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Satélites detectan olas gigantes de 35 metros en pleno Pacífico.

Hombre en barco observando gran ola con tablet y gráficos meteorológicos.

Far de cualquier línea de costa, una violenta tormenta agitó el Pacífico, poniendo el océano en movimiento y enviando gigantes silenciosos rodando por todo el planeta.

Lo que empezó como un sistema remoto de baja presión se ha convertido en un punto de inflexión científico: satélites en órbita captaron olas raras y descomunales que avanzaban por mar abierto y rompían a miles de kilómetros del lugar donde se formaron.

Cuando el océano trae lo impensable

A finales de 2024, una poderosa tormenta apodada Eddie rugió sobre el Pacífico Norte. Nunca tocó tierra, pero su impacto viajó casi hasta la mitad del mundo. La altura media de las olas superó los 19 metros. Los datos satelitales y el modelado sugieren ahora que algunas olas individuales alcanzaron unos asombrosos 35 metros de valle a cresta, la escala de un edificio de diez plantas hecho de agua.

Estas olas no se limitaron a azotar la superficie y desvanecerse. Se organizaron en marejadas largas y potentes. Impulsado por los intensos vientos de Eddie, el campo de marejada se expandió hacia fuera como ondas de una piedra, pero a escala planetaria. Las olas avanzaron por casi 24.000 kilómetros de océano, colándose por el paso de Drake entre Sudamérica y la Antártida, antes de que su energía se derramara por fin en el Atlántico tropical a comienzos del año siguiente.

En las playas de Hawái y California, los surfistas lo celebraron. Esa misma marejada alimentó sesiones legendarias de olas gigantes y permitió a los organizadores celebrar eventos como el Eddie Aikau Invitational, una competición que exige condiciones extremas antes incluso de poder empezar. Para las comunidades costeras que observaban el espectáculo desde la orilla, Eddie fue, en gran medida, un show.

Para los científicos, fue un experimento poco común a escala real escrito directamente sobre la superficie del océano.

Estas montañas de agua viajeras demostraron que las tormentas pueden proyectar su fuerza mucho más allá de su huella, remodelando silenciosamente costas y mapas de riesgo a un océano de distancia.

Un equipo liderado por el oceanógrafo Fabrice Ardhuin, del Instituto Francés de Física Oceánica y del Espacio, situó a Eddie entre las tormentas más intensas registradas en el Pacífico Norte en los últimos 34 años. En términos de altura de ola y energía, el episodio rivalizó -y en algunos lugares superó- a la infame tormenta Hércules de 2014, que dañó puertos y costas desde Marruecos hasta Irlanda.

Lo que vieron los satélites sobre esas olas gigantes

Durante décadas, los modelos de oleaje intentaron reconstruir el comportamiento del mar a partir de campos de viento, boyas e informes de barcos. Esas herramientas ayudaron, pero dejaron enormes puntos ciegos, especialmente en el océano profundo, donde las mediciones directas son escasas. Esa brecha se redujo drásticamente cuando entró en servicio el satélite SWOT.

Cómo mide la misión SWOT el mar en movimiento

SWOT, siglas de Surface Water and Ocean Topography (Topografía de Aguas Superficiales y del Océano), es una misión conjunta entre la NASA y la agencia espacial francesa CNES. A diferencia de los altímetros tradicionales que muestrean franjas estrechas, SWOT escanea amplias bandas del océano mediante interferometría radar. Lee pequeñas variaciones de la altura de la superficie del mar a lo largo de cientos de kilómetros en una sola pasada.

Durante el pico de Eddie en diciembre de 2024, SWOT captó las largas marejadas ondulantes que irradiaban desde el centro de la tormenta. El satélite pudo resolver longitudes de onda superiores a unos 500 metros de cresta a cresta y seguir cambios sutiles en su forma y altura a medida que se propagaban por la cuenca.

Por primera vez, los investigadores pudieron confrontar mediciones reales, a escala de cuenca, de oleaje extremo con los modelos que intentan predecirlo, en lugar de depender principalmente de la teoría.

