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Un padre reparte su herencia por igual entre sus dos hijas y su hijo, pero su esposa dice que es injusto por la gran desigualdad de riqueza.

Familia revisando sobres en la mesa con balanza dorada y calculadora. Niños observan, adultos toman notas.

Mais, muy a menudo, todo empieza con una frase garabateada en un trozo de papel: «a partes iguales entre mis hijos». Sobre el papel, suena noble, lógico, casi tranquilizador. En la vida real, puede desatar una tormenta silenciosa en una cocina un martes por la noche.

Esa noche, la mujer descubre el contenido del testamento de su marido: todo su patrimonio se repartirá en tres partes iguales entre sus dos hijas y su hijo. Se queda mirando el documento, repasa las cifras, mira a sus hijos. Conoce sus situaciones. Sabe quién va a duras penas, quién ya ha salido adelante, quién sostiene a la familia a pulso. Y cuanto más relee la palabra «igual», menos justa le parece.

Levanta la vista y suelta, con voz seca: «Esto no es justo».

Cuando «igual» no parece justo en absoluto

El padre quiso hacer lo que todo el mundo considera «lo más sencillo»: partir el pastel en tres porciones idénticas. Dos hijas, un hijo, una parte para cada uno. Ningún favoritismo explícito, ninguna explicación, ninguna carta adjunta. En el formulario, parece un gesto lleno de amor. En el plano emocional, es más complicado.

La madre, en cambio, ve otra cosa: una hija que apenas gana para pagar el alquiler y que hace malabares entre dos trabajos. Otra que va bien, buen sueldo, piso pagado. Un hijo ya propietario, casado con alguien muy acomodado, patrimonio sólido. En su cabeza, la igualdad aritmética se convierte en una desigualdad social clamorosa. Y detrás del «no es justo», lo que se oye en voz baja es: «No los has mirado de verdad».

Todos hemos vivido ese momento en el que «la misma regla para todos» no encaja con una realidad individual muy concreta.

En una familia que conocí para este reportaje, el padre tenía un pequeño piso, algunos ahorros y un seguro de vida. Tres hijos, como en esta historia. El mayor acababa de montar una empresa y estaba ahogado en préstamos. El segundo era funcionario, ingresos estables, pocas deudas. La benjamina acababa de salir de una separación violenta, con dos hijos a cargo y cero ahorros.

El padre, convencido de ser justo, dividió su patrimonio entre tres. Cuando se abrió el testamento, no hubo gritos. Solo un silencio largo. Unas semanas después, el mayor vendió su parte del piso a un precio irrisorio, presionado por sus acreedores. La benjamina tuvo que abandonar su vivienda insalubre, sin poder recomprar nada. El hijo del medio, en cambio, cobró su parte tranquilamente y reforzó una situación ya muy cómoda. Mismo reparto, resultados radicalmente distintos.

Las cifras cuentan la misma tensión. En varios países occidentales, los estudios sobre la transmisión patrimonial muestran que los padres se declaran mayoritariamente a favor del reparto igualitario. En la práctica, los notarios constatan cada vez más testamentos «ajustados»: un plus para el hijo que ganó menos, que cuidó de los padres o que no recibió ayuda antes. La igualdad fue durante mucho tiempo la norma moral. La realidad económica, en cambio, empuja a muchas familias a reinventar la propia noción de justicia.

Para entender el malestar de esta madre, hay que entrar en la lógica fría de los números. Dar 200.000 € a alguien que ya tiene 800.000 no es lo mismo que dar 200.000 € a alguien que tiene 5.000. En la línea patrimonial global de cada hijo, el efecto no tiene nada de simétrico. Uno asegura un poco más un futuro ya asentado. El otro sale, de forma concreta, de un tipo de precariedad.

La mujer de ese padre no habla de celos. Habla de trayectorias. Sabe que la hija que lo pasa mal no dirá nada, que se limitará a un «gracias, papá» con lágrimas en los ojos. Sabe también que el hijo, ya privilegiado, cogerá su parte sin hacerse necesariamente preguntas. Lo que le molesta no es la suma. Es la ceguera implícita: actuar «como si» todos partieran del mismo punto, cuando la línea de la vida nunca ha sido recta.

Cómo hablar de herencias «igualitariamente injustas» antes de que estalle todo

El único método real es atreverse a hablar antes de que el testamento se convierta en una bomba de relojería. No una gran cumbre familiar solemne e incómoda. Solo conversaciones en pequeñas dosis, aceptando ser torpe. El padre de esta historia podría haber empezado con una frase sencilla: «Estoy pensando en mi testamento. ¿Cómo os sentiríais con partes iguales?».

