los smartphones y las redes sociales, el conflicto no se desvanecía en un ghosting silencioso o en indirectas pasivo-agresivas. Si discutías con alguien en 1976, le veías la cara. Le oías romperse la voz, le veías temblar las manos, sentías tu propio corazón golpeando en el pecho.
Ese tipo de incomodidad es brutal. Y, aun así, entrena un valor mental poco común: mantenerse presente en medio de la tensión. Quienes crecieron entonces tenían menos vías de escape. Si te peleabas con un amigo en el colegio, al día siguiente tenías que compartir el aula igualmente. No había silenciar, bloquear ni desaparecer en otro círculo digital. Había que hablar. O, como mínimo, coexistir.
Muchos adultos mayores te hablarán de ese momento de “caminar hasta su casa”. El silencio pesado mientras avanzabas por la calle para disculparte, llamar al timbre y enfrentarte a la persona a la que habías herido. No era heroico. Era aterrador. Pero todos hemos vivido ese instante en el que sabes que tienes que pedir perdón aunque todo en ti quiera huir.
Esa exposición repetida construyó varias fortalezas mentales a la vez: regulación emocional, empatía y capacidad de leer señales no verbales. Aprendes que la gente llora, grita, se queda callada. Ves que la rabia puede estar encima de la tristeza. Con el tiempo, tu cerebro deja de sobresaltarse ante la emoción en bruto. Las generaciones jóvenes, que a menudo resuelven discusiones por mensajes y DM, quedan protegidas de parte de ese calor. La protección sienta bien, pero puede dejarte menos entrenado para la confrontación en el mundo real.
Evitar el conflicto es una epidemia moderna. Muchos jóvenes adultos dicen que temen las conversaciones difíciles más que hablar en público. A los niños de los 60 y 70 tampoco les gustaban. Simplemente tenían menos escondites digitales. Ese accidente tecnológico se convirtió en un campamento de entrenamiento mental. Aprender a tolerar la incomodidad de ser malinterpretado es un superpoder silencioso. No se lo enseñaron en un taller; se lo ganaron en porches y en salones estrechos.
4. Encontrar calma sin una pantalla
Una fortaleza mental que quienes crecieron en los 60 y 70 entrenaron, casi sin proponérselo, fue la autorregulación analógica. Sin app de meditación. Sin lista de “autocuidado del domingo”. Solo pequeños rituales que calmaban el sistema nervioso mucho antes de que tuviéramos ese lenguaje.
Piensa en un adolescente en 1972, estresado por los exámenes. Quizá cogía la bici y pedaleaba hasta que el sudor le lavaba parte del pánico del cuerpo. O se sentaba junto a un río, tirando piedras y mirando las ondas. O se tumbaba en la cama con un vinilo, dejando que cada pista lo acompañara a través de una ola de emoción. No se vendían como hábitos de bienestar. Eran, simplemente, lo que hacías cuando el mundo sonaba demasiado alto.
Hoy, cuando llega la ansiedad, la vía de escape más rápida suele ser desplazarse por la pantalla. Deslizar para adormecer, para compararse, para olvidar. Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días con plena conciencia, aunque digamos que “desconectamos”. Las generaciones mayores tenían menos herramientas digitales para anestesiarse, así que se veían empujadas hacia formas lentas y corporales de calmarse. El sistema nervioso aprendía a reiniciarse por repetición: caminar, cuidar el jardín, tararear con la radio, arreglar algo con las manos.
La gente joven puede aprender esto perfectamente. Un método práctico: elige un ritual simple, sin conexión, y repítelo cada vez que suba el estrés. Hazte un té sin el móvil cerca y mira de verdad cómo hierve el agua. Da un paseo de 10 minutos sin auriculares, solo notando colores y sonidos. Deja un cuaderno de papel junto a la cama y vuelca en él cada pensamiento acelerado antes de dormir. Al principio se sentirá raro. Es normal. Los hábitos nuevos siempre lo hacen.
Error común: convertir estos rituales en una actuación. No necesitas la rutina matinal “perfecta”, el diario bonito, el outfit adecuado para tu paseo consciente. La versión de los 70 funcionaba porque era corriente. Una silla gastada junto a la ventana. Una radio barata. Una taza vieja. El poder no está en cómo se ve; está en la señal que le envía a tu cerebro: “Este es mi tiempo de calma”.
Si creciste con pantallas, quizá también te juzgues con dureza cuando la mente no para. Ese autojuicio mata el beneficio. Las generaciones mayores rara vez tenían el vocabulario de “mindfulness”, pero lo entendían de una forma simple: te sientas, respiras y dejas que pase la tormenta. Algunas tardes funciona, otras no. Lo intentas de nuevo mañana.
“En los 70 no lo llamábamos salud mental”, me dijo una mujer de 68 años. “Lo llamábamos ‘salir a dar un paseo para despejar la cabeza’. Pero el efecto era el mismo. Caminaba hasta que mis pensamientos dejaban de gritar”.