Esas mediciones revelaron bandas de olas de periodo muy largo, con hasta 30 segundos entre crestas. Ese dato importa porque el periodo de ola está fuertemente ligado a la profundidad hasta la que una ola “alcanza” dentro de la columna de agua y a la fuerza con la que puede golpear una costa o una estructura.

Un replanteamiento importante de cómo viaja la energía del oleaje

Las nuevas observaciones, analizadas por Ardhuin y sus colegas Postec y Accensi y publicadas en Proceedings of the National Academy of Sciences en septiembre de 2025, obligaron a reevaluar cómo se concentra la energía dentro de una marejada generada por tormentas.

Las fórmulas empíricas antiguas asumían que las olas muy largas transportaban enormes cantidades de energía repartida entre muchas olas individuales. La realidad que muestra SWOT es más marcada y selectiva. El equipo encontró que la energía asociada a las olas más largas había sido sobreestimada por un factor de alrededor de veinte.

En lugar de miles de olas aportando cada una una fracción modesta, un conjunto mucho menor de crestas dominantes concentraba una parte desproporcionada de la potencia, y las olas más cortas las alimentaban mediante complejas interacciones no lineales. El estudio compara este comportamiento con un boxeador que guarda fuerzas para unos pocos golpes contundentes en vez de lanzar jabs constantes.

  • Las olas de periodo largo viajan más rápido y más lejos que las olas más cortas.
  • La energía tiende a agruparse en una banda estrecha de marejadas dominantes.
  • Las interacciones entre olas cortas y largas remodelan esa energía durante el trayecto.

Esta nueva visión espectral de las tormentas hace algo más que ordenar la teoría. Establece un marco para incluir las interacciones entre distintas escalas de ola -el mar de viento corto montado sobre marejadas ondulantes- que los modelos antiguos simplificaban o ignoraban.

Futuros costeros en un mar más energético

Cuando esas marejadas por fin llegan a tierra, las consecuencias pueden ser muy distintas a la tormenta que las creó. Puede haber calma de viento local, cielos despejados, y aun así los puertos y las playas sienten el golpe a distancia de un ciclón o de una tormenta extratropical a miles de kilómetros.

Riesgos ocultos para costas y estructuras mar adentro

Las olas de periodo largo “suben” más en playas y estructuras que las olas más cortas de la misma altura. Pueden rebasar diques, sacudir escolleras y levantar embarcaciones dentro de los puertos. También remueven sedimentos del fondo con mayor eficiencia, empujando a las costas a erosionarse o a reconfigurarse.

Una marejada nacida en el Pacífico Norte puede aumentar silenciosamente la erosión en una bahía remota, someter a tensión plataformas marinas o agravar inundaciones en barrios bajos durante una marea de luna llena.

Comprender dónde y cuándo llegarán estas marejadas energéticas ayuda a planificadores costeros y autoridades portuarias a gestionar varios tipos de riesgo, entre ellos:

  • Resonancia portuaria, cuando ciertos periodos de ola generan oscilaciones que balancean barcos amarrados.
  • Rebase de defensas, cuando las olas largas trepan más por diques de lo previsto.
  • Erosión de playas y dunas, que puede acelerarse bajo marejadas repetidas de periodo largo.
  • Seguridad mar adentro, especialmente para plataformas de perforación, parques eólicos y rutas de navegación que cruzan las trayectorias de tormentas.

Con el nivel del mar en ascenso, incluso cambios modestos en la energía del oleaje pueden empujar más agua hacia terrenos propensos a inundarse. La combinación de un nivel medio del mar más alto, mareas vivas y una marejada potente empieza a estrechar el margen de seguridad del que dependen muchas comunidades costeras.

