No necesariamente infeliz, pero tampoco plenamente realizado. Simplemente atrapado entre lo que habíamos imaginado y lo que existe de verdad. Un psicólogo con el que me reuní recientemente me explicó que esa bruma no es un accidente ni un fallo del sistema. Para él, es incluso el comienzo del mejor capítulo de la existencia. No el capítulo en el que te sale todo bien. El capítulo en el que empiezas a pensar de otra manera.
Este especialista en transiciones vitales es tajante: la mejor edad no son ni los 20, ni los 40, ni los 70. No es una cuestión de arrugas ni de currículum. Es un momento interior, un giro en la manera de mirar el tiempo que queda. Me dijo esta frase que no me ha abandonado desde entonces: «La verdadera madurez empieza el día en que dejas de preguntarte qué te debe la vida, y te preguntas qué quieres hacer de verdad con ella».
Y entonces, extrañamente, todo empieza a moverse.
«La mejor etapa es cuando dejas de vivir en piloto automático»
El psicólogo, instalado junto a un gran ventanal, observaba a la gente pasar por la calle mientras hablaba. Me explicaba que una buena parte de sus pacientes llega a la consulta con la misma frase de apertura, da igual la edad: «Siento que mi vida está pasando sin mí». Marcan casillas, rellenan formularios, responden mensajes. Pero por dentro, todo suena hueco. Y es precisamente ahí, según él, donde puede empezar algo valioso.
Esa «mejor etapa», como él la llama, no se parece a una película de Hollywood. No hay música triunfal. Es más bien una especie de cansancio lúcido. Empiezas a cuestionar las expectativas familiares, las exigencias del trabajo, la imagen que sostienes en redes. Un día, casi sin avisar, se impone una idea: ¿y si dejara de vivir solo reaccionando a los demás? No es espectacular, pero para él es la verdadera revolución.
«La gente cree que la mejor etapa es cuando todo está estable -decía-. Yo no estoy de acuerdo. La mejor etapa es cuando te atreves a romper esa falsa estabilidad haciéndote mejores preguntas.»
Me contó la historia de una de sus pacientes, 29 años, con todo lo que “se espera” sobre el papel: buen trabajo, piso luminoso, pareja “instagramable”. Y, sin embargo, un nudo en la garganta cada domingo por la tarde. Repetía que tenía «todo para ser feliz» con un tono que sonaba a excusa. Un día, en su despacho, soltó: «Creo que he construido una vida que se ve bien, pero que no se siente bien». Para él, esa frase marcó el inicio de su mejor capítulo.
En unos meses, no lo mandó todo al garete. No se fue a Bali dando un portazo. Primero se reservó una tarde a la semana para una clase de dibujo, luego un día al mes para caminar sola, sin pareja, sin móvil. Al cabo de un año, había rechazado un ascenso que no iba con ella, se había mudado de ciudad, y había mantenido la relación, pero sobre nuevas bases. Sus amigos la encontraban «menos brillante» socialmente. Ella se encontraba más viva que nunca.
Los datos confirman esa sensación difusa. Un estudio realizado en 2023 por la American Psychological Association mostraba que más del 60% de los adultos entre 25 y 55 años declaraban sentirse «fuera de rumbo» respecto a la imagen que tenían de su vida. Podría verse como una crisis generalizada. Él lo ve, al contrario, como una enorme oportunidad colectiva. «Significa que la gente por fin está comparando la realidad con sus propios valores, y no con un folleto», susurra.
Lo que el psicólogo repite es que este giro no es una crisis en el sentido catastrófico. Es una actualización del software interno. Se deja de pensar en términos de «triunfar en la vida» según un modelo único y se empieza a razonar en términos de alineación. En el fondo, este paso mental se parece a un cambio de pregunta. Antes: «¿Estoy haciendo lo que esperan de mí?». Después: «¿Mi vida se parece a lo que siento, pienso y deseo de verdad?».
