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Un psicólogo afirma: la mejor etapa de la vida empieza cuando empiezas a pensar así.

Mujer escribiendo en un cuaderno sobre una mesa de madera junto a una taza, un reloj y un ramo de flores.

En la mesa junto a la ventana, una mujer de finales de los cuarenta miraba fijamente su teléfono, deslizando fotos antiguas. Niños con disfraces de Halloween. Su boda. Un cuerpo en la playa que apenas reconocía. Frente a ella, un psicólogo con un jersey azul escuchaba en silencio, las manos rodeando una taza que ya se había enfriado.

-Siento que la mejor parte de mi vida ya quedó atrás -susurró-. Ahora solo… voy tirando.
El psicólogo inclinó la cabeza.
-¿Y si la mejor etapa no empieza cuando tu vida cambia -dijo despacio-, sino cuando cambia tu manera de pensar?

Ella levantó la vista, casi molesta.
-¿A mi edad?
Él sonrió.
-Precisamente a tu edad.
Luego le hizo una pregunta que dio la vuelta a toda la conversación.
Ella aún no lo sabía, pero ese fue el momento en que, silenciosamente, comenzó su mejor etapa.

El interruptor invisible que lo cambia todo

Hay un momento -a menudo pequeño y desde fuera casi aburrido- en el que la vida se inclina sin hacer ruido. Rara vez ocurre en una boda, un ascenso o una mudanza a otro país. Es más probable que suceda en tu cocina, ante un fregadero lleno de platos, o paseando al perro de noche.

Aparece un pensamiento: ¿y si no ha ido “mal” nada… y lo único que pasa es que he estado usando una medida equivocada de lo que es una buena vida?
Ese es el interruptor mental en el que insiste este psicólogo. La mejor etapa de la vida no empieza a los 20, ni a los 40, ni con la jubilación. Empieza el día en que dejas de pensar tu vida como una carrera recta con controles oficiales y empiezas a verla como una serie de estaciones que tienes derecho a vivir en tus propios términos.

Me habló de uno de sus pacientes, un hombre de 52 años que llegó furioso y cansado. Divorcio a sus espaldas, carrera estancada, la rodilla doliéndole cada vez que subía escaleras.
-¿Entonces ya está? -dijo el hombre-. ¿Alcancé mi pico a los 35?

El psicólogo le pidió que escribiera en un papel dos columnas: «Lo que he perdido» y «Lo que he ganado». La primera se llenó rápido: pelo, energía, certezas. La segunda se quedó en blanco durante un minuto.
Luego, en voz baja, empezó a apuntar: paciencia, radar para la mierda, amigos de verdad, saber lo que no quiero, el derecho a decir que no. Veinte minutos después, la columna de «ganado» era más larga. Miró el papel como si perteneciera a otra persona.

Este es el núcleo del cambio: pasar de una historia de «pico y declive» a una historia de «intercambio y cosecha». En la primera, todo lo que viene después de cierta edad se siente como erosión: arrugas, cansancio, menos primeras veces. En la segunda, tu vida deja de ser una gráfica y se convierte en un jardín.

Sigues perdiendo cosas, claro: tiempo, posibilidades, ciertos cuerpos, ciertas ilusiones. Pero empiezas a notar qué te han comprado tus pérdidas. Cambiaste velocidad por profundidad. Caos por claridad. Complacer a los demás por una sensación de identidad más tranquila.
El psicólogo es tajante: la mejor etapa de la vida empieza el día en que empiezas a valorar lo que has ganado al menos tanto como lo que crees haber perdido.

Cómo darle la vuelta al guion mental en la vida cotidiana

El método del psicólogo es casi vergonzosamente simple: atrapa la frase en tu cabeza que suena a final y conviértela en un comienzo. Él lo llama «reescribir los subtítulos interiores». Suena a charla de Instagram, pero en la vida real golpea fuerte.