- Elige un ritual analógico que ya te guste un poco (caminar, garabatear, tejer, cantar en la cocina).
- Vincúlalo a un detonante claro: un correo desagradable, una reunión tensa, una discusión, insomnio.
- Hazlo durante 5–15 minutos: sin móvil, sin multitarea, sin expectativas de paz instantánea.
5. Sostener el esfuerzo a largo plazo
Los niños y adolescentes de los 60 y 70 crecieron en un mundo donde lo “instantáneo” era raro. Las películas llegaban una vez al año al cine del barrio. Las fotos había que revelarlas. Las cartas tardaban días, a veces semanas. Ese ritmo entrenó un músculo mental trágicamente infrautilizado hoy: el enfoque a largo plazo sin recompensas rápidas.
Piensa en aprender un instrumento entonces. Sin tutoriales de YouTube, sin apps que se ponen en verde cuando das la nota correcta. Solo un profesor una vez a la semana y mucha práctica torpe entre medias. El progreso parecía invisible la mayoría de los días. Aun así, la gente seguía. Ese camino lento e irregular construyó una alta tolerancia al progreso imperfecto. Las generaciones jóvenes, que ven transformaciones editadas de “antes/después” constantemente, a menudo esperan que todo esfuerzo muestre resultados rápido.
El esfuerzo a largo plazo no va de heroísmo. Va de construir una familiaridad tranquila con la mitad de la historia. La parte que no queda bien en fotos. Los niños de los 70 tuvieron vidas enteras hechas de esa mitad: ahorrar monedas durante meses para comprar un disco, estudiar para exámenes sin conocer el resultado, arreglar un coche a lo largo de varios fines de semana. Cada experiencia susurraba la misma lección: hay cosas que merecen la espera.
Mirar estas habilidades antiguas con ojos nuevos
La idea no es pintar los 60 y 70 como una edad de oro. Estuvieron llenos de injusticias, silencios y traumas que mucha gente aún carga. Las generaciones jóvenes, en muchos sentidos, son más valientes al hablar, nombrar, cuestionar. Eso también es una fortaleza.
Lo llamativo es cuánto entrenamiento mental ocurrió por accidente entonces. Nadie hablaba de resiliencia, de garra o de regulación emocional. La vida simplemente las exigía. Hoy hablamos de esas palabras todo el tiempo… mientras vamos eliminando poco a poco muchos de los campos de entrenamiento naturales que las moldearon.
Quizá la oportunidad real no sea copiar el pasado, sino tomar prestados sus mejores ejercicios. Recuperar pequeñas dosis de aburrimiento, reparación, honestidad cara a cara, calma analógica y esfuerzo a largo plazo en vidas que van más rápido de lo que nuestro cerebro puede procesar. No son recuerdos nostálgicos. Son herramientas. Y siguen al alcance, sea cual sea el año en que te tocó crecer.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| El aburrimiento como entrenamiento | Los niños de los 60–70 pasaban largos periodos sin estímulos y aprendían a estar con la incomodidad. | Ayuda a desarrollar paciencia, creatividad y mejor tolerancia a la espera. |
| Arreglar, no solo reemplazar | Las limitaciones materiales crearon el hábito de reparar objetos antes de tirarlos. | Enseña a apañarse y una forma más resiliente de afrontar los problemas de la vida. |
| Calma analógica y esfuerzo a largo plazo | Rituales como paseos, música, manualidades y objetivos lentos construían estabilidad del sistema nervioso. | Da pistas concretas para gestionar la ansiedad y sostenerse en el tiempo sin gratificación inmediata. |
Preguntas frecuentes
- ¿De verdad la gente de los 60 y 70 tenía mejor salud mental? No siempre. Tenían fortalezas distintas, y muchas dificultades estaban ocultas. El “entrenamiento” mental venía de la vida diaria, no de un mundo más fácil.
- ¿Las generaciones jóvenes pueden desarrollar esas mismas fortalezas mentales? Sí. Recreando de forma deliberada momentos de lentitud, de cara a cara y de esfuerzo prolongado, incluso en un mundo digital.
- ¿La tecnología es enemiga de la resiliencia? No. La tecnología es una herramienta. El riesgo llega cuando elimina toda fricción y todo aburrimiento, porque esos son los espacios donde crece la resiliencia.
- ¿Cómo puedo empezar a construir estas habilidades sin cambiar toda mi vida? Empieza por un gesto minúsculo: un trayecto sin teléfono, una cosa reparada, una conversación difícil llevada hasta el final.
- ¿Y si no tuve una crianza “dura” y siento que voy con retraso? No vas con retraso. Las fortalezas mentales se pueden entrenar a cualquier edad. Los 60 y 70 dieron a algunas personas ventaja; hoy puedes elegir tu propio campo de entrenamiento, a tu ritmo.
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