Él lo llama el paso del guion heredado al guion elegido. El guion heredado es lo que la familia, la escuela y la sociedad han escrito en nosotros, a veces sin querer. El guion elegido es el que reescribes poco a poco, a menudo a contracorriente. La mejor etapa de la vida, según él, empieza exactamente el día en que te atreves a reconocer que esos dos guiones ya no coinciden. No hace falta cambiarlo todo de golpe. El simple hecho de ver la distancia, con lucidez, ya es un paso gigantesco.
Y ahí es donde su frase clave cobra todo su sentido: «La mejor etapa es cuando empiezas a pensar como el autor, no como el actor».
Cómo entrar en esta «mejor etapa»: pequeños cambios mentales que lo cambian todo
El psicólogo describe un primer giro muy concreto: pasar de «¿Por qué me está pasando esto a mí?» a «¿Qué puedo hacer con lo que está pasando?». No es una invitación al positivismo tóxico; es un desplazamiento del centro de gravedad. No se niega el cansancio, el estrés ni las heridas. Simplemente se deja de considerarlos como el único decorado. A partir de ahí, una pequeña práctica puede marcar una diferencia sorprendente: escribir, cada noche, una sola frase que empiece por «Hoy elegí…».
Puede ser algo mínimo: «Hoy elegí decir que no a una copa que no me apetecía» o «Hoy elegí irme a la cama a las 22:30». En pocas semanas, esa frase subraya que la vida no es solo una sucesión de obligaciones, sino un mosaico de microdecisiones. El psicólogo lo afirma sin rodeos: «La mejor etapa no es cuando lo controlas todo. Es cuando por fin te das cuenta de lo que sí controlas».
Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días, religiosamente, con cuaderno en mano y el boli perfecto. Se te olvida, lo dejas, lo retomas. Y está bien así. Él mismo cuenta que no busca pacientes impecables, sino personas «lo bastante curiosas» como para hacerse preguntas un poco incómodas. Por ejemplo: «Si tuviera que vivir la misma semana que esta durante los próximos diez años, ¿me valdría?». Cuando la respuesta es un no visceral, es una señal.
Entonces aconseja no aspirar a una metamorfosis total, sino a un ajuste del 5%. Levantarte 20 minutos antes para hacer algo con sentido. Llamar a alguien que importa en lugar de hacer scroll hasta la anestesia mental. Decir una vez «no estoy de acuerdo» en una reunión donde normalmente callas. Esos pequeños gestos, repetidos, crean la experiencia íntima de un poder recuperado. Y ese sentimiento, él lo considera uno de los marcadores de la «mejor etapa».
«La gente cree que el mejor momento de su vida será cuando por fin deje de doler todo -me confesó-. Se equivocan. La mejor etapa es cuando te das cuenta de que puedes tener dolor y aun así moverte hacia lo que te importa. Ahí es cuando eres realmente libre».
También advierte sobre algunas trampas muy clásicas que sabotean este giro interior:
- Compararse con vidas permanentemente filtradas.
- Confundir comodidad con plenitud.
- Esperar «el momento adecuado» para empezar a cambiar.
- Pensar que hay que entenderlo todo antes de actuar.
- Querer que todo el mundo apruebe cada paso.
Para él, la frase «no sé exactamente adónde voy, pero siento que ya no puedo quedarme donde estoy» suele ser la señal más fiable de que alguien está entrando en esa famosa «mejor etapa». Y eso basta como punto de partida.
Lo que cambia cuando empiezas a pensar así
Cuando la gente empieza a pensar como autora en lugar de como figurante, ocurre algo extraño: el exterior no necesariamente se transforma de un día para otro, pero su manera de contar su propia historia cambia por completo. El psicólogo me hablaba de una mujer de 52 años que al principio se describía como «una secretaria desbordada en una oficina gris». Seis meses después, se veía como «una persona que está aprendiendo a rediseñar la segunda mitad de su vida», aunque su trabajo aún no hubiera cambiado.