«Es demasiado tarde para…» se convierte en «A mi edad, lo que realmente me encaja es…».
«Ya no soy lo bastante joven para…» se convierte en «Por fin tengo edad para dejar de fingir que me gusta…».
Trabaja con la edad que tienes, no con la edad que echas de menos.
Empieza por un área: amor, trabajo, cuerpo, amistades. Pregúntate: si no estuviera intentando perseguir una versión anterior de mí, ¿qué tendría sentido ahora, para esta versión?

La mayoría de la gente, dice, se atasca porque compara su capítulo actual con el “mejor momento” de otra persona o con su propia «edad dorada». Todos conocemos esa trampa. El domingo por la noche, desplazándote por selfis, de pronto tu salón parece más pequeño.

En vez de luchar contra la comparación, él sugiere volverse preciso con ella. Cuando te sorprendas pensando «van por delante de mí», para y completa la frase con hechos: «Van por delante de mí en X, pero yo voy por delante de ellos en Y».
Quizá tengan una casa más grande, pero tú duermes del tirón sin pánico.
Quizá estén más en forma, pero tú tienes conversaciones que de verdad te alimentan.
La cuestión no es ganar. Es recordar que tu vida no es una plantilla de copiar y pegar. Seamos honestos: nadie hace esto de verdad todos los días.

A menudo les pide a sus pacientes que hagan un ejercicio extraño durante siete días. Cada noche, escribe una frase que empiece por: «Si estos son mis buenos años, entonces hoy importó porque…».

No porque fuera espectacular, sino porque fue real.
«Escuché a mi hija durante una hora».
«No respondí a ese mensaje por culpa».
«Salí a caminar en vez de hacer doom-scrolling».
Al final de la semana, el patrón es brutal y hermoso: lo que hace que los días se sientan valiosos rara vez coincide con lo que creíamos que debía parecer nuestra «mejor etapa» cuando teníamos veinte años.

«La mejor etapa de la vida comienza cuando tu pregunta cambia de “¿Cómo me mantengo al nivel?” a “¿Qué se siente verdadero para mí ahora?”». - Psicólogo clínico, 18 años de práctica

Resume esta mentalidad en una pequeña lista de verificación, muy humana, que los pacientes guardan en el móvil. No es una cura milagrosa; solo un conjunto de recordatorios de baja presión para los días en que la vieja historia -«a partir de aquí todo va cuesta abajo»- intenta colarse de nuevo.

  • Pregunta: «¿Qué he ganado que mi yo de 20 años no tenía?»
  • Planifica una cosa a la semana para tu yo de hoy, no para el de hace 10 años.
  • Sustituye «demasiado tarde» por «ya no es mi prioridad» cuando encaje.
  • Limita las redes sociales cuando te sientas «por detrás», no cuando te sientas fuerte.
  • Cuéntale a una persona de confianza la historia real que estás viviendo, no la versión pulida.

Vivir como si estos fueran tus buenos años (porque lo son)

En un tren el mes pasado, vi a un hombre de unos 60 reírse tanto con sus amigos que tuvo que secarse los ojos con el dorso de la mano. Esa risa en la que se te sacuden los hombros sin control. Al otro lado del pasillo, un chico más joven con traje miraba una hoja de cálculo en su portátil, mandíbula apretada, el pie golpeando el suelo.

Me sorprendí pensando algo un poco incómodo: si no supieras sus edades, podrías decir que el hombre mayor parecía más vivo. Menos interpretando, más presente. A eso vuelve una y otra vez este psicólogo. La mejor etapa de la vida rara vez es aquella en la que impresionas a más gente. Es aquella en la que por fin estás ocupado viviendo tu propia versión de un día bien aprovechado.

Esto no significa gratitud forzada ni fingir que envejecer es un «brillo» apto para Instagram. Algunas mañanas duelen. Algunas pérdidas no mejoran; simplemente se pliegan dentro de ti. En un mal día, hablar de «nuevo enfoque mental» puede sonar casi insultante. El psicólogo lo sabe. Ha atravesado suficientes silencios en su consulta como para saber cuándo las palabras todavía no son bienvenidas.

Lo que sugiere es más silencioso: una mejora lenta en la forma en que te narras tu propia vida cuando estás a solas contigo. En vez de «yo antes era…», empiezas a probar con «ahora mismo soy una persona que…». Un cambio mínimo de gramática que te devuelve algo de agencia. No borrará tu pasado. Solo evita que tu pasado sea el único lugar donde crees que valías algo.

