Saltar al contenido

Según la psicología, quienes crecieron en los años 60 y 70 desarrollaron 9 fortalezas mentales que hoy son poco comunes.

Anciano y niño ensamblan algo en el jardín cerca de una bicicleta, con un libro, radio y tarro de bolas sobre la mesa.

A menudo son quienes crecieron en los años 60 y 70. No levantan la voz, no se alteran: esperan, observan y luego sueltan una frase nítida que lo recoloca todo. Los psicólogos empiezan a describir este tipo de reacción como una auténtica habilidad mental, casi una «tecnología interior» forjada en una época sin pantallas, con más libertad pero también con más riesgos. No era más fácil que hoy; era distinto. Y ese contexto moldeó reflejos psicológicos que se ven cada vez menos en las generaciones posteriores. Algunos investigadores hablan de «robustez discreta». Una fortaleza mental silenciosa, que se nota sobre todo cuando todo se tuerce.

Introducción de unas 150 palabras, escrita como una escena vivida o una observación humana. Termina con una frase corta que intrigue.

1. Una tolerancia poco común al aburrimiento… y a las frustraciones

En una foto familiar de 1974 se ve a tres niños tirados en una alfombra de pelo largo, al lado de un teléfono fijo naranja. Casi no hacen nada. Ni tableta, ni listas de reproducción, ni notificaciones. Solo una radio que crepita al fondo. Esa generación aprendió muy pronto a «matar el tiempo» inventando juegos, soñando despierta mirando por la ventana, esperando a que ocurriera algo. No es nostalgia, es una competencia cognitiva: saber estar con uno mismo sin estimulación constante. Los psicólogos hablan de tolerancia al aburrimiento y, sobre todo, de regulación de la impulsividad. Cuando has pasado la infancia esperando el programa favorito del jueves por la noche, desarrollas otra relación con la carencia y el deseo.

Un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology mostró que la capacidad de tolerar el aburrimiento se relacionaba con una creatividad mayor y una toma de decisiones más estable. Los niños de los años 60 y 70 vivían jornadas en las que «no pasaba nada» durante horas. Esperaban a los padres en el trabajo, a los autobuses que se retrasaban, a las tiendas cerradas los lunes. La improvisación formaba parte del paisaje: construir una balsa con tablas encontradas, inventar un partido en la calle, leer el mismo tebeo diez veces. Esa vivencia repetitiva esculpía un cerebro menos hipersensible a la frustración inmediata. El placer no se eliminaba; se retrasaba.

En lo psicológico, esa tolerancia al aburrimiento creó un tipo de mente más resistente a las microfrustraciones de lo cotidiano. En las terapias de hoy se ven muchos pacientes angustiados por el «vacío» de un fin de semana sin plan o por los pocos segundos de espera antes de una respuesta a un mensaje. Quienes crecieron sin internet suelen contar otra cosa: describen una especie de lentitud interior que vuelve de forma natural en cuanto dejan el teléfono. Para ellos, no hacer nada no es una amenaza, es un estado familiar. Esa diferencia, mínima en apariencia, cambia la manera de afrontar el estrés moderno.

2. Una autonomía emocional forjada «fuera»

Los años 60 y 70, en muchos países, fueron el reinado del «Vuelves cuando anochezca». Los niños pasaban días enteros fuera, sin geolocalización ni mensajes de padres preocupados. Gestionaban solos sus disputas, sus miedos, sus pequeñas heridas. No era siempre idílico, a veces era duro, pero esa semilibertad construyó una autonomía emocional poco común. Aprendían a reconocer sus propias señales internas: «Tengo miedo», «Estoy incómodo», «Este juego no me gusta». No siempre tenían las palabras, pero el cuerpo lo sabía antes que la cabeza. Esa escucha interior se convirtió en una fortaleza mental valiosa en la edad adulta.

Imagina una pandilla de niños en 1972, atrapados bajo una marquesina durante una tormenta de verano. Sin padres localizables, sin meteorología en tiempo real, solo un cielo negro y el trueno rompiendo el aire. Uno quiere volver corriendo, otro prefiere esperar, un tercero llora en silencio. A base de situaciones así, los niños ponían a prueba su valentía, su prudencia, su umbral de pánico. Una investigación en psicología del desarrollo muestra que asumir micro-riesgos autónomos en la infancia favorece la resiliencia emocional más tarde. Quienes crecieron en esas décadas cuentan a menudo que se sienten «menos desorientados» ante los imprevistos, como si su cerebro ya hubiera hecho los ensayos generales.

En la edad adulta, esa autonomía se traduce en una capacidad de autocalmarse sin pasar sistemáticamente por lo externo. En vez de enviar diez mensajes a un amigo para soltar el estrés, salen a caminar, hacen chapuzas, cuidan el jardín, cocinan. Su psiquismo aprendió a no esperar a que el entorno lo regule todo. Los terapeutas observan en algunos baby boomers una especie de «columna vertebral emocional»: pueden ser frágiles, estar ansiosos, ser vulnerables, pero a menudo saben dónde apretar por dentro para no explotar. No hablamos de una fuerza heroica, sino de un hábito acumulado de apañarse con lo que se siente, incluso cuando nadie mira.