La situación objetiva a veces sigue igual, pero la postura interna no tiene nada que ver. Donde antes había resignación, aparece una curiosidad casi infantil: «¿Qué otra forma podría tener mi vida?». Esa simple pregunta, repetida, crea un espacio mental enorme. Y en ese espacio, decía, por fin pueden nacer decisiones que no son solo reflejos de supervivencia. La mejor etapa es aquella en la que ya no vives solo para evitar lo peor, sino para acercarte a lo mejor que intuyes confusamente.
Aun así, insiste en un punto: no es una historia de valentía heroica. Es un asunto de honestidad, a veces brutal. Reconocer que esa pareja se sostiene ya solo por el miedo a la soledad. Admitir que ese puesto «de responsabilidad» no aporta nada más que insomnio. Aceptar que la imagen de ti mismo que llevas diez años defendiendo es agotadora de mantener. En su consulta, ve ese momento de confesión como un rito de paso silencioso. No hay testigos, no hay premio, no hay publicación en LinkedIn. Solo una frase que por fin te dices a ti mismo.
Esa honestidad también abre la puerta a otra mirada sobre la edad. Ve a treintañeros convencidos de ir «tarde» y a sexagenarios con la sensación de estar empezando apenas. Para él, la ecuación es clara: la edad cronológica no tiene ningún valor predictivo sobre la calidad de la vivencia interior. Tiene un paciente de 67 años que durante mucho tiempo vivió para encajar en la imagen del padre sólido, callado, fiable. Un día, tras un infarto, dijo a sus hijos, en la mesa: «Ya no quiero ser solo el proveedor. Quiero ser yo mismo, aunque no siempre os guste». El psicólogo habla de esa comida como del verdadero comienzo de su vida adulta.
Quizá la pregunta real no sea «¿cuál es la mejor edad?», sino: «¿En qué momento empiezas a pensar como alguien que ya no necesita demostrar que merece existir?». Cuando esa idea se instala, algo por fin se afloja. Las decisiones se vuelven un poco más lentas, un poco más conscientes, un poco más a tu medida. Y en ese ligero desplazamiento se esconde, según este psicólogo obstinado, la mejor etapa de toda una vida.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Cambiar de postura mental | Pasar de «¿Por qué me está pasando esto a mí?» a «¿Qué puedo hacer con lo que está pasando?» | Permite recuperar una sensación de control sobre la propia vida |
| Detectar el «guion heredado» | Identificar lo que proviene de expectativas familiares, sociales y profesionales | Ayuda a tomar decisiones más alineadas con los valores reales |
| Empezar con un 5% de cambio | Introducir pequeñas decisiones coherentes en el día a día | Hace el cambio accesible sin ponerlo todo patas arriba de golpe |
FAQ:
- ¿Cómo sé si he entrado en esta «mejor etapa» de la vida? Empiezas a cuestionar rutinas que antes te parecían “normales” y ya no puedes seguir fingiendo. A menudo hay una mezcla de lucidez, incomodidad y un extraño alivio silencioso.
- ¿Esto solo ocurre durante una crisis de mediana edad? No. Puede ocurrir a los 23, 37 o 71. Tiene menos que ver con la edad que con el momento en que dejas de vivir totalmente en piloto automático.
- ¿Necesito hacer cambios radicales para beneficiarme de este giro? No necesariamente. Mucha gente empieza con ajustes pequeños y constantes y nota una enorme diferencia interna sin cambiar inmediatamente de trabajo o de ciudad.
- ¿Y si mi familia o mi pareja no entiende esta nueva forma de pensar? Al principio puede generar tensión. Empieza por aclarar para ti mismo qué sientes y por qué; después comunícalo con calma, sin intentar convencer a todo el mundo de golpe.
- ¿Puede la terapia ayudarme a llegar antes a esta etapa? La terapia no acelera mágicamente el proceso, pero ofrece un espacio seguro para explorar tus preguntas, poner nombre a tus miedos y experimentar nuevas formas de pensar y de elegir.
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