Hay una frase que repite a menudo y que se le queda a la gente mucho después de terminar la terapia: «No esperes a que tu vida cambie para decidir que estos son tus buenos años. Decídelo primero. Luego mira lo que empiezas a permitir».

Para algunos, esa decisión se parece a dejar un trabajo que antes impresionaba a todo el mundo en las cenas familiares y elegir otro que les permita ver la luz del día. Para otros, es atreverse a volver a tener citas con estrías, canas y un sentido mucho más agudo de lo que no van a tolerar.

En un nivel más silencioso, quizá sea simplemente esto: te hablas de otra manera frente al espejo. Dejas de atacar tu cara por no tener 23 y empiezas a leerla como un mapa de lugares que has sobrevivido. Empiezas a tratar el sueño como un amigo, no como una debilidad. Te ríes de tu despiste en lugar de entrar en pánico por él. Pequeñas rebeliones contra el viejo guion.

Todos hemos vivido ese momento en el que miras alrededor y piensas: «¿Esto es todo?». Quizá ya te pasó esta semana, en el coche, en tu escritorio, en el pasillo del supermercado mirando cincuenta marcas distintas de salsa de tomate para pasta. Esa pregunta puede hundirte. O puede ser exactamente la puerta de entrada a esta nueva manera de pensar que el psicólogo defiende con tanta fuerza.

Porque ¿y si «¿Esto es todo?» no fuera el final de la esperanza, sino el punto de partida honesto de tu mejor etapa? El momento en que dejas de esperar a que la vida te entregue un capítulo perfecto y empiezas a editar en silencio el que estás viviendo. No con grandes gestos ni cambios virales, sino con una decisión obstinada: tratar estos años, esta edad, este cuerpo, este lío, como dignos de ser tus buenos años -no un ensayo, no sobras.

Y a partir de ahí, todo lo que miras empieza a moverse, aunque sea un poco.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Cambiar el relato de «pico y luego declive» Pasar a una visión de «intercambios y cosechas», en la que cada edad aporta ganancias reales Reduce la sensación de declive permanente y devuelve sentido al presente
Reescribir los «subtítulos interiores» Transformar frases tipo «demasiado tarde» en «lo que me encaja ahora es…» Ofrece una herramienta concreta para salir de pensamientos bloqueantes
Vivir como si ya fueran tus buenos años Tomarte cada día como parte integral de tus «años valiosos», no como un después Fomenta decisiones más alineadas, menos dictadas por la comparación

Preguntas frecuentes

  • ¿Cómo sé si mi “mejor etapa” no ha pasado ya? No lo sabes, objetivamente. Lo que sí puedes hacer es decidir que «mejor» no significa más glamourosa, sino más alineada. Cuando cambias esa definición, tu vida actual suele contener más «mejor» de lo que creías.
  • ¿Y si he cometido grandes errores que no puedo deshacer? Los errores no te descalifican para tu mejor etapa; a menudo te preparan para ella. La pregunta pasa a ser: ¿qué puedo hacer de manera distinta ahora, con la información y las cicatrices que antes no tenía?
  • ¿De verdad este enfoque puede cambiar cómo me siento con respecto al envejecimiento? No borrará todos los miedos ni todas las arrugas, pero puede suavizar el pánico y abrir espacio para la curiosidad. Muchas personas dicen sentir menos envidia, menos presión y más paz cuando adoptan esta forma de pensar.
  • ¿Esto no es solo pensamiento positivo con otras palabras? No. No va de forzar el optimismo. Va de actualizar la historia que te cuentas para que encaje con la realidad de lo que de verdad has ganado, no solo con lo que has perdido.
  • ¿Por dónde empiezo si me siento completamente atascado? Empieza en pequeño. Una frase reescrita al día. Una acción que encaje con quien eres ahora, no con quien eras. Si se te hace duro hacerlo solo, hablar con un terapeuta o con un amigo de confianza puede hacer ese primer cambio mental menos pesado.

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