Hacer la pregunta en voz alta permite revelar lo que la igualdad oculta. Uno de los hijos puede decir: «Estoy bien, ya tengo suficiente». Otra puede por fin admitir: «Me da miedo el dinero». La madre puede ponerle nombre a lo que ve a diario. A partir de ahí, ya no estamos en una regla sacada de un formulario, sino en un ajuste vivo. La clave no es tanto el reparto final como la transparencia del camino.

En estos intercambios hay trampas recurrentes. La primera es silenciar las emociones con la excusa de «no montar líos». Uno se calla, traga, y todo vuelve años después como un rencor frío. La segunda es que el progenitor se refugie detrás de una frase del tipo: «La ley dice igualdad, así que punto». Pero en muchos sistemas existen márgenes de maniobra, donaciones progresivas, cláusulas adaptadas.

Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. Hablar de dinero, de muerte, de favoritismos supuestos, duele. Sin embargo, las familias que mejor atraviesan estos momentos suelen ser las que aceptaron estar un poco incómodas desde ahora. Decir «no sé cómo hacerlo, pero me gustaría que lo habláramos» ya vale mucho.

«Igual no siempre significa justo. A veces, querer es hacer las cuentas de forma un poco distinta para cada hijo».

Una buena práctica, contada por varios notarios, consiste en combinar palabra y rastro escrito. El progenitor puede dejar una carta explicando su elección: por qué ayudó más a un hijo, por qué consideró que el otro ya estaba a salvo, qué espera entre hermanos. Esa carta no cambia las cantidades, pero desactiva interpretaciones del tipo «tú eras su favorito».

  • Pedir una cita conjunta con un notario o un asesor.
  • Hablar por separado con cada hijo para escuchar su realidad sin presión.
  • Escribir unas líneas personales para acompañar el testamento.
  • Mencionar las ayudas ya dadas en vida (estudios, entrada para una vivienda, etc.).
  • Aceptar revisar el testamento con el tiempo, según cambien las circunstancias.

Por qué esta historia se nos queda pegada mucho después de leer el testamento

Esta escena de un padre que lo divide todo entre tres y de una madre que murmura «no es justo» nos atrapa porque toca un nervio sensible: la diferencia entre «ser tratado como los demás» y «ser realmente visto». La igualdad pura tranquiliza sobre el papel, pero la igualdad en un mundo de desigualdades es otra historia. Se percibe que la cuestión no es solo financiera. Habla de reconocimiento, de gratitud, de heridas antiguas a veces.

Hay mil maneras de repartir una herencia. Se puede defender con uñas y dientes la igualdad estricta, o abogar por una redistribución que compense los distintos puntos de partida. También se pueden improvisar soluciones intermedias, con una base igual y algunos ajustes puntuales. Lo esencial es no dejar que un jurista escriba, en solitario, la última frase de la historia familiar.

Esta madre, al decir «no es justo», no rechaza a su marido. Lanza una alerta. Dice que el dinero no cae en el vacío, sino que llega a vidas ya desiguales. Recuerda que un testamento no es solo un documento legal: es un mensaje que se transmite a los hijos sobre cómo se les ha mirado. Y ese mensaje, tarde o temprano, todo el mundo tendrá que afrontarlo, discutirlo o reescribirlo en conjunto.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Igualdad vs justicia Reparto idéntico que no tiene en cuenta las diferencias de riqueza entre hijos Ayuda a poner palabras a un malestar frecuente en las herencias
Hablar antes de escribir Conversaciones progresivas con los hijos y el cónyuge sobre el reparto Reduce conflictos y silencios tras el fallecimiento
Dejar constancia de las intenciones Carta adjunta al testamento explicando las decisiones y el contexto Limita interpretaciones hirientes y resentimientos duraderos

FAQ:

  • ¿Está mal que un progenitor deje partes iguales a todos los hijos? No necesariamente. Las partes iguales pueden funcionar muy bien si las situaciones son parecidas y si todo el mundo entiende la decisión. El problema aparece cuando la igualdad aplasta realidades muy distintas.
  • ¿Puede un progenitor dar legalmente más a un hijo que a los demás? En muchos países, sí, dentro de ciertos límites. Existen legítimas y márgenes de libertad. Un notario o un abogado especializado puede aclarar qué es posible en tu caso.
  • ¿Cómo hablar de dinero y herencias sin empezar una guerra? Empezando poco a poco, pronto, sin pretender resolverlo todo en una sola conversación. Hacer preguntas, escuchar, reformular. Y aceptar que al principio todo el mundo se sienta un poco incómodo.
  • ¿Y si un hijo ya recibió mucha ayuda económica antes? Algunos padres lo tienen en cuenta en el testamento, dando un poco más a los demás. Otros simplemente lo explican en una carta para evitar la sensación de injusticia.
  • ¿Qué puede hacer el hijo «más rico» si siente que está demasiado beneficiado? Puede renunciar a una parte de la herencia o compensar más adelante mediante donaciones o apoyando de forma concreta a sus hermanos. La ética familiar no se acaba con la lectura del testamento.

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