Cambio climático, tormentas y el rompecabezas de los extremos

Los investigadores siguen siendo prudentes a la hora de trazar una línea directa entre una tormenta concreta y las tendencias climáticas. Aun así, empiezan a explorar cómo una atmósfera y un océano más cálidos podrían desplazar las estadísticas del oleaje. Tormentas intensas más fuertes o más frecuentes en ciertas cuencas cambiarían el nivel de fondo de marejada que experimentan las costas, incluso con buen tiempo.

El grupo de Ardhuin y otros equipos están ejecutando simulaciones climáticas que acoplan atmósfera, oleaje y circulación oceánica. Esos modelos buscan patrones: más energía en las temporadas invernales de marejada, cambios en las direcciones dominantes del oleaje o variaciones en la frecuencia de los episodios más extremos.

La geografía local sigue importando enormemente. Cañones submarinos, taludes continentales abruptos y sistemas de arrecifes pueden curvar, enfocar o dispersar los trenes de olas entrantes. Dos localidades separadas por apenas unos kilómetros pueden sufrir impactos muy distintos por la misma tormenta lejana.

De los satélites a decisiones prácticas

El episodio de Eddie, visto a través de los sensores de SWOT, ha convertido el océano abierto en una especie de laboratorio para ingenieros y aseguradoras, además de para científicos. Los datos mejorados alimentan reglas de diseño actualizadas para infraestructuras costeras y mar adentro.

Sector Cómo se utilizan los datos de olas gigantes
Ingeniería portuaria Redefinir alturas, orientaciones y materiales de diques de abrigo para soportar episodios de marejada más raros pero más potentes.
Energía mar adentro Establecer cargas de supervivencia para plataformas, aerogeneradores y cables submarinos bajo grupos de olas extremas.
Planificación costera Ajustar líneas de retranqueo, proyectos de restauración de dunas y mapas de evacuación en función de nuevos niveles de run-up (cota de subida del oleaje).
Sismología Filtrar “microseísmos” causados por las olas, que pueden enmascarar o imitar terremotos pequeños en los datos de los sensores.

Los microseísmos inducidos por el oleaje -vibraciones de baja frecuencia generadas cuando las marejadas golpean las plataformas continentales- han perseguido durante mucho tiempo a los registros sísmicos. Un mejor conocimiento de cómo y por dónde viajan las marejadas gigantes debería afinar los algoritmos de detección de terremotos, ya que los analistas podrán separar mejor el “ruido” de las olas de las señales tectónicas.

Más allá de Eddie: lo que nos dirán las olas gigantes a continuación

Eddie no será la última tormenta en enviar marejadas de alcance planetario a través de los océanos. A medida que SWOT y futuras misiones acumulen series más largas, los científicos podrán construir un catálogo de estos eventos y extraer patrones tanto en el espacio como en el tiempo.

Para estudiantes y residentes costeros que intentan entender estos procesos, un concepto útil es la “velocidad de grupo”: la velocidad a la que se mueve la energía de las olas, que difiere de la velocidad de crestas individuales. Las olas largas tienen velocidades de grupo lo bastante altas como para conectar el tiempo meteorológico de un hemisferio con las condiciones de surf del otro en cuestión de días. Cartografiar esas trayectorias ofrece una forma de pensar el océano como una red de costas conectadas que comparten las mismas tormentas lejanas.

Los investigadores también están probando escenarios numéricos de “qué pasaría si” basados en la nueva comprensión espectral. Ejecutan tormentas virtuales sobre océanos digitales y luego ajustan perfiles del fondo marino o el nivel del mar para ver cómo se comportaría la misma marejada frente a una costa ligeramente distinta. Esos experimentos ayudan a identificar lugares donde grupos raros de olas podrían apilarse y producir extremos locales, incluso si las condiciones medias parecen benignas.

Los surfistas recreativos siguen las previsiones de marejada por emoción. Los operadores marítimos las vigilan por seguridad. Con los satélites captando ahora las olas más altas en pleno desarrollo, gobiernos y comunidades ganan una visión más clara de un peligro menos visible: energía en movimiento, envuelta en marejadas largas que cruzan silenciosamente las mayores cuencas del mundo antes de llegar sin aviso a costas familiares.

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