3. Cómo inspirarse hoy en estas 9 fuerzas mentales poco comunes

La buena noticia es que estas fuerzas no están reservadas a quienes conocieron los años 60 y 70. Se entrenan a cualquier edad. Un método accesible consiste en reintroducir de forma voluntaria «zonas no asistidas» en la vida. Por ejemplo, planear un trayecto sin GPS una vez por semana, o dejar el teléfono en otra habitación durante una hora entera, sin actividad planificada. El cerebro, privado de apoyo inmediato, al principio buscará sus muletas habituales. Luego, poco a poco, se despiertan otros circuitos: observación, memoria, imaginación. En lo psicológico, es una manera suave de reconstruir la autonomía, la tolerancia al aburrimiento y la gestión del estrés.

Otro gesto útil es cultivar rituales lentos que no «sirvan» para nada productivo. Leer un periódico en papel, reparar un objeto en lugar de sustituirlo, cocinar un plato que lleva tiempo. Esos momentos recuerdan, muy concretamente, lo que muchos vivieron en los años 60–70: una relación menos comprimida con el tiempo. Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. Pero incluso una vez por semana, el impacto psicológico es real. Se frena la inyección permanente de dopamina instantánea y se deja espacio a una satisfacción más difusa, más estable. Son las pequeñas repeticiones las que, con el tiempo, imitan lo que la infancia de esas décadas grabó en las neuronas.

«La fortaleza mental no es la capacidad de soportarlo todo sin rechistar. Es la capacidad de volver a uno mismo, una y otra vez, sin perderse por completo en el ruido del mundo». - palabras atribuidas a un psicólogo clínico que trabaja con pacientes nacidos en los años 50 y 60

  • Reintroducir con regularidad momentos sin pantalla, aunque sean cortos.
  • Aceptar estar un poco perdido, sin una solución inmediata.
  • Practicar actividades lentas y repetitivas (paseo, jardín, costura, madera).
  • Hablar con honestidad de los propios límites emocionales, sin postureo.
  • Transmitir estos hábitos a los más jóvenes con el ejemplo, más que con el discurso.

4. Lo que los años 60–70 aún pueden enseñar a nuestra época hiperconectada

Cuando hablas con personas que crecieron en esos años, suele aparecer la misma frase: «Nos apañábamos». Detrás de esas palabras se esconden al menos nueve fuerzas mentales que los psicólogos identifican cada vez más: tolerancia al aburrimiento, autonomía emocional, paciencia, creatividad sin pantalla, resistencia a la frustración, vínculo social sin filtro digital, capacidad de relativizar, aguante ante la incertidumbre y sentido de lo concreto. Cada una se construyó sin manual, en el roce con lo real, los riesgos y los errores. Estas fuerzas no vuelven invencible a nadie. Solo aportan un poco más de densidad interior cuando todo tiembla.

En una sociedad saturada de opciones, notificaciones y alertas, estas competencias parecen casi un superpoder tranquilo. No hacen ruido, no se exhiben en redes, pero se reconocen fácil: son las personas que respiran antes de responder, que no confunden urgencia con importancia, que saben esperar algo bueno sin sabotearlo. Rasgos que durante mucho tiempo se consideraron «normales» se vuelven raros. Y, aun así, pueden transmitirse: no mediante sermones nostálgicos, sino a través de elecciones concretas en nuestra forma de vivir, educar y trabajar.

Quizá la verdadera pregunta no sea si los años 60 y 70 fueron «mejores» o «peores». La cuestión es entender qué permitió desarrollar ese contexto en la cabeza y el corazón de quienes crecieron allí. Y cómo hoy, en medio de pantallas, teletrabajo y ansiedad permanente, podemos elegir heredar lo mejor de esa época sin renunciar a los avances actuales. Algunas familias ya recrean islas de lentitud: noches sin teléfono, vacaciones algo desorganizadas. Cada cual puede inventar su manera de reactivar estas fuerzas mentales poco comunes. No exigen nostalgia ni perfección. Solo un deseo sincero de volver a ser un poco más sólido por dentro.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Tolerancia al aburrimiento Menor necesidad de estimulación constante, más creatividad espontánea Reduce la ansiedad asociada al vacío y a los tiempos muertos
Autonomía emocional Capacidad de autorregularse sin esperar un rescate externo Da sensación de control sobre las propias reacciones
Ralentización voluntaria Rituales lentos, actividades concretas, momentos sin pantalla Protege del cansancio mental y del estrés crónico

FAQ:

  • ¿Por qué las personas que crecieron en los años 60–70 parecen más «fuertes» psicológicamente? Porque vivieron muchas situaciones no asistidas (sin GPS, sin teléfono, sin padres disponibles de manera permanente) que entrenaron su resiliencia en lo cotidiano.
  • ¿Estas fuerzas mentales están realmente demostradas por la psicología? Los estudios no hablan de una generación perfecta, pero sí confirman el impacto positivo de la libertad controlada, el aburrimiento y la asunción de riesgos moderados durante la infancia.
  • ¿Se pueden desarrollar estas fuerzas si uno ha crecido en la era digital? Sí. El cerebro sigue siendo plástico en la edad adulta. Al recrear ciertas condiciones (lentitud, autonomía, tiempo sin pantallas), pueden reforzarse las mismas competencias.
  • ¿Hay que idealizar los años 60–70 para avanzar hoy? No. Esa época también tuvo violencias y carencias. El reto es seleccionar lo que ayuda mentalmente, no volver atrás.
  • ¿Cómo transmitir estas fuerzas a los niños de hoy? Dejándoles verdaderas zonas de libertad, tiempos sin asistencia digital y ocasiones de apañarse y esperar, manteniéndose disponibles en caso de peligro real.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Dejar un comentario